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Caras y Caretas

           

Un navegante solitario en mares de guerra y de olvido

Vito Dumas.

Vito Dumas fue protagonista de hazañas increíbles, entre ellas la vuelta al mundo por los 40° de latitud sur.

“Hace un par de días me encontré con Vito Dumas en la calle Florida. Llevaba un enorme paquete. Charlamos, naturalmente, de yachting. Estaba amargado y me contó sus desilusiones. No quería navegar más, había resuelto dedicarse a chacarero. Hablamos largo y tendido. Mejor dicho, habló él solo, con esa forma elocuente y personal que hace de Dumas uno de sus rasgos más interesantes. Al despedirnos, intrigado todavía por el paquete que llevaba, no pude menos que preguntarle:
–¿Qué lleva ahí, Vito?
–Un tarro de pintura.
–¿Para el rancho?
–No, para el “Legh”– y dándome un apretón de manos se alejó rápidamente como temiendo que le aclarara la contradicción, pues nadie que piense abandonar su barco compra pintura para lavarle la cara.”

Cálida y pintoresca, la anécdota publicada en junio de 1942 en la revista El Gráfico puede leerse también como un preciso prólogo de la hazaña que el ya célebre y arriesgado “navegante solitario” iba a emprender en breve. Más arriesgado y celebrado que nunca.

Se trataba de dar la vuelta al mundo en cuatro etapas por la “ruta imposible” de los cuarenta grados, sacudida por tormentas terribles y furiosos vientos que soplaban sin encontrar ningún obstáculo continental a su paso, que se había ganado el mote de los “cuarenta bramadores” por su sonido ululante.

Semejante desafío a la naturaleza contaba con un riesgo extra. El mundo entero estaba en guerra y los mares eran uno de los tantos campos de batalla en los que se desarrollaba el conflicto. Además de la eventual peligrosidad de encuentros indeseados debía contar con provisiones suficientes en caso de desabastecimiento.

“La guerra destroza la vida de millones de personas y más que nunca necesito el mar para demostrar que no todo está perdido y que aún quedan soñadores, románticos, visionarios –escribe Dumas– Por eso, emprendo este viaje para mostrarle a la juventud que el materialismo que domina el mundo es ilusorio y que otra forma de vida es posible. Acaso sea exagerada ilusión de mi parte, pero así lo siento.”

Exagerada o no, la ilusión de Dumas precisaba de un compañero, y no de carne de hueso, sino uno de madera y velamen. Bautizado con el críptico nombre de “Legh II”, era un velero de dos mástiles (técnicamente, un ketch) de menos de 10 metros de longitud. Dumas conocía bien sus virtudes. Lo había hecho construir a medida en 1934 pensando justamente en una probable vuelta al mundo que no concretó en aquel momento.

Después de algunas pruebas y excursiones (incluyendo un periplo a Río de Janeiro, en el que se puso el barco de sombrero dando un giro de 360 grados en el agua), resolvió venderlo y meterse a chacarero.

Su retiro campero no prosperó, en ningún sentido.

Dumas fue por el “Legh II” y lo encontró en las mismas manos que lo habían adquirido, tiempo atrás.

Había otro problema y era la falta de fondos para recuperarlo. Las pocas vacas flacas que constituían su capital remanente no le iban a proporcionar lo necesario. Fue un incondicional amigo, Arnoldo Buzzi, quien aportó el resto de su bolsillo, a pesar del resquemor que alentaba hacia el temerario proyecto.

También lo corrían la fecha y su propia ansiedad. Su partida estaba programada para el 27 de junio, con la idea de aprovechar las mejores condiciones posibles y ya se despedía el mes de mayo.

“Nosotros no hacemos esperar a los barcos”, le dijeron en la casa especializada donde encargó el velamen que debía soportar la travesía.

Al final, su viejo club náutico, el Gimnasia y Esgrima de La Plata, se hizo cargo de esa y otras deudas. Las manos solidarias de los socios del Club Buchardo aportaron mano de obra en el acondicionamiento.

Un almacenero del bajo Belgrano le proporcionó un lote de bebidas alcohólicas, arrancadas a sus proveedores a cambio de la publicidad en todo el mundo.

Finalmente, El Gráfico se aprestó a ponerlo en su cotizada tapa coloreada a mano, y para producir la foto, le suministraron un excelente gorro de lana y un par de abrigados guantes. Dumas quedó tan encantado con las prendas, que improvisando en el momento una carta de agradecimiento al director de la revista, se las quedó como regalo.

El domador de vientos

¿Quién era este personaje capaz de generar semejante grado de devoción entre conocidos y no tanto? Había nacido con el siglo, el 26 de septiembre de 1900, en el barrio porteño de Palermo, hijo prototípico de aquella joven Argentina, con fuerte impronta inmigrante. Si bien sus raíces se remontaban a Francia, sus antepasados directos provenían de Italia.

Cuando la prosperidad familiar de la infancia fue adelgazando, el preadolescente de 14 años se puso los consabidos pantalones largos para desempeñarse en un sinfín de tareas de poca monta. Para asombro y menoscabo de sus excompañeros de escuela, limpió vidrios, hizo mandados por encargo y lustró las chapas de bronce de los negocios.

Trabajaba de día y le quedaba la noche para asistir a la Academia de Bellas Artes, donde estudiaba escultura y dibujo.

Del futuro “vencedor del mar, amigo de las olas y las sirenas” todavía ni noticias.

Aunque siempre fue un excelente atleta y su primer contacto con el líquido elemento fue la natación. Incluso llegó a batir el récord de permanencia en el agua en 1923; no pudo cumplir su sueño de cruzar el Río de la Plata a nado, por el costo del barco que debía asistirlo en la travesía.

Al visitar la Exposición Colonial de Francia de 1931, y mientras buscaba un desafío a la altura de sus ambiciones, se topó con un velero desvencijado que esperaba mansamente en la orilla su destino de caldera.

Lo compró por monedas y hasta contó con la buena voluntad de un astillero local para ponerlo en condiciones de navegabilidad. En verdad, sus huéspedes deben haber creído que ese argentino excéntrico estaba loco y quizás buscaba una manera romántica de suicidarse.

Así, el 13 de diciembre, sin haber navegado jamás en mar abierto, partió del puerto de Arcachón rumbo a la Cruz del Sur.

En esa cáscara de nuez rebautizada “Legh” para la ocasión, logró atravesar el Atlántico, pero al llegar a Rio Grande do Sul (Brasil) se quedó dormido, presa del agotamiento y terminó varado en la costa, de donde lo rescató la Armada local.

Practicadas las reparaciones imprescindibles, el “Legh” vuelve a cabalgar las olas y arriba a Buenos Aires el 13 de abril del año siguiente.

Enfervorizado por semejante hazaña, un amigo que lo espera en puerto se arroja al agua y nada denodadamente hasta la embarcación para estrecharlo en un abrazo. Al intentar subir a bordo, sus dedos atraviesan la madera podrida, tal era el grado de deterioro que presentaba la estructura.

Misión imposible

El itinerario de la vuelta al mundo siempre en dirección al sol naciente se proponía cruzar por los tres cabos más temidos del hemisferio sur: Buena Esperanza, Tasmania y de Hornos. Muchas tripulaciones habían perecido entre sus garras. Incluso un amigo suyo, otro navegante solitario, el noruego Al Hansen, desapareció sin dejar rastros al intentar atravesar el segundo.

Tras dejar Buenos Aires en la fecha prevista, llegó a Montevideo sin novedad, pero recibido por fuertes vientos que se extendieron por varios días y hasta obligaron al cierre del puerto. Pero los planes de Dumas se mantuvieron inalterables. Se hizo a la mar el 1° de julio con el objetivo de cumplir la primera etapa antes de la primavera.

A los pocos días de embarcado, un accidente doméstico de los que toman dimensiones catastróficas en esas circunstancias le produce una infección en el brazo, que se inflama y le restringe capacidad de maniobra. Es la primera prueba de fuego, pero también puede ser la última. Se aplica varias inyecciones sin notar ninguna mejoría.

En su diario de viaje, el afiebrado navegante anota que contempla seriamente la necesidad de la amputación, con un golpe de hacha o un corte certero con navaja marinera.

Esa noche ruega desesperadamente y se encomienda a Santa Teresita.

Milagro o medicina (o una combinación de ambas), la mañana siguiente lo sorprende con el miembro más ligero y el sol brillando en el cielo.

Después de batir su propio récord de permanencia solo en alta mar (45 días) y seguir sumando millas, arriba a Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

En ese enclave británico dominado por la mole rocosa de Table Mountain, donde rige un estricto apartheid, Dumas conoce a una misteriosa y culta dama, que le brinda su compañía y algo más. El ofrecimiento explícito de concluir su aventura en ese lugar.

“Que nunca se caliente en tu mano la mano de tu amigo”, recuerda Vito, y vuelve a partir.

Lo esperaba la etapa más dura de su viaje. La que le inspira después en su crónica de viaje párrafos como este: “Ni el tiempo será capaz de hacerme olvidar lo sufrido. No lo olvidaré nunca. Nadie podrá solicitarme otro esfuerzo semejante. Y al mirar por última vez lo que quedaba allá en popa, al transponer la línea imaginaria ente el Mar de Tasmania y ese Índico, una especie de escalofrío invadió todo mi ser”.

Más de un mes de estancia en Wellington, Nueva Zelanda, insume en recuperarse (y recuperar al fiel “Legh”) de los rigores vividos.

Sus últimas etapas tampoco le resultaron paseos. Si bien atraviesa sin mayores novedades el vasto Pacífico, en el cruce del Cabo de Hornos sufre la fractura del tabique nasal. “He pagado barato el precio por tal osadía”, resume.

Su arribo al puerto de Mar del Plata completa el desafío oceánico, pero ni así tiene reposo. Todavía lo castiga un encallamiento en costas bonaerenses a la altura del Tuyú, y debe ser rescatado por un remolcador.

Su llegada a Buenos Aires, previa escala en Montevideo, como devolución de tantas gentilezas, es apoteótica. Se produce el 8 de agosto de 1943. Pero hay algo más. En este tiempo de travesía, el país ha cambiado de gobierno. Un grupo de militares trata de reencauzar el rumbo de una democracia viciada por el fraude. En segundo plano, asoma una figura en ascenso. Su nombre es Juan Domingo Perón, y tendrá influencia en la vida de Dumas. Para bien y para mal.

Anclao en Buenos Aires

Un repaso de sus travesías posteriores evidencia la obsesión por alcanzar Nueva York. En la primera ocasión (1945), nuevamente a bordo del “Legh II”, llegó a tener su puerto en la mira del largavista cuando se produjo un confuso incidente. Dumas siempre denunció que un avión estadounidense había descargado una carga explosiva que estuvo a punto de mandarlo a pique, por lo que cambió de rumbo.

Sus biógrafos son renuentes a dar crédito a la versión, pero en todo caso, fue arrastrado mar adentro. Recién dio señales de vida a la altura de las islas Canarias, regresando a Brasil, donde recaló en Fortaleza y completó el doble cruce del Atlántico.

Diez años después, volvió a intentarlo con otra embarcación, el “Sirio”, incluso más reducida que el “Legh II”, y tampoco estuvo exento de vicisitudes. En Bermuda, debió ser hospitalizado con síntomas de escorbuto y los médicos que lo asistieron le recomendaron no insistir en el asunto. Pero fiel a su temperamento, retomó la ruta prevista y desembarcó en Nueva York el 23 de septiembre de 1955.

Entre ambos episodios, el gobierno peronista le había encomendado la creación y conducción de la Escuela Nacional de Náutica Deportiva para democratizar el acceso a la práctica de la actividad, y hasta lo nombró teniente de navío de la Reserva de la Armada.

Dumas nunca se manifestó peronista, pero aquellas decisiones, que estaban en sintonía con la promoción del deporte como política de Estado, sembraron futuros odios revanchistas.

El golpe cívico-militar de 1955 lo encontró en Nueva York, solo y desamparado. Sobrevivió un tiempo, y con la venta del navío, se pagó el pasaje de vuelta en un carguero.

A su regreso a la Argentina, no estuvo exento de investigaciones y hostigamientos. Como toda una generación de brillantes deportistas, sufrió la marginación y el destrato.

A pesar de la amargura y la injusticia, aún le sobraba orgullo para participar de alguna regata y una postrer travesía doméstica Buenos Aires-Mar del Plata, pero el desgaste físico y psicológico acumulados le cobraron el precio final: falleció el 28 de marzo de 1965 por un derrame cerebral.

El legendario “Legh II”, adquirido en sus buenos tiempos por el Ministerio de Marina y destinado a barco escuela, quedó deliberadamente olvidado durante años, tras un naufragio frente a las costas de La Plata.

La fotografía de un aficionado que reveló su situación de terminal abandono recorrió el mundo. La embarcación era un ícono del yatching. Solo un afortunado mecenazgo privado lo rescató oportunamente para ser reparado y donado al Museo Naval de la Nación, en el Tigre, donde hoy se encuentra en exhibición.

Los muchos visitantes que lo admiran aún preguntan por el misterio escondido en el nombre, que se atribuye a las iniciales de un gran amor.

Los pocos iniciados en la materia prefieren resguardar el secreto que acaso comparten con el mar, el amor incondicional de Dumas.

Escrito por
Oscar Muñoz
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