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Genocidio cultural

La última dictadura cívico militar también persiguió a artistas del cine, la literatura, el teatro, la música y muchos más. El objetivo era disciplinar las artes para ocultar una verdad siniestra. Los caminos de la resistencia.

La última dictadura cívico–militar fue oscuridad. Terror. Desapariciones, censuras y exilios. Pero también luchas, resistencias y nuevos lenguajes para hablar de la opresión y los miedos.

El mundo de la literatura fue uno de los que más padeció los ataques militares, con desapariciones de figuras icónicas como Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, horas después de su carta abierta a propósito del primer aniversario del Golpe. En el exilio ya se encontraban autores como Juan Gelman (su hijo y nuera desaparecieron y también secuestraron a su nieta) y Julio Cortázar, quien denunció en 1978 un “genocidio cultural”, relativizado en tierras argentinas por Ernesto Sábato y otros intelectuales. Aún hoy resuena la comida que Jorge Luis Borges, Horacio Esteban Ratti, Leonardo Castellani y Sábato compartieron junto a Jorge Rafael Videla.

Las temáticas, el fondo y la forma de las obras, debieron readaptarse. Ya no se podía escribir como antes porque nada era ya como antes. Narrar ese entorno opresivo y hablar del poder pero también de los marginales, contó con baluartes de la talla de Osvaldo Soriano, David Viñas y Rodolfo Fogwill, y tuvo su apoteosis en Respiración Artificial, de Ricardo Piglia, publicada en 1980, que lo llevó a su primer reconocimiento internacional.

También la sociedad lectora guarda estos años como una cicatriz, que incluyeron el entierro de libros prohibidos. “Mascaró, El cazador americano”, de Haroldo Conti; “Ganarse la muerte”, de Griselda Gambaro; “El beso de la mujer araña”, de Manuel Puig, y hasta “Un elefante ocupa mucho espacio”, de Elsa Bornemann, fueron censurados. La lista fue tan heterogénea como absurda: prohibieron el libro El cubismo por la supuesta apología de Cuba; libros de matemáticas moderna por hacer referencia a la teoría de los conjuntos; El nacimiento, los niños y el amor de A.  Rosenstiehl por cómo se explicaba a los niños la forma en que llegaban los bebés al mundo.

“Hay hitos que grafican lo que fue la cultura en la dictadura, como la quema de libros del CEAL o la llegada de la Orquesta de París que dirigía Daniel Barenboim, cuando llegaron lo primero que hicieron fue juntarse con las Madres de Plaza de Mayo”, cuenta Laura Schenquer, investigadora del Conicet y la Universidad del Litoral. Y resalta los documentos del Ministerio del Interior que se encontraron al inicio del siglo XXI en la sede del Banco Nacional de Desarrollo, sobre el trabajo de los organismos oficiales para controlar la cultura, por ejemplo la presión de la Iglesia para prohibir “el destape” del teatro de revistas, o la contratación en 1981 de consultoras y encuestas para informes psicosociales quincenales sobre la sociedad. En 1977 apareció en cada canal la figura del Asesor Literario, que leía los guiones de todos los programas. Hasta Capitán Piluso fue despojado de su rango y su traje de marinero porque ridiculizaba a la Armada.

Los colimbas se divierten

El cine tuvo sus dos caras con el autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional. Por un lado, los militares apoyaron con premios, subsidios y publicidad las producciones propagandísticas que exhibieran un país ordenado, feliz, sin angustias ni oscuridades, intentando mejorar la imagen de las FF.AA. en la sociedad. Ahí sobresalen las producciones de Carlitos Balá, Palito Ortega, Enrique Carreras, Sofovich, Hugo Moser y los Superagentes con Mario Sábato bajo el seudónimo de Adrián Quiroga.

Los drogadictos y Dos locos del aire fueron ejemplos de ejes que se propuso la narrativa en época armada: la lucha de dos facciones enfrentadas hasta acabar con el otro. Al mismo tiempo, sobresalían los productos donde la mujer era colocada como objeto o dependiente de los hombres “pícaros”.

A un mes de asumida la intervención del Instituto Nacional de Cinematografía (INC), el capitán de fragata Jorge E. Bitleston, declaraba que se proponía apoyar a todas las películas que buscaran “crear una actitud popular optimista para el futuro, evitando en todos los casos escenas o diálogos procaces”.

La tendencia de renovación que se había visto los años anteriores, con films como La hora de los hornos, Operación Masacre y La Patagonia rebelde, fue acallada. Octavio Getino, Fernando Solanas, Rodolfo Kuhn, Lautaro Murúa, entre otros, tuvieron que exiliarse en el exterior. Raymundo Gleyzer, Pablo Szir y Enrique Juárez continúan desaparecidos. Y Jorge Cedrón murió en 1980 en Francia bajo situaciones nunca esclarecidas.

A pesar de las persecuciones y la preponderancia del cine pasatista pro militar, hubo cineastas que se animaron a denunciar lo que se vivía, apelando a metáforas: José Martínez Suárez con Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976); Alejandro Doria, con La isla (1979) y Los miedos (1980), y Adolfo Aristarain con dos films claves: Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982), alusión al ocaso del gobierno militar.

En su libro “Cine argentino, entre lo posible y lo deseable”, Octavio Getino sostiene que “la industria se redujo a sus niveles más misérimos, sostenida apenas en el cine publicitario. Incluso realizadores y productores prestigiosos anteriormente, como Torre Nilsson, fueron obligados a incursionar en ese tipo de producción al no entrar ninguna otra alternativa”. Al mismo tiempo, se generó un beneficio extraordinario para las productoras y distribuidoras extranjeras, sobre todo norteamericanas, en línea con la política liberal económica de la dictadura. Destaca “el aumento de los ingresos de las distribuidoras norteamericanas en el mercado argentino; 14.800.000 dólares obtenidos por alquiler de películas en 1978, frente a 8.800.000 logrados en 1977. Una espectacular alza del 59,9%”.

11 DE JUNIO DE 1976. OPERATIVO MILITAR EN SAN JUAN Y PERON. FOTO ARCHIVO CLARIN.

Qué se puede hacer

La música compartió con el cine similares ataques (censura, listas negras, persecución, desapariciones), la búsqueda de nuevas formas para contar lo que estaba pasando, y la promoción oficial de producciones ligeras y pasatistas, como el Club del Clan. Fue la música popular, tanto la testimonial como la folclórica, la que más lo padeció. Desde el asesinato de Jorge Cafrune, la censura a artistas como León Gieco, hasta los exilios de Teresa Parodi, Mercedes Sosa, Marilina Ross, Piero, Leonardo Favio, Miguel Ángel Estrella (encarcelado y torturado en Uruguay), César Isella y Víctor Heredia, entre muchas y muchos otros.

Algunos regresos en dictadura tuvieron su carácter mítico. Fue el caso de Mercedes Sosa en febrero de 1982 (se había exiliado en 1979, tras una actuación en el Almacén San José de La Plata que terminó con la Negra en la comisaría segunda), con invitados de todos los géneros a lo largo de diez conciertos, incluso del rock.

“Si bien la supuesta despolitización del rock como movimiento sociocultural lo preservó de estar en la primera fila de la represión, el marco cultural en el que el rock se explayó en aquellos años fue monitoreado con celo por los servicios de inteligencia de la dictadura. Por ejemplo, los informes de la Dirección de inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires referidos a los recitales del regreso de Almendra en el verano de 1979/1980 advierten de la peligrosidad ‘moral’ de aquel evento”, expresa Sergio Pujol, autor del libro “El rock y la dictadura”. Y agrega: “Los recitales, a lo largo de todos aquellos años, fueron rituales contestatarios de gran valor para el auto-reconocimiento del rock como verdadero movimiento”.

Paradójicamente, el mismo gobierno militar generó las bases para su difusión masiva, cuando prohibió la música en inglés por la guerra de Malvinas. “Fue un episodio surrealista en medio de una tragedia nacional. No creo que haya sido una contradicción del rock (como sí lo fue su participación en el festival de la Solidaridad Latinoamericana). En todo caso, fue un resquicio por donde pudo meterse en medio de la debacle de la dictadura”, concluye Pujol.

Entre los que pudieron permanecer haciendo música desde el país sobresale Charly García, con canciones en Serú Girán como Viernes 3 AM, Canción de Alicia en el país, Los sobrevivientes y José Mercado. Otras perlas pueden hallarse en su grupo anterior, La Máquina de Hacer Pájaros, con frases como “pronto en esta ciudad me van a nombrar ciudadano legal como a vos”, y “mi amada está lejos de acá, en un país hipernatural”, cantadas en 1976 y 1977.

La actividad musical cotidiana no estuvo exenta de cruces entre artistas de los diferentes géneros, y cómo los más antiguos miraban con recelo al rock. Una muestra la encontramos en el libro “Esta noche toca Charly”, donde el autor, Roque Di Pietro, rememora una entrevista colectiva de La Opinión en 1977, en la que reúnen a músicos “clásicos”, como Leda Valladares, Osvaldo Pugliese, Ariel Ramírez y Edmundo Rivero, con los jóvenes Charly y David Lebón, para debatir “¿Qué pasa con la música popular?”. Los acusaban de extranjerizantes. Respondía Charly: “A nosotros se nos achaca un desconocimiento de las raíces musicales argentinas de tango y folklore, y estoy seguro de que ustedes conocen menos nuestra música que lo que conocemos nosotros de las de ustedes. Creen que nuestra música es la misma que la de Leo Dan o la de las cumbias”.

El enemigo visible

La dictadura no sólo quemó libros. También teatros. El 6 de agosto de 1981, mientras Frank Sinatra, contratado por Palito Ortega, deleitaba a un Luna Park colmado, a pocas cuadras, en el actual Pasaje Discépolo a la altura de la avenida Corrientes, una bomba de la Marina incendió el Teatro del Picadero. Una semana antes habían iniciado en esa mítica sala el ciclo Teatro Abierto, un movimiento creado por dramaturgos, directores y actores con piezas que se oponían al accionar militar. La estrategia no le funcionó a la dictadura, lo que iba a ser algo pequeño terminó siendo masivo, con el apoyo incluso de figuras como Jorge Luis Borges y Alejandro Romay. Terminaron haciéndolo en el Teatro Tabarís, habitué de las revistas, donde asistieron más de 25.000 espectadores en un ciclo de 21 obras (tres por día, a la mitad de precio que una entrada al cine) que, entre otros temas, hablaban de los desaparecidos, la represión y el autoritarismo. “Teatro Abierto fue el primer movimiento de resistencia cultural en la dictadura, tenía un poquito de inconsciencia porque podría haber sido un desastre en cuanto a persecuciones, pero había una necesidad de juntarse, fundamentalmente de autores, que no podían estrenar en circuitos oficiales”, resalta Sebastián Blutrach, actual dueño de la Sala, que luego fue estudio de TV y llegó a estar a punto de demolerse. Reabrió en 2012. “Quedó como un mito, tuvo la suerte y la desgracia de ser la sede de Teatro Abierto, convirtiéndose en un espacio histórico pero que estuvo más tiempo cerrada que abierta”.

Blutrach considera que “el teatro fue, a pesar de las amenazas y censuras (como le ocurrió a Eduardo Pavlovsky con Telarañas en el Payró), el constante acoso, las gamexane y los decorados tirados en la calle, un lugar de encuentro entre artistas y público. Y en lo creativo había un enemigo muy visible desde lo ideológico que generaba una reacción colectiva muy interesante, en cuanto ese enemigo se difuminó con la vuelta de la democracia quedó un poco perdida la dramaturgia y luego volvió a encontrar su camino”.

Teatro Abierto perduró hasta 1985. El martes 28 de julio de 1981 a las 18, el actor Jorge Rivera López inauguró Teatro Abierto leyendo un texto del dramaturgo Carlos Somigliana donde remarcaba la intención de hacer el ciclo “porque amamos dolorosamente a nuestro país y éste es el único homenaje que sabemos hacerle”.

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Gustavo Sarmiento
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