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UN HACEDOR DE LA HISTORIA

Seguramente, alguien todavía se verá muy tentado a discutir si Néstor Kirchner se ha constituido en un personaje histórico. Para quien escribe estas líneas no hay duda de que lo es. Primero, porque aquel viejo prejuicio según el cual debe pasar un tiempo nunca muy bien precisado, pero que ronda en las mentes más conservadoras los 25 años, para poder considerar un hecho como histórico, ha dejado de tener sentido hace décadas. Segundo, porque los personajes históricos se definen, sobre todo, con base en lo disruptivos que fueron, y Néstor lo fue claramente, desde su estilo cotidiano de gobierno hasta la instalación de una nueva agenda política en la Argentina. Los que creyeron que su discurso de asunción sería uno más de las tantas piezas oratorias de inauguración de períodos presidenciales y que las bellas palabras no se verían plasmadas en hechos concretos se llevarían una gran sorpresa, grata e inesperada para algunos e ingrata para otros.Vale la pena recordar algunos tramos de aquel discurso pronunciado el 25 de mayo de 2003, exactamente treinta años después del glorioso 25 de mayo de 1973, cuando el pueblo en la Plaza de Mayo recuperaba el gobierno tras siete años de dictadura y 18 años de proscripción. Ese aniversario no pasó inadvertido para el flamante presidente, que había sido parte de aquella juventud maravillosa.

En términos de política económica, se propuso “reconstruir un capitalismo nacional” que permitiera “reinstalar la movilidad social ascendente (…) No se puede recurrir al ajuste ni incrementar el endeudamiento. No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos”.

Se refería también a la educación como el mayor factor de “cohesión y desarrollo humano”, y enfatizaba: “La igualdad educativa es para nosotros un principio irrenunciable”.

Reivindicaba la soberanía sobre las islas Malvinas y señalaba que la prioridad en política exterior sería “la construcción de una América latina políticamente estable, próspera, unida, con bases en los ideales de democracia y de justicia social”.

Enfatizó la necesidad de promover un proyecto nacional integrador y llamó a la sociedad en su conjunto “para sumar, no para dividir; para avanzar y no para retroceder”.

Y concluía: “Vengo a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación. Quiero una Argentina unida. Quiero un país más justo”.

Uno de los primeros gestos de coraje de Kirchner fue rechazar de plano un pliego de “bases y condiciones” que la derecha vernácula intentó imponerle para negociar las condiciones de “gobernabilidad” de su gestión, que arrancaba con un 22 por ciento de popularidad. En ese vergonzoso documento, se le exigía la confirmación de alineamiento incondicional con los Estados Unidos y sus políticas hegemónicas, la sumisión a los llamados “organismos internacionales de crédito”, es decir, los históricos usureros del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y una política de olvido y anulación de los juicios en materia de derechos humanos. Aquel pliego de rendición, elaborado sobre la base de la costumbre del poder económico de manejar a su antojo y beneficio el aparato del Estado, le sirvió al nuevo mandatario para hacer todo lo contrario de lo que le ordenaban sus enemigos. En aquella Argentina devastada por once años de neoliberalismo salvaje administrado en violentas dosis por Menem y De la Rúa, había que reconstruir todo, desde las instituciones hasta la moneda.

Escrito por
Felipe Pigna
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