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UNA VERDADERA FIESTA POPULAR

Nació de la intuición de Cristina y se transformó, como nunca, en un gran encuentro y agasajo de la Argentina plebeya. Néstor Kirchner lo disfrutó junto a los principales presidentes de la región, en una postal inolvidable del sueño de la Patria Grande.

Lo que fueron esos días, inesperados, gozosos. Los días de mayo. Multitudes transitando el centro de Buenos Aires. De sopetón. ¿Dónde estaban antes? ¿En sus barrios, en sus casas? Ríos humanos habitando las calles, mirando los desfiles, calmos, alegres, familiares, amistosos. La 9 de Julio, nuestra vía rápida que se convierte en peatonal de la protesta, se hizo avenida de la fiesta. Y cruzó su río con la Avenida de Mayo, y esos nombres, que recuerdan una insurrección en mayo y una declaración de independencia en julio, encontraron su significación popular, su intensidad contemporánea, el modo en que para muchas personas la pertenencia nacional no es un hecho del pasado o una efeméride obligatoria sino un plano que constituye su sensibilidad, un reconocimiento de la pertenencia comunitaria.

Inesperado, no porque no supiéramos de banderas o festejos nacionales, sino porque andábamos creyendo en que el clima era de manifiesta hostilidad al Gobierno y que no habría margen para un reconocimiento multitudinario como el que se dio. Sucedió y estuvimos entusiastas y azoradxs. El Centenario había sido el festejo del orden restaurado: la conmemoración nacional, una vez establecidas las fronteras en la pelea contra las comunidades originarias, podía realizarse como reconciliación con el poder colonial. Ese era el gesto fundamental, y la lengua estuvo en el centro, porque se trataba de encauzar la poliglotía migratoria y el desvío rioplatense hacia una nueva obediencia a los dictámenes de la Real Academia Española. El Bicentenario fue diseñado como su contracara: la fiesta de la Argentina plebeya, la de todas las migraciones (internas y externas) y la de sus expresiones políticas, desde el peronismo hasta las Madres de Plaza de Mayo. La Argentina que se festejaba en 2010 era la que portaba el rostro de las luchas y no el de las opresiones. ¿Recordamos el rostro de las y los presidentes de la región que se juntaron por Buenos Aires en esos días? Esa foto es la contracara del presente, donde el gobierno argentino es una anomalía respecto de una región tomada por las derechas, en procesos determinados por situaciones golpistas, como los actuales gobiernos de Brasil y Bolivia.

ALEGRÍA AMENAZANTE

Lo inesperado a veces es alegre sorpresa, y otras, pesadilla amenazante. En 2010 nos sentimos parte de un pueblo; cinco años después éramos la parte de lxs derrotadxs, que estaba en una plaza un 9 de diciembre para despedir a un gobierno y a un ciclo entero de nuestras vidas. Pero en aquel mayo de 2010 no podíamos imaginar un Bolsonaro o una Áñez, tampoco un Macri. No porque no supiéramos de la fragilidad, porque para la vida popular ni siquiera el momento de ensueño está privado de pesadillas y siempre supimos que los poderes se organizan y son cruentos. Cómo no saberlo en un país donde aún duelamos los cuerpos ausentes de miles de militantes asesinados. Cómo no saberlo si aun en el gobierno siempre estamos obligadxs a la resistencia.

El Bicentenario fue un paréntesis, una fiesta, el momento extraordinario en que parecía que finalmente acontecía una suerte de unanimidad y que ese modo de considerar la historia se hacía carne o por lo menos se desparramaba en esas vivencias multitudinarias. En Sinceramente, Cristina Fernández de Kirchner señala que fue su intuitiva decisión: había que ir por la fiesta y la conmemoración. Y que varios, entre ellos su compañero, veían con desconfianza la realización. Hasta que sucedió. Vértigo el de ese año, porque si festejamos en mayo, en octubre nos reunió en la calle la tristeza por la muerte de ese hombre que creía que no iba a pasar nada con los festejos.

Imágenes de esta nota caleidoscopio: imágenes de la sorpresa alegre de una calle y del llanto compartido en esas largas filas para llegar a la despedida. Para algunas personas, entre las que me cuento, parte de sus alegrías y tristezas se inscriben en situaciones colectivas, y la calle es lugar de experiencia sensible. No menos importante que la vida privada y lo que acontece tras las paredes de un hogar. La calle es allí donde compartimos un sentimiento público y donde nos abrazamos con muchas personas que lo atraviesan también. Lo muy difícil de estos días, los de 2020, el año de la pandemia, es que estamos privados de ese tránsito en común, de ese caminar dentro del río multitudinario en el que nos reconocemos, nos sentimos acompañados, en la furia, la alegría o el dolor. La vida puertas adentro y la común reducida a las pantallas no dejan de causar desazón, incertidumbre, dificultad para pensar la política. No para hacer una apología sin más y maniquea de los cuerpos, del estar corporalmente, de poner los cuerpos, como si fueran lo otro de las representaciones, los discursos, sino porque en ese estar juntxs se produce algo diferente en el plano de la sensibilidad y el pensamiento.

LA PARTE DE LOS SIN PARTE

Horacio González, en un libro extraordinario, Restos pampeanos, discute con los historiadores que piensan las naciones tan sólo armados con la idea de invención: tradiciones inventadas (Hobsbawm), comunidades imaginarias (Anderson), ficciones orientadoras (Shumway). Hacen foco sobre lo obvio: la historicidad de las conmemoraciones y representaciones nacionales, el modo en que los Estados construyen su legitimidad señalando algunos hechos como punto de origen o como marca de identidad. Horacio dice: eso es evidente, pero hay otra cosa, que tiene que ver con la dimensión de la experiencia vivida, del reconocimiento sensible, de las lenguas compartidas, de los duelos atravesados en común. ¿O no es nuestra patria la que rehicieron las Madres caminando alrededor de la Pirámide de Mayo? ¿No nos sentimos argentinxs menos por una invención estatal que por el modo en que aprendimos en amoroso territorio la lengua materna? Quizás nos conmueva más la iracundia de la literatura de Viñas o la insolencia de la Berkins que un himno nacional, pero reconocerse en una comunidad nacional es también pensarse en relación con sus discordias, ser parte de sus confrontaciones, reclamar la parte de los sin parte.

Los festejos del Bicentenario fueron la ocasión para pensar todas esas dimensiones de la nación, las díscolas, las conflictivas, las irreverentes, las sentimentales, las plebeyas, las concesivas, las criminales. Ocasión para nuestra memoria en común, que es siempre plural y querellante, porque es la de la persistencia del hecho colonial en el trato hacia las poblaciones originarias o en la destrucción de la tierra y también la que surge de un conjunto de luchas por la emancipación de las que nos sentimos parte.

Escrito por
María Pia López
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