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NÉSTOR Y EL SENTIDO DE LA VIDA

La gura del ex presidente inspiró una renovada con confianza en la política. Las generaciones que fueron tocadas por sus acciones lo recuerdan y reivindican su ejemplo.

Conocí a Néstor Kirchner en el ascensor de un hotel de la avenida 9 de Julio. Yo cubría para la revista Trespuntos el desembarco del Grupo Calafate en Buenos Aires. Cuando se cerraron las puertas quedamos adentro Néstor, Miguel Núñez, Alberto Fernández, Miguel Bonasso y yo. Fue el autor de Recuerdo de la muerte, que también colaboraba en la revista, el encargado de presentármelo. Nos saludamos, sonreímos, y Néstor lanzó una joda por lo apretados que estábamos. Era alto, flaco, un poco desgarbado y estaba muy sofocado y transpirado. Yo también estaba desarreglado y sudado. Lo miré y pensé: “Es macanudo. Ojalá llegue. Pero no va a llegar”. Corría el año 2000, si no me equivoco, y nada indicaba que un gobernador del sur del sur, un tipo que parecía común y corriente, que transpiraba y era desprolijo como yo, pudiera cambiar la historia como empezó a hacerlo apenas tres años después de ese encuentro.

Volví a encontrarlo cuando ya era candidato a presidente. Era diciembre de 2002, en la casa de Santa Cruz. En esa entrevista también estaban presentes Alberto Fernández y Miguel Núñez. Fue un buen reportaje de tapa de la revista. Néstor expresó una frase que iba a quedar en la historia: “Yo no voy a ser el chirolita de Duhalde”. La frase generó revuelo y polémica y todavía hoy tiene consecuencias en la vida política argentina. Cuando se apagó el grabador nos quedamos conversando un rato largo sobre política, economía y otras cuestiones. Kirchner sudaba voluntad de poder, pero también convicciones políticas. Antes de despedirnos me hizo una pregunta personal: “Si llego a ser presidente y tuvieras que pedirme una sola cosa, ¿qué me pedirías?”. Lo miré con cierta inocencia y le respondí: “Un país con un mínimo de dignidad”. Canchero, llevó su mano a mi hombro y me dijo: “Olvidate, dalo por hecho. No te voy a defraudar, entonces, gordo”. No tuve oportunidad de decírselo, pero nunca me sentí defraudado.

EL SELLO DE UNA RELACIÓN

Con el correr de los años, Néstor fue aceitando una relación de confianza y certidumbre con una gran mayoría, y el culmen de esa relación se produjo el 27 de octubre del año X, con su muerte. Se sabe: la muerte no es peronista. Siempre se ha llevado la vida de los líderes peronistas en los peores momentos de la historia. En 1952, cuando los años felices comenzaban a ensombrecerse y la crisis económica decía presente, se robó el corazón vibrante del peronismo: Evita. Anidó allí, en el lugar más íntimo de la mujer, para impedir la fecundización de un proyecto político diferente al que había gobernado la Argentina durante cien años. En 1974, cuando el peronismo se hacía incontenible, cuando la violencia arrasaba el país, la muerte acabó con el único hombre que podía contener la tragedia: Juan Domingo Perón murió solo en su habitación de Olivos. En aquel 2010, que había sido resplandeciente, la muerte le pegó una patada en el pecho a una pieza clave del armado político peronista. En vísperas de que la sociedad debatiera qué proyecto de país quería para sus próximas décadas, se llevó al estratega máximo del modelo nacional y popular.

Néstor Kirchner fue uno de esos “locos” que no abundan en la historia. Asumió la presidencia después de la tormenta de 2001 y fue una tromba. Ese 25 de mayo de 2003 jugó con el bastón de mando, sonrió, hizo muecas, se divirtió y dio uno de esos discursos inolvidables para la política argentina: “Formo parte de una generación diezmada. Castigada con dolorosas ausencias. Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada. No creo en el axioma de que cuando se gobierna se cambia convicción por pragmatismo. Eso constituye en verdad un ejercicio de hipocresía y cinismo. Soñé toda mi vida que este, nuestro país, se podía cambiar para bien. Llegamos sin rencores, pero con memoria. Memoria no sólo de los errores y horrores del otro. Sino que también es memoria sobre nuestras propias equivocaciones”.

Y después, claro, hizo todo aquello que hacen los políticos: acertar, errar, negociar y gobernar con mayor o menor grado de felicidad. Pero su principal virtud era que solía salir del molde del político racional y especulativo. Lo demostró en cada oportunidad que tuvo. Cuando desautorizó a George W. Bush en la cumbre de presidentes en Mar del Plata y decidió “enterrar el ALCA”. O cuando hizo bajar el cuadro de Jorge Videla de las paredes del Colegio Militar de la Nación. Kirchner huía para adelante. Esa era su principal virtud: cierto coraje que no abunda en los ámbitos políticos. No gobernó para los poderosos aun entendiendo las reglas del juego. Era duro para negociar con los duros. Crecimiento sostenido, inclusión social, el Estado como árbitro, la presencia del movimiento obrero organizado en la discusión del poder, la política de justicia respecto de las violaciones a los derechos humanos, el desendeudamiento, el orden fiscal, la independencia de criterio en política internacional, el fortalecimiento de los lazos regionales, el regreso de la política como agonía y discusión fueron algunas de las buenas nuevas que puso Kirchner sobre la mesa en este comienzo de siglo.

Un fenómeno extraño se respiró en el aire en aquellas jornadas de octubre: una multitud fue a despedir a su líder político. A un hombre que, por primera vez en muchos años, no la había defraudado. A un político que había asumido la representación de las mayorías y se había peleado con coraje contra algunos de los grupos de poder concentrado de la Argentina: la Iglesia, el campo, los medios hegemónicos. Pero había algo más: una generación nueva estaba naciendo a la política. Y fue la muerte de Néstor la que dio nacimiento a miles de vidas que recobraban un sentido.

LA POLÍTICA COMO VOCACIÓN

Allí está la razón de la fortaleza del kirchnerismo: le otorgó un sentido a la vida de muchos. Alguien, empecinado en el cinismo, podría enumerar todos los defectos de Néstor, todos sus pragmatismos, sus astucias, sus realismos políticos y económicos, su ferocidad en el manejo del poder, incluso muchos pueden hasta sospechar de sus negocios personales y políticos a lo largo de su vida. Pero todas esas contradicciones quedan empequeñecidas con su muerte. No porque la muerte santifique su vida y borre su memoria. Sino porque le otorga un “sentido” a su existencia, una dirección. Todo lo que hizo Néstor lo hizo por la política. Por la política entendida como vocación de poder por transformar las condiciones materiales de existencia de las mayorías. Nada, ni el dinero, ni el poder, ni la ambición personal, ni el placer hedonista, tenían sentido para él. Sólo la acción política. Néstor podría haber frenado, podría haberse cuidado, podría haberse retirado a disfrutar de las mieles de lo conquistado. Pero prefirió morir antes que dejar de hacer lo que lo constituía existencialmente: la acción política.

Eso es lo que leyó una gran mayoría. Y ese ejemplo iluminó la vida de muchos. La política volvía a ser significada, podía dirigir las acciones de los hombres y mujeres en el espacio público, y esa acción es constitutiva de la condición humana. Se es humano en el hacer político. Una gran mayoría encontró en esa pasión un sentido de la vida, una dirección, una existencia mejor que el anodino sobrevivir consumiendo productos innecesarios, la recepción pasiva de los medios de comunicación, la doméstica aventura de la familia, el repetitivo y vacío acto del sexo por el sexo mismo, la obsesiva pulsión de trabajar para obtener dinero o, incluso, la noble náusea escéptica frente a un capitalismo horrible.

La muerte de Néstor dotó de sentido la vida de muchos argentinos y argentinas. Alguno podrá reírse con cinismo de la credulidad de aquellos y aquellas que direccionaron sus vidas hacia la política y argumentar que todo era falso, que todo respondía a un relato. Aun así –el autor de estas líneas no cree que sea así–, ese sentido de la vida hizo más noble la existencia de millones. Ese es el tesoro kirchnerista que muchos no pueden apreciar. O que pueden reconocer y en el fondo envidian desde su supuesta lucidez mezquina. Y ese sentido es el que los medios de comunicación y el Poder Judicial intentaron bombardear manchándolo de acusaciones de corrupción. Debían ensuciar lo más puro que tenía ese pueblo: la fe en sus dirigentes. No lo lograron, a pesar del brutal esfuerzo que hicieron durante una década. Pero quizás hoy, muchos sienten “una mosca joder detrás de la oreja”: para espantarla sería bueno que ese tesoro kirchnerista no se desvanezca en la abulia y la apatía de la languidez política.

Escrito por
Hernán Brienza
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