Acodado a la borda del “Huma”, su hogar flotante durante esa friolera de noventa y seis días, el muchacho contemplaba la bahía de destino en ese recóndito rincón del mundo, arrancado por los recaudos paternos de ciertas lecturas políticamente inapropiadas (y quizás también de clandestinos brazos amantes, no menos escabrosos) en su lugar de origen.
El lampiño y nobel viajero escudriñaba aquel paisaje abigarrado que le despertaba una mórbida curiosidad por lo exótico, lo extraño, lo diferente.
¿Y qué más distinto del Río de la Plata que la bahía de Calcuta, en los márgenes de la India?
El muchacho suspiró con resignación. En cualquier caso, aquella escala le agregaba una demora pintoresca a los encantos que esperaba encontrar en Londres y París, según las recomendaciones recabadas de las largas conversaciones con su amigo y admirado Domingo Arcos, ya con experiencia versada en los templos de la moda y los placeres mundanos.
Aunque si miraba en perspectiva los temores acaso descomedidos que apuraron a su padre, el augusto general de la Independencia y de la Vuelta de Obligado, a despacharlo a aquellos confines del globo, no podía menos que considerar con beneplácito los resultados obtenidos.
Contaba con una bolsa generosa para costear los gastos en las mecas de la elegancia y absoluta libertad de movimientos. Y estaba a salvo de miradas indiscretas a sus coqueteos con ciertas ideas liberales inadmisibles en la polvorienta aldea, embanderada de rojo punzó y donde gobernaba con mano férrea su tío, el gran señor de aquella casa palaciega de Palermo, que ahora se le antojaba casi irreal.
Incluso, más atrás en el tiempo, revisando su exigente educación al piano, supervisado como en todas las materias por su severa madre, hermana del gobernador, ya soñaba con ojos abiertos con volar y conocer otros mundos donde pulir su innata inclinación por la distinción en el vestir y en el vivir.
Traía en sus pesados baúles una muda de ropa que era toda una marca de origen de la que ansiaba desprenderse. Ahí estaban el poncho de vicuña y las prendas de lana, junto a una botella de anís y las imprescindibles pastillas contra el mareo provistas por su precavida progenitora.
Más pragmático, a causa del conocimiento directo de las fatigas e inclemencias de los traslados, su padre había sumado al equipaje una ristra de chorizos de a cien patacones cada uno, que constituyeron un seguro contra la dudosa calidad e higiene de la cocina de a bordo.
Semejantes ensoñaciones lo distrajeron lo suficiente para matar el monótono proceso de aproximación a puerto, que solo culminaría con el lento descenso de pasajeros, una vez completados todos los pasos y formalidades de rigor en esos casos de arribos transoceánicos.
No fue hasta que sintió sus pies taconeando la planchada inclinada que el joven porteño se percató cabalmente del espesor de su aventura pionera. Lucio Victorio Mansilla, el futuro autor de Una excursión a los indios ranqueles, se convertía por la confluencia de circunstancias políticas y románticas en el primer oriundo del Río de la Plata en descorrer el velo de la misteriosa India.
Busco mi destino
¿Qué hacía el hijo del general Mansilla, el sobrino de Juan Manuel de Rosas, el privilegiado miembro de la élite federal, en aquellas latitudes? ¿O qué iba a hacer, en todo caso?
El motivo formal se sustentaba en deberes comerciales. Comisionado por su padre, iba a adquirir y despachar mercaderías desde aquellos puertos remotos.
Sin embargo, no eran ajenos a los designios paternos ciertos resquemores, derivados de las lecturas juveniles de El contrato social, de Rousseau, ciertamente inadmisible para un muchacho de su condición social y, sobre todo, su entorno político.
Pero Lucio Victorio no solo era un embrión de libre pensador, sino un romántico y enamoradizo, que ya había dado muestras de su potencial capacidad para desbordar los rígidos cánones de la época.
A los 16 años, siendo empleado en la firma familiar, se enamoró de la hija adolescente de unos inmigrantes franceses que se desempeñaba como modista en una casa de gorras, mientras su madre regenteaba un hotel en la calle Martín de Tours (actual San Martín). Decidida a vivir su amor en libertad, la pareja planificó una escapada en barcaza hacia Montevideo, nido de opositores al régimen rosista. Pero algo salió mal: la infidencia de un amigo alertó a las autoridades, que intervinieron para alojar al muchacho en la cárcel y a su amada en un convento. De regreso en su casa, de nada valieron los ruegos a su progenitora, que lo conminó a entregar las pruebas del pecado, es decir, las cartas y el retrato que conservaba de la joven en cuestión.
La intransigencia de Lucio y la severidad materna derivaron en un primer confinamiento en la estancia de otro hermano de los Ortiz de Rosas, en la Bahía de Samborombón.
No sabemos cuánto tiempo demoró en olvidarse de aquel amor imposible, pero sí que en una visita a la estancia de otro tío, en Chascomús, se prendó de una prima hermana, Catalina, y comenzó su cortejo.
Otra vez en Buenos Aires, fue enviado a encargarse del saladero que poseía su padre, en las cercanías de San Nicolás. Fue ahí que en las horas muertas y revisando la biblioteca, descubrió a Rousseau, lo que desató la inquietud de Mansilla padre, que ansiaba el reposo del guerrero.
Para evitarse problemas a dos puntas, con uno u otro Rosas, fue que el general despachó a su retoño con un pasaje a la India, una bolsa bien provista y la ristra de chorizos.
Considerándose a sí mismo como “uno de los argentinos más glotones en materia de viajes”, el joven Lucio aprovechó la fortuna de darse una gran panzada en materia de vivencias y observaciones.
En paralelo y casi como un preludio de su ecléctica obra literaria, durante aquella experiencia iniciática registró un concienzudo diario, que es una piedra basal de los relatos de viajes de las letras nacionales.
Aunque Mansilla no pareció otorgar demasiada trascendencia o madurez a aquellos textos como para verlos publicados en su momento. El material permaneció extraviado largamente en vericuetos familiares, hasta que fue descubierto por un descendiente.
Diario de viaje a Oriente (1850-51) y otras crónicas del viaje oriental vio la luz recién en 2012, en una esmerada edición crítica a cargo de la escritora María Rosa Lojo.

Mi Buenos Aires perdido
Después de semejante baño de exotismo, el joven Mansilla se encontró finalmente a gusto en Europa, alternando entre Londres y París, donde siguió tomando nota de usos y costumbres.
Pero las noticia que llegaban desde el lejano Buenos Aires lo conminaron a regresar. Producido el pronunciamiento de Urquiza, antiguo lugarteniente del gobernador de Buenos Aires, el régimen enfrentaba su más dura prueba.
El choque con las tradiciones aldeanas le valieron la incomodidad de las miradas. Su atuendo recargado era motivo de curiosidad o burla.
La visita obligada por la cortesía y el mandato familiar que le hizo a su tío, enfrascado en la confección de un discurso de gestión, mientras el ejército invasor avanzaba por la campaña a paso redoblado, quedó reflejada en un texto icónico. Son “Los siete platos de arroz con leche” que debió consumir y digerir para infundirle visos de normalidad y respeto a su concurrencia al legendario caserón de San Benito de Palermo.
Consumada la derrota de Caseros, los Mansilla, padres e hijos, debieron emigrar a Europa hasta que las pasiones desatadas se aquietasen un poco.
En Inglaterra, se reencontraron con el antiguo hombre fuerte de Buenos Aires, que comenzaba su largo y definitivo exilio. Esta vez, sin platos de arroz con leche de por medio.
Mientras tanto, en Buenos Aires, su prima lo había esperado para consagrar la relación ante la Iglesia, lo que requirió de una dispensa por el lazo de consanguinidad entre ambos.
La unión fue bendecida con el nacimiento del primer hijo de la pareja, Andrés Pío, pero Victorio, que revistaba como periodista, no era hombre de quedarse en el molde, sino de romperlo. En una función en el Teatro Argentina a sala llena, retó a duelo al escritor José Mármol, por haber injuriado a su padre en el best seller antirrosista Amalia.
Víctima de influencias volcadas en su contra, debió volver a emigrar, esta vez de cabotaje: se radicó en Paraná, capital de la Confederación, y persistió en el periodismo como medio de vida.
El comienzo de la Guerra del Paraguay (1865) lo encontró en un doble rol de cronista y militar. Pero no tardó en desmarcarse políticamente y promover la candidatura presidencial de Sarmiento como sucesor de Mitre. En ese contexto, le encargaron una expedición a la línea de frontera, leit motiv de su más famosa obra.
Siempre París

El saldo negativo de aquella “excursión” fue su desplazamiento del Ejército por el fusilamiento inconsulto de un desertor reincidente, tal como aparece narrado en uno de los capítulos.
Entre idas y venidas, también acabó con la vida de un adversario político, Pantaleón Gómez, en un duelo a pistola.
Pero Mansilla sabía reponerse de traspiés y conflictos. Lo que no había conseguido era mantener su matrimonio. A pesar de los vástagos que siguieron al primogénito, la relación con su prima y consorte era meramente formal.
Cuando se enteró de su fallecimiento (1895), estaba en París en una misión diplomática que le insumía mayor interés.
En las postrimerías del siglo, reincidió en el matrimonio con Mónica Torromé, viuda de Huergo, cuya familia estaba radicada en Londres por asuntos comerciales. Era mucho más joven que él, tanto que sus amigas le preguntaron por lo bajo qué pensaba hacer con semejante marido.
“Nada. Conversaré con el general”, respondió.
Fue ella, en definitiva, quien el 8 de octubre de 1913 cerró los ojos de aquel personaje extravagante en muchos aspectos y arquetipo de un tipo social, el dandy porteño.
Tenía entonces 82 años y eligió, acaso sin proponérselo, despedirse de la vida en su amada París.
