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LAS PESTES

Tardé mucho tiempo en comprender cabalmente aquel recuerdo de mi madre y mi abuela rezándole a san Lázaro, protector de pobres y enfermos, en el invierno de 1956. O el diálogo entre mi padre y mi madre una tarde en que la noticia los aterró: la hija de uno de los vecinos más ricos de Parque Chacabuco de repente ya no podía caminar. Yo acababa de cumplir nueve años y las habituales tardes de juego estaban en cuarentena. De repente, teníamos prohibido juntarnos como siempre en las veredas para la travesura, por ejemplo, de ir contra don Chico, al que solíamos robarle, a la hora de la siesta, aceitunas de los toneles que se escondían detrás de la barra de su almacén. Sí recuerdo que una tarde mi madre dijo la palabra maldita: “poliomielitis”. Y que mi padre completó: “Una peste tras otra”. Se refería no sólo a la enfermedad sino al derrocamiento de Perón y la persecución a los peronistas, y la prohibición de nombrar a Evita, su santa laica. Porque como si las desgracias se atrajeran, el aire se había llenado de angustia entonces: mis padres habían sido desalojados de la casona de Boedo porque una de las consecuencias del golpe militar contra Perón fue la venganza de los propietarios contra la ley de alquileres peronista que protegía a los inquilinos. El aire familiar, entonces, también se había cargado de olores intensos a incienso, de vapores del agua hirviendo, rociada con sal gruesa y hojas de eucaliptus, con que se llenaba la bañera para obligarnos a permanecer hasta que el humo se disipara. Y los masajes preventivos en piernas y brazos; y los jugos de miel y limón, o de carne exprimida, buenos para los músculos, y el preventivo amuleto para espantar la mala suerte de contagiarse del poliovirus, con un escapulario con la imagen de san Lázaro, relleno con alcanfor. Incienso, eucaliptus, alcanfor y rezos, los olores y murmullos de la angustia de aquel invierno de 1956. Y la tristeza por la separación de mis mejores amigas, porque sus padres las habían llevado al campo o al mar para protegerlas. Había pasado medio siglo desde el primer azote de polio en Buenos Aires, en 1906. Y sólo veinte años desde que el doctor Juan Garrahan pegó el grito de alarma en 1936 y el Estado tomó algunas medidas, unas pocas y desarticuladas, para enfrentar la enfermedad de Heine-Medin, definitivamente muy contagiosa, sobre todo entre niños y niñas. Pero ese invierno de 1956 llegó el gran brote: el 71 por ciento de los enfermos eran niños de entre cero y cuatro años. El golpe militar de 1955, la vendetta liberal, había eliminado el Ministerio de Salud, y la primera actitud de los dictadores fue ignorar la epidemia, pese a que los diarios informaban los casos todos los días y la Argentina era considerada tierra de desastre por la OMS. Lo único que podía salvarnos era una vacuna. En abril de 1955, el doctor Jonas Salk la encontró en los Estados Unidos. La dictadura del general Pedro Eugenio Aramburu debía importarla.

Por odio clasista, no habían hecho más que destruir el sistema de asistencia pública y el avance científico que se produjo durante el gobierno popular del peronismo. La solidaridad internacional ayudó a salir de la epidemia. La erradicación definitiva ocurrió en 1984, cuando nos transformamos en el primer país libre de polio de América latina, ya con la vacuna del polaco Albert Sabin. Ahora, sesenta y cuatro años después, cuando nos azota la pandemia de la covid-19, ya no usamos alcanfor ni mi padre vive para repetir “una peste tras otra”, como seguramente se referiría a la hecatombe neoliberal que nos propinó el macrismo, cuyo jefe redujo el Ministerio de Salud a una secretaría, prefiere que se contagien todos los que sea necesario y por ende se mueran, y se camufla en Suiza con el oscurísimo chocolate financiero de la Fundación FIFA, de los siempre listos fondos para corruptelas y desestabilizaciones, el otro virus del capitalismo pero, esta vez, de naturaleza estrictamente humana. Lo cierto es que si mis padres vivieran –ahora que esperamos la vacuna contra el coronavirus, ahora que el gobierno popular de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner repuso el Ministerio de Salud y empuja la producción científica al palo y la propia de la vacuna–, se acordarían tal vez del santo y dirían: “Argentina, levántate y anda”.

Escrito por
Maria Seoane
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