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Una bandera eterna

La vida y el impacto de Diego alcanzaron múltiples dimensiones. Una de ellas es la profunda huella que dejó en nuestra cultura popular. Su sabiduría intuitiva también fue objeto de notables canciones, documentales, películas y libros.

No solo por los dos goles a los ingleses en el 86 o por los insultos a los italianos que silbaban al Himno argentino en el 90 Diego Armando Maradona es lo que es en la Argentina. A esta altura y con el país convertido en un valle de lágrimas –un déjà vu fatal del “me cortaron las piernas” del 94–, su dimensión se vuelve inabarcable. Cada uno de sus pasos fue como el work in progress del guion de un superhéroe terrenal que mezclaba drama, nobleza y romanticismo. Desde que apareció en la tele en blanco y negro desde un potrero haciendo jueguito, diciendo como quien no quiere la cosa su profecía (“Mis sueños son dos, el primero es jugar un Mundial y el segundo es salir campeón…”), lo acompañamos en un Truman Show neurótico y demencial. Mientras hacíamos planes para nuestras viditas, fuimos voyeurs de sus mejores y peores andanzas. Desarrolló su gloriosa carrera deportiva, paso a paso, en paralelo con una cotidianidad que en algún momento dejó de ser familiar, cercana, de Fiorito, la Tota y la Claudia, para volverse una montaña rusa emocional. El lo dijo: “Me dieron una patada desde Villa Fiorito hasta la Torre Eiffel”. Como Gardel, como Charly García, Diego engalanó la cultura popular. Se zambulló en ella y, definitivamente, la modeló. Dio cátedra de sus conocimientos de cada una de las pasiones argentinas, desarrolló una insondable sabiduría intuitiva y fue objeto de canciones, documentales, películas, libros.

El punteo puede ser extenuante: de entonar el tango “El sueño del pibe” en TV a cantar un reggae con Eddy Grant o subir al escenario de Vélez con Queen, Diego hizo siempre lo que quiso, pasionalmente, como un emergente del pueblo. Por eso supo de qué hablaba, dónde ubicarse, sin temerle al qué dirán. De tirarle unos penales a Minguito, filmar con el Gordo Porcel o atajar en un partido de Fútbol 5 en uno de los programas de la factoría Suar, Diego salía disparado directamente y con la misma disposición a entablar una conversación con Fidel Castro, o con Menem, o dejar plantado una y otra vez a Emir Kusturica o jugar al golf o o hacer jueguitos con un papel en un claustro de Oxford, o llamar a la madrugada a Ricardo Darín para que lo rescate de una noche feroz y sumirse en contradicciones y certezas y salir de sus propios laberintos siendo, siempre, Diego Armando Maradona.

Todo lo que hacía lo convertía pop, entendiendo como pop una amplia concepción de lo popular en tiempos mediáticos. Siempre tuvo claro exactamente qué representó. Se entregó al delirio de la Iglesia Maradoniana, se dejó perseguir por biógrafos y documentalistas y fue honrado por Los Piojos (“Maradó”), Rodrigo (“La mano de Dios”), Charly García (“Maradona blues”), Mano Negra (“Santa Maradona”), Los Ratones Paranoicos (“Para siempre, Diego”), Andrés Calamaro (“Maradona”), Peteco Carabajal (“La canción del brujito”), Manu Chao (“La vida es una tómbola”), Calle 13 (“Me vieron cruzar”), el grupo de tango La Guardia Hereje (“Para verte gambetear”, del extraordinario Alorsa), por muchos italianos (el famoso “Ho visto a Maradona”, y una exquisitez del cantautor napolitano Pino Daniele, “Tango della buona suerte”), más innumerables canciones que son homenajes indirectos, como “Dieguitos y Mafaldas” de Joaquín Sabina, y “Dale alegría a mi corazón” de Fito Páez.

Mientras las plataformas se apuraron a poner películas como Maradona by Kusturica y Amando a Maradona y permanece sin estrenar una serie ficcionada que él propio Diego autorizó en vida, se agolpan las frases geniales como su futbol que acuñó para ir describiendo situaciones. Son frases que, en su instantaneidad, no se le hubieran ocurrido ni al publicista mejor pago de Buenos Aires, una ratificación de su inteligencia. Eslóganes impactantes, políticos, bufos. Los más conocidos no hace falta repetirlos (“la mano de Dios”, “la pelota no se mancha”, “me cortaron las piernas”, y tantas), pero hay otros que quedaron perdidas en el torbellino de su vida y que siguen la tradición de la más maravillosa picaresca criolla, un camino en el que une al Vizcacha del Martín Fierro con Fray Mocho: “Llegar al área y no poder patear al arco es como bailar con tu hermana”, “Si veo a Duhalde en el desierto, le tiro una anchoa”, “Si Pelé es Beethoven, yo soy Ron Wood, Keith Richards y Bono, todos juntos”, “Grondona es tan rápido que le pone un supositorio a una liebre”, “Coppola es vivísimo. Fuma debajo del agua”, Scaloni es un gran muchacho pero no puede dirigir ni el tráfico”, y tantas.

Estos aspectos son los que destacan a Maradona en la fatigada comparación con Messi. No tanto lo que fue en una cancha, sino lo que representó integralmente en las distintas capas de la sociedad. Sobre todo a los pobres del mundo. Su prédica a 360 grados –volcánica, vibrante, emotiva, en algún momento contradictoria– nunca se alejaba de la idea de la dignidad del ser humano. Messi es un poster, una camiseta; Diego, una bandera.

-Diego Armando Maradona. 1960-2020.

Escrito por
Mariano Del Mazo
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