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“El teatro es caminar por la cuerda floja”

A los 91 años, Pepe Soriano no para de trabajar. Pronto se estrenará la película Nocturna, un thriller psicológico que protagoniza junto con Marilú Marini, y tiene una invitación para filmar en España con Carmen Maura y Eusebio Poncela. Pero es el vértigo de las tablas lo que más lo atrapa.

Presentar a Pepe Soriano puede resultar innecesario, redundante o, incluso, pretencioso. Para algunos, llevará indeleblemente la máscara áspera del anarquista alemán Schultz en La Patagonia rebelde; para otros, será la inquietante anciana de La nona, y habrá muchos que lo asocien con el andariego parlanchín del El loro calabrés, ese espectáculo unipersonal con el que trajinó las rutas argentinas de un exilio interior, que se prolongó en el tiempo, como una marca registrada.

En cambio, vale apuntar que Pepe Soriano espera el estreno de un thriller psicológico con ribetes fantásticos, Nocturna, donde protagoniza a un jubilado casi centenario, agobiado por los fantasmas del pasado. Además, guarda en agenda una invitación para filmar en España en 2022, en compañía de Carmen Maura y Eusebio Poncela.

A los 91 años, Soriano, el Pepe, actor siempre, tiene mucho nuevo para contar.

–¿Cómo tomó la propuesta de filmar una película tan alejada de su registro?

–Comencé por averiguar las motivaciones del director, Gonzalo (Calzada), que se dedicaba a películas de género, algo que no me llamaba la atención y no es algo conocido por mí. “Voy a escucharlo y ver qué quiere”, pensé, y nos sentamos a hablar y ya no aparecía tanto la idea de género, aparecía relativamente. La idea de ese género lúdico creo que le interesa más a la gente joven, y si uno viene de La Patagonia… qué tiene que ver con eso.

–La pandemia resignificó la historia: se trata de un matrimonio muy mayor, que debe lidiar con el aislamiento impuesto por la sociedad.

–Sin ninguna duda. El director se ocupó de una edad que hoy no tiene lugar, está desalojada de la sociedad. Aunque no es algo que yo tenga derecho a juzgar. Filmamos en una casona por el barrio de San Telmo, antes de la pandemia, con mucho de ese efecto de humo que se usa ahora, que le da un ambiente muy particular, un color sepia. Trabajamos a un ritmo agotador de ocho a once horas por día. Se trabajó con mucho amor, con mucho deseo, que es lo que único que me mueve. Yo venía de filmar una película en Salta, horrible, que no quise ni ver.

–Hizo dupla con Marilú Marini, una actriz argentina con larga residencia europea.

–Somos amigos desde hace treinta años. Ella trabajó con Copi. Me tocó la suerte de compartir con una persona sin ningún divismo, realmente dedicada a su trabajo. Después de ver la película, tengo la impresión de que la gente va a llorar mucho, me recuerda la circunstancia cuando hice El padre, en teatro, donde el personaje sufría de Alzehimer. En lo personal, creo que es una película para festivales.

–¿Cómo se lleva con las nuevas tecnologías, que fueron un recurso para mantener el contacto con el público? ¿Se ve haciendo un streaming, por ejemplo?

–No, no lo conozco. Hay algo que se hereda desde el principio del teatro. Es un tipo que cuenta una historia a otro. Los medios mecánicos tuvieron que recurrir a muchos recursos para suplantar a esa interrelación. El cine, por ejemplo, inventó a un John Wayne que, de otra manera, no hubiera sido actor. Para mí el teatro es caminar por la cuerda floja sin caerse en el medio y hay que sostenerlo con el físico, manteniendo la tensión.

–Su trabajo en El loro calabrés es una marca registrada de ese tipo de teatro. Marcó un antes y un después en su trayectoria. Lo hizo muchísimos años.

–Lo compuse en 1975, casi sobre la llegada de los militares, con la amenaza de la persecución, cuando no de la muerte, que no iba a ser mi caso, pero tenía que seguir viviendo. “Si salís en la foto, esa foto no se publica”, me dieron a entender. Entonces, decidí ir con el espectáculo al interior, con un auto prestado y un muchacho que me hacía de asistente y manejaba de a ratos el auto, que venía de fabricar sándwiches de miga en Rosario (se ríe). Caíamos a pueblos muy chicos, de mil habitantes, o menos, y ahí montábamos el espectáculo, porque no tenían control militar o policial. Hasta que hubo un par de reseñas muy buenas y entonces comencé a trabajar muy bien. Corté un tiempo cuando Atilio Mentasti me llamó para hacer La nona. “Me liberaron seis meses”, me dijo, en sentido metafórico, porque había estado perseguido.

–¿Cambiaron muchas cosas en el espectáculo en todos estos años?

–Se agregaron cosas, se quitaron cosas, se conservó la esencia, la marca en el orillo. Nunca desconocí mi identidad, a esa gente laburante le pertenezco. La entrega de pan del final la repetí en cada pueblo y después sumé plantar un olivo. Los dos últimos fueron en El Tigre y en Córdoba, donde tuve que convencer al intendente.

–Todavía le siguen preguntando por La Patagonia rebelde. Cada tanto la reponen en algún canal de cable.

–Es una película hermosa. Pero fue duro filmar hace cuarenta años en el medio de la Patagonia profunda, en el medio de la nada. No existía ropa térmica, nos poníamos papel de diario debajo de la ropa para atemperar las inclemencias del tiempo. Dormíamos en un ómnibus cedido por la gobernación de Santa Cruz, y Osvaldo Bayer e hija nos preparaban el desayuno en unas ollas gigantes.

–Se puso el traje de Lisandro de la Torre en Asesinato en el Senado de la Nación. ¿Qué otro personaje histórico le hubiera gustado interpretar?

–Me quedé enganchado con De la Torre. Me hubiera gustado contar la historia de Elpidio González (vice de Marcelo T. de Alvear) que terminó vendiendo ballenitas en la calle Corrientes. Y cuando el dueño de Anilinas Colibrí se enteró, le ofreció trabajo y él se negó a cobrar más de lo que cobraba un trabajador cualquiera.

–Se conoce poco de su trabajo en España y fueron años fructíferos para usted, entre 1988 y 1992.

–Trabajé mucho en España. Me invitaron a hacer una película sobre (Francisco) Franco, fueron tres meses de filmación y me terminé doblando a mí mismo, en español, aunque tenían un doblista. También hice TV, la primera temporada de Farmacia de turno, que podía ser como Los simuladores y fue un éxito descomunal. Pero después de siete años, sentí que se me estaba acabando el tiempo, que no tenía oportunidades de crecer, lo que me ofrecían en teatro era mediocre. Entonces dije: “Me quiero morir en mi tierra”. Y en quince días, con mi mujer, vendimos muebles, devolvimos la llave del departamento y nos volvimos. Ahora, desde España, me ofrecieron hacer un papel en Por la puerta grande, que incluye en el elenco a Carmen Maura y Eusebio Poncela. Está pautada para 2022, pero no sé si voy a estar para hacerla (se ríe).

TIPO DE BARRIO

Vive en Colegiales, en la casa en que nació y donde vivieron y murieron padres y abuelos. Los antepasados que llegaron de Calabria al país eran analfabetos. Pepe Soriano pudo haber sido abogado. Pero “Perón creó un teatro universitario en la facultad y ahí comencé a aprender actuación”.

Otro de sus personajes inolvidables fue ese rebelde tardío de Las venganzas de Beto Sánchez. Película prohibida, se estrenó con retraso y fue elegida como la mejor del año 1974, junto al Moreira de Leonardo Favio. “Nos conocemos desde hace tanto tiempo, tenemos que hacer una película juntos, me dijo Favio, poco antes de irse”, evoca.

Tiene en carpeta un espectáculo dirigido por Santiago Doria, que espera montar en el teatro que lleva su nombre, en El Tigre, donde plantó su último olivo. “Está dirigido a los jóvenes, a los estudiante de colegios secundarios, y no se va a cobrar entrada, para poder hablar de nuestra América de habla hispana y pensar sus poetas, sus músicos. La gente no sabe quién fue Ernesto Cardenal”, lamenta.

–Es un riesgo grande dirigirse a chicos que están “en otra”.

–Lo he hecho, con algunos disgustos. El riesgo hay que correrlo.

–¿Cómo vivió este último tiempo político que nos tocó atravesar como sociedad? ¿Con angustia, con rabia, con indiferencia?

–Con indiferencia no, porque soy un ser político. Hay cosas que me dan tanto fastidio. Gente que ante una vacuna que puede salvar vidas pregunta de dónde viene, porque dice que le van a inocular comunismo. Y lo dice gente que pretende ser de clase media, que tiene alguna representación de la sociedad. Ahora descubrieron que sí sirve… Creo que tanta audacia se tiene que terminar.

Escrito por
Oscar Muñoz
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