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ASTOR DE MEDIANOCHE

Pasaron muchos años hasta que supe que ese hombre no muy corpulento y amable que aparecía en nuestras vidas las medianoches para salvarnos del frío en una larga espera era Astor Pantaleón Piazzolla. Los recuerdos son como destellos desteñidos de la infancia, pero tienen el valor de haber persistido en la memoria y fueron el trampolín para resignificar una convicción: cuando cumplí apenas cinco años, en ese hombre que aparecía frecuentemente a esa hora en la parada del colectivo 109, en la esquina de Asamblea y Hortiguera, se iba a resumir la fractura musical de mi generación con la de mis padres respecto del tango. El tango, la música de mi identidad porteña. La música de nuestros amores, de nuestra literatura. De nuestras emociones rebeldes. De nuestra vida. La memoria viaja al invierno de 1953. Es medianoche. El olor a flan de vainilla de la fábrica Royal, justo en esa esquina, frente al increíblemente bello parque Chacabuco, persiste en el barrio. Lo endulza. El olor a vainilla era tan intenso como el verde del parque, la obra más perfecta que el genial paisajista Carlos Thays había desarrollado en los bosques de Palermo llevada al suburbio de la ciudad. En la noche también parecía rugir el puma de bronce de Emilio Sarniguet, que custodiaba también las estatuas de mármol de Carrara gigantescas que rodeaban los rosedales del parque y vigilaba las casas bajas, y ese rugido imaginario rodaba por la ancha avenida Asamblea que hacia el centro desembocaba en Boedo –con el 109–, primera estación de los tangueros, y más tarde hacia Avenida de Mayo o Corrientes. Astor y su esposa Odette Maria Wolff, “Dedé”, vivían en Asamblea 1276, con sus hijos Daniel y Diana. Mis padres, ambos, eran del barrio. En sus años mozos, papá solía ser repartidor de frutas y verduras en el barrio, y contaba con la confianza de Dedé y de la familia del genial Alberto Ginastera –luego maestro y mentor de Astor–, que vivía en el pasaje Faraday, a pocos metros de la geografía de esta historia. Mis padres se habían mudado a Boedo después de casados, pero cada noche mi padre, luego de salir de su trabajo, pasaba a buscar a mi madre y mí a la casa de mi abuela, en Santander y Hortiguera. Casi siempre a medianoche debíamos esperar por mucho tiempo, muy largo a veces, el colectivo para volver a Boedo. La imagen que aún persiste en mi memoria, como apenas una película de pocos cuadros, es la de Astor librándonos de la espera del 109 esas medianoches frías –una y otra vez–, invitándonos a subir al taxi que lo llevaba, por entonces, hacia el centro. Y no pocas veces alzarme a upa en auxilio de mi padre. Años más tarde, por su buena memoria, supe que esos viajes tuvieron que ocurrir durante el invierno del 53, y que Astor, por entonces, acababa de causar revuelo en la Facultad de Derecho al presentar la obra sinfónica en tres movimientos “Buenos Aires Opus 15”. “Parece –me contó– que no les gustó que el tango se tocara con una lija –una caja de resonancia de tres cuerdas–. ¡Este Astor! Dedé me dijo que lo consideraban peor que un hereje”. Papá también creía que el tango había nacido para ser bailado. Y no pasaron muchos años hasta que mi amor por “Verano porteño” o “Adiós Nonino” me fanatizara hasta los límites de no aprender, como muchos de mi generación, a bailar el tango. La discusión con mi padre tenía dos etapas: en una, criticaba ácidamente que no lo bailáramos: “Son todos pataduras vos y tus amigos, no saben lo que se pierden”; en la otra, divertido, recordaba esas medianoches de encuentros fortuitos con Astor y su talento, o también el afecto que sentía por Dedé, y sentenciaba: “Te perdono porque Astor es un músico del carajo”. Habían pasado treinta años, en agosto de 1983, cuando en México me encontré con Diana Piazzolla, también exiliada. Juntas escuchamos a Astor y a Raúl Lavié en su concierto inicialmente previsto en el bellísimo Palacio de Bellas Artes de la avenida Reforma pero luego realizado en un estadio para garantizar que entrara la multitud que ya lo seguía. Entonces le conté también a ella esta historia: “Tu viejo, de medianoche, nos salvaba del frío”. Era una anécdota inútil quizá, entre tantas cosas que hablamos sobre el destino de nuestras vidas militantes y de la Argentina, donde estaba por terminar la dictadura más sangrienta de la historia. Pero como dijo Alejandra Pizarnik alguna vez en su poesía: ciertas cosas del amor, a veces, son más necesarias que la historia de las revoluciones.

Escrito por
Maria Seoane
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