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DEL SILENCIO A LA ODA

Antes de convertirse en el gran novelista que marcó la narrativa del siglo XX, Marechal fue poeta. Esa, acaso, fuera su verdadera identidad literaria, siempre con el sello de la filosofía, la teología cristiana y la historia.

Si la tristeza es ya tu inquilina morosa,/ échala de tu casa, pero sin altivez./ Le dirás que se lleve su catre y su baúl,/ que se ponga su gorro de astracán o de lluvia/ y que se vaya, en fin, a pisar hojas muertas/ o a tocar los llorosos violones del hastío”.

(Leopoldo  Marechal)

Dicho de manera popular y prosaica, el hexámetro es el verso que se utilizaba para la épica. Inconcebible fuera del griego antiguo e incluso del latín, es la clase de verso que utilizaron Homero, en la Ilíada y en la Odisea, y Lucrecio, en De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), por citar algunas obras clásicas. Y es la clase de verso que, mediando el siglo XX, Leopoldo Marechal imaginaba, según reveló alguna vez, para su novela –una epopeya moderna– Adán Buenosayres. Sin embargo, desde la primera línea, Marechal orquesta una prosa que rebasa lirismo: no hay lápiz que alcance para marcar tanto verso travestido. A lo largo de más de 700 páginas, Marechal despliega escenas y personajes –tan propio de la narrativa–, mientras el lenguaje avanza enclavijado, musical y espeso –tan propio del poema–. “Adán, junto a ella, sintió de pronto el nacimiento de una congoja que ya no lo abandonaría, como si en aquel instante de su mayor acercamiento se abriese ya entre ambos una distancia irremediable, a la manera de dos astros que al tocar el grado último de su cercanía tocan ya el primero de su separación.”

POETA DE NACIMIENTO

Este asunto tiene su justificación y su origen: Marechal nació poeta y desde ese escondrijo se forjó narrador. A los 22 años publicó Los aguiluchos, sus primeros versos. Demasiado joven aún –porque no fue un Rimbaud desquiciado sino un autor que con templanza descolló en su madurez–, esos versos venían teñidos de un modernismo sereno. A partir de su segundo libro, Días como flechas (1926), empezó a acercarse a un tono más propio, dándole lugar a un lenguaje menos lábil, menos azucarado. Antes de Adán Buenosayres (1948), que es la cumbre de su escritura, Marechal publicó cinco poemarios: Odas para el hombre y la mujer (1929), Laberinto de amor (1936), Cinco poemas australes (1937), El centauro (1940) y Sonetos a Sophia y otros poemas (1940). Pero cuando llegó su personaje emblemático –Adán, poeta en la ficción–, la voz se cubrió de rabiosos instrumentos y el canto marchó a contrapelo de la métrica para desanudarse de una literatura que no esperaba semejante música.

Al año siguiente de la publicación de El banquete de Severo Arcángelo, su segunda novela, la obra poética de Marechal atacó con un giro rotundo, con respecto a su anterior etapa. En 1966, salió su Heptamerón completo (se venía publicando por partes), libro que reivindica lo más alto de la lírica clásica alternando versos alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos, y lo más alto de la lírica moderna desplegando un verso libre que recoge y combina imágenes y situaciones audaces y excelsas: “Yo soy el inventor de una Elegía/ resistente a las viejas humedades del alma./ Yo con mis propios dedos y en mi limpio taller,/ construí la Elegía según leyes exactas,/ con el barro gritón de lo posible,/ con todas las horquillas y alfileres/ que perdieron las Musas,/ con un zapato roto de Pitágoras,/ con alambres y telas de un maniquí olvidado,/ con el violín y el arco del otoño,/ con la cuerda en buen uso de un reloj de pared,/ con la segunda barba de un teólogo tomista/ y la primera noche de San Juan de la Cruz”.

EL ORIGEN COMO TEMA

Marechal compone de manera lúdica, impura y autodidacta una oda religiosa y sincrética, donde conviven la filosofía platónica, la teología cristiana, la historia argentina y un refilón tanguero que desencaja y renuncia a los sones del momento. Son siete los días de la creación, es decir que el Heptamerón remite a un Génesis irreverente que juega al demiurgo que no es nada más ni nada menos que el poeta: “El universo todo/ parecería un himno”. El universo existe si se puede nombrar. “Y la Tierra pasó del silencio a la oda.” Y cada día será un nacimiento: La Alegropeya, La patriótica, La eutanasia, El Cristo, La poética, La erótica y Tedeum del poeta. Se cifra aquí una voluntad creadora en la que la vida material y concreta se clava, se sostiene y persevera en la palabra. “Por eso desbordé yo mi copa de tierra/ y un cachorro de viento pareció mi lenguaje.” La naturaleza vibra en el lenguaje haciendo del poema un ecosistema de muelles desde donde contemplar y existir: “¿Pondré cordajes nuevos a la rosa y el águila?/¿Rozaré con el arco de la música entera,/ ya la quilla del pez, ya el costado del ángel?/ Yo soy de los que temen/ provocar al silencio”.

Ese mismo año publicó El poema de Robot, que se alinea también en la idea de Génesis de forma más directa desde el comienzo: “El ingeniero Robot se dijo:/ ‘Hagamos a Robot a nuestra imagen/ y nuestra semejanza”./ Y compuso a Robot, cierta noche de hierro,/ bajo el signo del hierro y en usinas más tristes/ que un parto mineral./ Sobre sus pies de alambre la Electrónica,/ ciñendo los laureles robados a una musa,/ lo amamantó en sus pechos agrios de logaritmos”. Este último libro publicado en vida de Marechal (en 1979 se conocerán los póstumos “Poema de la física” y “Poema de Psiquis”) se asienta en la angustia de una humanidad envilecida y ciegamente aplastada por la tecnología: “Si escribí el poema de Robot –clama al final–,/ no fue tras un reclamo de la literatura,/ sino con la pasión de alertar a los hombres/ que pueblan el infierno de Robot/ y en la materia crasa de sus laboratorios/ han sospechado un lustre de metales alquímicos”.

Más de cincuenta años después, El poema de Robot, quien “visto de frente y con el ojo alerta,/ parecía una cruza de marciano y reloj;/ y visto de perfil, su hermosura era igual/ a la de un ciclotrón en vendimia de isótopos”, alerta sobre la deshumanización no sin cierta clarividencia, en este caso tierna y sigilosa, que es propia de los grandes poetas.

Escrito por
María Malusardi
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