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LOS CUERVOS DEL CIBERESPACIO

Ha quedado muy añeja la calificación de “cuarto poder” para definir la influencia en nuestras vidas de los medios de comunicación. Desde hace varios años se han transformado, en su tándem con el poder judicial, sin duda, en el primero. Hace más de treinta años, el gran Umberto Eco nos alertaba sobre los peligros para la vida democrática de la cada vez más evidente preeminencia de “la noticia como espectáculo”, que se imponía sobre la verdad a partir de la elección del receptor del medio emisor afín a su ideología. No importa que aquella noticia sea absolutamente falsa y no tenga el más mínimo asidero; será adoptada por quienes quieren creer o simular que lo hacen reconociendo en su foro íntimo la falacia emitida, que a su vez se encargarán de difundir.

Cuando Eco escribía esto, las redes sociales no existían y su referencia iba dirigida principalmente a los periódicos en su versión papel e internet y a la televisión. Hoy, en el reinado de las redes sociales, la cosa se ha agravado. Aparecieron inicialmente a comienzos del presente siglo, como una oportunidad democrática de expresión en la que el histórico receptor se podía convertir en emisor de opiniones e incluso instalar temas ajenos a la agenda de los medios sistémicos. Pero en la medida en que se fueron masificando, se incrementaron las acciones de manipulación que, como fuimos viendo, estaban en los planes originarios de sus creadores. La primera versión crítica sobre estas redes comenzó a circular a poco de su popularización y apuntaba a la obtención de información sobre los gustos y consumos de sus adherentes, lo que era y es evidente.

Estas redes “gratuitas” se cobran con creces el servicio que prestan, la posibilidad de exhibir desde lo autorreferencial de “aquí estoy en…” o “con mi nuevo auto…”, a la expresión de opiniones, con un rédito multimillonario en datos extremadamente precisos de miles de millones de personas. Pero la cosa va más allá, como lo demuestra terroríficamente el documental El dilema de las redes sociales, en el que ex directivos, creativos e ideólogos de Facebook, Twitter e Instagram relatan con lujo de detalles la manipulación de los “usuarios”, que incluye fuertemente a lo político. El documental, de visión recomendada, como el dedicado a la empresa consultora multinacional Cambridge Analytica, Nada es privado, deja en claro cómo los algoritmos de estas redes están programados con una marcada ideología autoritaria de derechas y que han encontrado en la promoción del odio, la incubación de haters (odiadores) y la proliferación de trolls uno de sus negocios más suculentos. Los ejemplos abundan y ponen de manifiesto la cada vez más potente influencia de estas redes en las campañas electorales, en la demolición de personajes políticos o mediáticos y en la instalación de fake news en algunos casos criminales, como las relativas al coronavirus y a los “elíxires mágicos” para su “cura” que, para hablar solamente de la Argentina, provocaron la muerte de un niño de cinco años.

Algunos de los padres y madres de la criatura se muestran en estos documentales horrorizados por los cuervos que han creado y criado y ya no saben cómo poner a salvo sus ojos. Suena a muy poco apelar a la responsabilidad individual y quizás a mucho una regulación estatal. Pero por lo menos hay que abrir el debate sobre el tema central del mundo contemporáneo, que es lo que intentamos con este número de Caras y Caretas.

Escrito por
Felipe Pigna
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Escrito por Felipe Pigna
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