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Alta en el cielo

La increíble historia de una ópera de cuya popularidad fue parte nuestra revista y que pasó del escenario del Teatro Colón a los patios de todos los colegios argentinos.

En marzo de 2008, Juan Sasturain escribió en una Contratapa de Página/12 un apasionante relato sobre la canción “Aurora”. Lo cierto es que era una versión tan emocionante como increíble. Siempre hubo algo raro en “Aurora”. Todos los que la cantamos en el patio de nuestras escuelas lo sabemos. Su letra convocaba a una sonrisa risueña y hasta picarona. ¿Qué era eso de “el áureo rostro imita”? Parece que el problema de la letra venía de una mala traducción de un aria compuesta en italiano.

Contaba Sasturain que la historia se remontaba a septiembre de 1908 coincidiendo con la inauguración del edificio actual del Teatro Colón. Oh, casualidad, la misma épica de auge de la etapa inicial de Caras y Caretas. En ese tiempo “se estrenó mundialmente Aurora, ópera compuesta –según encargo expreso del gobierno nacional– por el talentoso músico argentino Héctor Panizza (1875-1967) (…) La idea era plasmar una pieza que exaltara los ideales patrióticos en vísperas de la celebración del Centenario y una ópera pareció, para el gobierno de José Figueroa Alcorta y el concepto cultural de la época, una de las formas más elevadas de trascendencia artística. El libreto de la pieza –parece cosa de nuevos ricos– se le encargó a un profesional del género, autor de obras líricas consagrado universalmente, el italiano Luigi Illica, responsable nada menos que de los textos de Tosca, Madama Butterfly y La bohème de Puccini y de Andrea Chenier, de Giordano. Es decir: fueron a buscar al mejor”. El estreno de la obra fue un éxito relató Sasturian y continuaba: “Lo notable fue el éxito que tuvo –ya en esa primera representación– un aria que cantaba el tenor Amadeo Bassi (Mariano) al final del segundo acto, en un ‘intermedio épico’ en que, ante el amanecer, ‘descubría’ en la figura de un águila que planeaba en lo alto la imagen de la bandera nacional y le cantaba. Parece ser que el aria –identificada como ‘canción a la bandera’– tuvo tanto éxito y emocionó de tal modo a los espectadores que debió ser repetida en el mismo momento por Bassi, y que así sucedió en las sucesivas representaciones”. Y aquí comienza la historia de equívocos que llegó hasta nuestras aulas. El éxito llevó a que, años después, el gobierno surgido de la “Revolución de 1943” tradujera el aria al castellano para popularizar su difusión y encargó la tarea a Josué Quesada junto a Angel Petitta. “Esa versión en castellano se estrenó otra vez en el Colón el 9 de julio de 1945 ante –-entre otros– el presidente Farrell y el entonces coronel Perón. De nuevo el éxito de la ópera y sobre todo del aria consabida fueron tumultuosos y no tardó en producirse el decreto oficial que convirtió a la bellísima Canción a la bandera (que nunca dejaría de ser Aurora) en desayuno patriótico obligatorio para los escolares argentinos”. Pero si hubiesen revisado la letra hubieran notado no solo problema en la traducción sino también en sus localismos como que en nuestro país no hay águilas. Ni guerreras ni pacifistas.

“Lo notable es el desastre que se produce al intentar traducir (…) En el original italiano, no hay ‘aurora irradial’ (no existe en castellano) sino ‘aureola irradiale’, es decir: la aureola de rayos del amanecer que, como la que ilumina la cabeza de los santos, ilumina al águila, Pero eso no es lo peor: se traduce el verso ‘il rostro d’or punta de freccia appare´’ como ‘punta de flecha el áureo rostro imita’, cuando ‘rostro’ es ‘pico’ en italiano: es decir que el pico del águila, iluminado, parece una punta de flecha, el extremo metálico del asta. Y a continuación, lo peor: el verso ‘Y forma estela al purpurado cuello’ es un delirio por ‘porpora il teso collo e forma stello’, que quiere decir –-creo yo, en mi elemental italiano al paso– que enrojecen (los rayos del sol) el tenso, alargado cuello (del águila) y forman el tallo (‘stelo’, no es ‘estela’), el asta de la bandera. Y así se completa la alegoría, ya que, es cierto, ‘el ala es paño’ (‘drappo’) y –aunque acá de estos bichos no haya– ‘l’aquila é bandiera’”, narraba un Sasturain estupefacto.

Parece increíble. Pero no. Y a las pruebas nos remitimos. En la edición N° 516 de Caras y Caretas, del 22 de agosto de 1908, se informó sobre la pronta interpretación de la ópera “Aurora” junto a los retratos de Illica, Panizza y Quesada. La nota destaca la llegada al país del músico argentino Panizza, luego de su éxito en Europa, Una semana más tarde, en el siguiente número de la revista se retrataron los ensayos que se llevaban adelante en el mismo Teatro Colón con la participación de su orquesta y sus principales cantantes. El vestuario había sido diseñado por el pintor y escenógrafo Pío Collivadino. Una producción muy importante por el evento que se avecinaba. No todos los días se inauguraba el que sería uno de los escenarios líricos más importantes del mundo. Sin dudas, la expectativa por el lanzamiento era importante y contaba con una importante difusión en los medios. Para esa época, Caras y Caretas vendía cientos de miles de publicaciones. En aquel estreno nació esta increíble historia de una de las canciones más cantadas de la Argentina.

Escrito por
Fernando Amato
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