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Caras y Caretas

           

Estamos en el aire

Durante años, la televisión argentina fue más que un aparato: fue un fogón eléctrico alrededor del cual el país se reunió para verse, discutirse y soñarse. Hoy, en tiempos de pantallas múltiples y contenidos que se evaporan en segundos, cuesta imaginar el impacto de aquella primera imagen que apareció en los televisores porteños el 17 de octubre de 1951. Pero la historia empieza ahí, en una Buenos Aires que todavía olía a tranvía y a imprenta, cuando un experimento técnico se convirtió en un acontecimiento político. La escena es conocida pero no por eso menos poderosa: Eva Perón, ya debilitada, habla desde el balcón de la Casa Rosada. Las cámaras –gigantes, torpes, recién llegadas del extranjero– capturan su figura y la envían a unos pocos aparatos dispersos por la ciudad. En esas casas, familias enteras se reúnen alrededor de un rectángulo luminoso que parece una ventana hacia el futuro. Ese día la Argentina inaugura una nueva forma de verse a sí misma.

La TV, en sus primeros años, fue un oficio artesanal. Los estudios parecían talleres mecánicos: cables por el piso, luces que chisporroteaban, decorados que se caían a mitad de programa. Los actores entraban en cuadro sin saber si estaban al aire, los técnicos corrían detrás de cámaras que pesaban como heladeras y los errores se celebraban como parte del encanto. Era un medio que se estaba inventando a sí mismo, y esa precariedad tenía algo de épica.

Con la década del 60 llegó la explosión. Los canales privados encendieron la competencia y la televisión se volvió masiva. De pronto, Buenos Aires tenía sus propios rituales: la familia reunida frente al aparato, la cena que se corría para no perder el programa, los vecinos comentando lo que habían visto la noche anterior. La pantalla se convirtió en un nuevo hogar, un territorio donde convivían la noticia, el humor, la ficción y el espectáculo. En los estudios, los productores empezaron a entender que la televisión no era solo un medio: era un lenguaje.

Pero la TV argentina nunca fue ajena al país que la rodeaba. En los años 70, mientras la política se volvía un campo minado, la pantalla intentaba sostener una normalidad que a veces parecía artificial. Había programas luminosos, llenos de música y comedia, pero también silencios obligados, listas negras, supervisión ideológica. La televisión era un territorio vigilado, aunque la creatividad encontraba siempre alguna hendija para filtrarse.

La llegada de la democracia en 1983 abrió las ventanas. La TV respiró. Se volvió foro, tribuna, espacio de debate. Los noticieros recuperaron la voz, los programas humorísticos se animaron a la sátira política, las entrevistas volvieron a incomodar. En los estudios, los periodistas hablaban con una intensidad que parecía acumulada durante años de silencio. La televisión se convirtió en un escenario donde el país ensayaba su nueva identidad democrática.

Y entonces llegaron los 90, una década que transformó la TV en industria. La privatización de los canales, el desembarco de grandes productoras y la obsesión por el rating crearon un ecosistema frenético, desbordado, a veces caótico, pero siempre creativo. La televisión argentina exportó formatos, inventó figuras, moldeó generaciones. Los estudios se llenaron de luces, pantallas, escenografías gigantes. La TV era omnipresente. Era el corazón cultural del país.

Con el nuevo siglo llegó la fragmentación. El cable multiplicó las voces, los nichos, las estéticas. Los noticieros se volvieron 24/7, los canales temáticos encontraron su público, las señales informativas marcaron época. La televisión dejó de ser un único relato y se convirtió en muchos relatos simultáneos. El espectador ya no era masa: era individuo.

Y entonces, casi sin que nos diéramos cuenta, la televisión dejó de ser solo televisión. Las plataformas, las redes sociales, el streaming, YouTube: todo se mezcló en un ecosistema donde la pantalla chica ya no es tan chica. Los programas viven tanto en el aire como en X, las ficciones se consumen a demanda, los realities se comentan en tiempo real desde el celular. La TV argentina, lejos de desaparecer, se adaptó. Se volvió híbrida.

Hoy, a 75 años de aquella primera transmisión, la televisión argentina es un archivo vivo. Un espejo que guarda nuestras alegrías, nuestras crisis, nuestras contradicciones. Un escenario donde se discutió el país, se inventaron mitologías, se construyeron ídolos, se narraron tragedias y se celebraron fiestas. Un medio que sobrevivió a dictaduras, privatizaciones, crisis económicas, revoluciones tecnológicas y cambios culturales vertiginosos. La TV argentina, al final, es una forma de contarnos. Y mientras haya alguien mirando, seguirá escribiendo su historia.

Escrito por
Felipe Pigna
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