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El mundo según Fogwill

Cuando se cumplen diez años de la muerte del escritor, Caras y Caretas lo evoca a través de sus propias palabras, con las que cuenta –y casi parece que se lo puede escuchar– su visión particular de la vida, del mundo y de las ideas.

Diez años sin polémicas, sin discusiones, sin declaraciones como bombas. Es decir, diez años sin Fogwill. Los historiadores de la literatura argentina dirán que, al morir, aquel sábado 21 de agosto de 2010, Rodolfo Enrique Fogwill dejó doce novelas, ocho libros de cuentos y siete libros de poesía. Pero su obra, su verdadera obra, contempla además la constante forma de subvertir la literatura nacional de los últimos cincuenta años.

¿Cómo? Muy simple: hablando de su vida. Entonces, mejor, escuchar su propia voz.

“Mi abuelo, el primer Fogwill, llegó de Kingkerrswell, Inglaterra, en 1903 para criar caballos. Era un tránsfuga que llegó a tener ocho mil caballos y se los vendió a un estanciero abuelo de los Martínez de Hoz. En parte de pago, quedó como administrador de sus campos.” No conforme con la rigurosidad histórica, Fogwill se inventó un mito para, según él, “joder” a sus parientes antisemitas: “Hubo alguien venido de Holanda, un tal Folken, orador bíblico, que llegó a Inglaterra en 1600, año de la expulsión de los judíos de Holanda. Moraleja: todos los Fogwill son Folken, judíos”.

La cuestión es que aquel primer Fogwill-Folken administraba campos desde el Chaco hasta la Patagonia. “Cuando mi abuelo pasaba por Buenos Aires –contaba Fogwill sentado en el piso de su departamentito en Palermo–, hacía un hijo y se las tomaba de nuevo. Pero mi viejo, a los ocho o nueve años, se fue con el padre a hacer toda la recorrida.”

RECUERDOS DE INFANCIA

Su vida: “Nací un martes 15 de julio de 1941, y ni se me cruzó por la cabeza la idea de ser estanciero. Mi viejo laburaba de consignatario de hacienda. Iba todos los días a las seis de la mañana al matadero. Al mediodía volvía a nuestra casa en Bernal, se cambiaba y rajaba a laburar a la oficina desde las dos de la tarde hasta las nueve de la noche. En casa quedaba la ropa del matadero, las botas, el olor a mierda de vaca y de chancho”.

Después, claro, llegaban los recuerdos: “Con seis o siete meses me llevaban a un parque de diversiones donde había unas gallinas de hojalata que, cuando se les metía una monedita en la ranura, ponían unos huevitos de lata que, adentro, cuando se los desarmaba, tenía confites. Y yo me metí el huevo entero en la boca. Tengo clarísimo el sabor de esa lata. Después, chupé de todo para recuperar ese sabor. Por ejemplo, los viejos tubos de fotografía de aluminio”.

Con ese inicio, era indudable que Fogwill sólo podía ser un alumno problema: “Empecé la primaria a los cuatro años. Sabía sumar, restar y leer, pero no tenía habilidad motriz para escribir. Era un bicho raro: tenía diez en todas las materias en las que había que pensar y no presentar nada escrito”.

Entonces llegó la política. La política, claro, según Fogwill: “Mis amigos de la adolescencia, tenían todos de veinte para arriba, militantes anarquistas o comunistas, era como la mascota de ellos. Y ahí andábamos, cantando ‘La Internacional’ a voz en cuello por las calles. La Libertadora me pegó gorilamente. Los pocos peronistas que se animaban a aparecer por Quilmes, donde vivía, eran de ultraderecha. Parábamos en el mismo boliche: comunistas, anarquistas y peronchos de derecha. La consigna de la época era chupar, coger, ser piloto y de la Unión Democrática”.

LOS CAMINOS DE LA VIDA

Se reía Fogwill cuando el que lo escuchaba miraba asombrado: “Era anarquista, pero los anarquistas eran más aburridos que la mierda. Me metí en el Partido Socialista, pero siempre me miraban mal por anarco. Y militaba. Militar era darle manija al mimeógrafo y votar en las asambleas del colegio. En 1958 metimos un senador provincial, un viejo abogado del pueblo que me hizo sancionar por trotskista. Sentí tanta curiosidad por saber qué decía ese anteojudo por el que me habían sancionado que me hice trosko. Como todos, fui forjista, fascista, marxista, trotskista, todo”.

¿Intelectualmente? Igual, Fogwill. Frontal, brutal: “En esa época no había grupos de estudio. Por suerte, ya que si hubiera estado Tomás Abraham hoy yo sería un oligofrénico. Entonces leíamos El ser y la nada, de Sartre; Fenomenología del espíritu, de Merleau-Ponty, la ontología de Hartmann y los poemarios de Neruda. Pero también me aprendía de memoria el Altazor de Vicente Huidobro”. Pudo vencer, por entonces, su fobia a escribir, pero como él mismo decía, sus escritos “eran boludeces, boludeces completas influidas por el grupo Poesía Buenos Aires”.

Rodando, en los 70 cayó en el ERP. Había militado en un grupo de Nahuel Moreno y se fue metiendo sin saberlo. Con tanta mala suerte que uno de los primeros secuestros que hizo el ERP, en 1972, fue a un cliente suyo. “Cuando vi la operación, traté de blanquear mi situación. Yo pensaba que era liberal pero, ¿cómo hacía para explicárselos a ellos? Entonces dije algo que realmente creía. Más que liberal, era literal. Suscribía al documento del grupo Literal de 1973: ‘No matar a las palabras, no dejarse matar por ellas’”.

El que lo escuchaba azorado quería saber cliente de qué había sido el secuestrado. Y Fogwill sorprendía: “Yo era asesor publicitario del Chase Manhattan Bank, de British American Tobacco y de Coca Cola”. Y entonces se largaba con una lista de las genialidades que había hecho: “Inventé ‘El sabor del encuentro’. La había hecho para Pall Mall, y muchos años después me la afanaron para Quilmes. Antes, en 1971, había hecho ‘La pura verdad’ para Jockey Club y ‘El equilibrio justo’ para los Jockey light”.

Pero entonces aparecía la frutilla del postre: “Mi mejor época fue la de los chicles Bazooka, cuando hacía los chistes y el horóscopo que envolvían al chicle. Me pagaban 50 dólares por chiste y 50 por horóscopo. Yo era asesor de marketing de Stani, y como sabían que escribía poemas, supusieron que también podría escribir chistes. Me lo propusieron, fui a mi casa, me senté y escribí cinco chistes de un saque”.

UN ESTILO IRREVERENTE

Estuvo preso en 1980. La razón fue tan loca como su vida: “Hice una publicidad donde una mina se iba a navegar sin volver a su casa. La mina no tenía alianza matrimonial y la prohibieron diciendo que era un alegato contra la familia. A la semana la volví a filmar sólo con tipos, pero la volvieron a prohibir porque la canción estaba en inglés. Yo había pedido un préstamo para filmar ese corto y me cerraron la cuenta. Empecé a vender todo lo que tenía y cuando me sequé, me encanaron por subversión económica. Creyeron que había financiado algún movimiento guerrillero”.

Salió. Y empezó a escribir. 1981, ni más ni menos que Los pichiciegos, donde dijo que los radicales iban a volver al gobierno: “En esa época yo laburaba con Macri en el grupo Socma. Y ahí me llamó Pacho O’Donnell para decirme que no fuera tan optimista. Pero cuando yo decía que iba a ganar Alfonsín era pesimista. Estaba todo dibujado. Era una continuidad: Alfonsín fue la segunda etapa del Proceso de Reconstrucción Nacional. Menem fue la tercera. Su reelección fue la cuarta y De la Rúa la quinta”.

Entró en todas, salió de todas. Y tenía la demencial costumbre de decirlo todo, sin frenos: “Pienso, como Cocteau, que la vida es un tren expreso que lleva hacia la muerte y la droga son las estaciones donde podemos detenerlo”.

Loco, claro, siempre lo tildaron de loco. Los que lo escuchaban y los que sufrían sus ataques: “Creen que estoy loco porque soy frontal y ellos son una manga de chupapijas. Ricardo Piglia era profesor en los Estados Unidos y pidió la beca Gugenheim; Abelardo Castillo se afilió al Partido Intransigente y creyó en la revolución de Rabanaque Caballero, igual que Miguel Briante”.

Se fue hace diez años. Y sigue asombrando igual: con lo que escribió y con lo que dijo.

Escrito por
Miguel Russo
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