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El asesinato de Aramburu y la violencia política en la Argentina

Así como en estos tiempos suele hablarse de la farandulización o la judicialización de la política, durante todo el siglo XX el debate estaba centrado en la violencia como herramienta de la política. Un debate que terminó en el peor genocidio de nuestra historia.

El secuestro y ejecución de Pedro Eugenio Aramburu, ese hecho fundante y a la vez maldito del peronismo revolucionario, hace décadas que viene secándose sin importar el esfuerzo de los eventuales jardineros. Se editan libros, se sugieren misterios, aparecen guerrilleros fantasmas y se ensayan todo tipo de teorías conexas e inferencias literarias para reafirmar, hasta el hartazgo y como un mantra rioplatense, la ilegitimidad de origen de la organización Montoneros. Ese es el combustible del revisionismo fáctico que, vaya sorpresa, despliega la intelligentzia antiperonista cuando se acerca el aniversario del “aramburazo”. Más que incógnitas policiales, en la ejecución de Aramburu hay razones históricas que la explican.

Pero tengamos una actitud republicana, no seamos como los montoneros dogmáticos, y ofrezcamos algo que ayude a reverdecer el episodio del dictador golpista, a medio siglo de haberse producido. Todos sabemos que lo ejecutó Fernando Abal Medina, en la estancia “La Celma” de Timote, mientras Mario Firmenich golpeaba una morsa para ocultar el estampido de los disparos. Si lo hizo con una llave o con un martillo será una incógnita que dejaremos para que develen futuros investigadores. Nuestra revelación tiene que ver con el después del crimen político, cuando ya habían entrado a la historia, cuando ya habían producido ese hecho que no necesitaba ser explicado, ni en aquel entonces ni ahora.

Como el clásico personaje de la gauchesca que huye de la partida, Firmenich se fugó del campo de la familia Ramus a caballo, atravesando cascos viejos y tranqueras ajenas, para hacer noche en el cementerio de Carlos Casares. La confesión de esta huida a lo Juan Moreira se la hizo el propio “Pepe” al librero Raúl Carioli, durante una larga noche en Barcelona, cuando el dueño de la editorial Prometeo tenía como misión convencer a Firmenich de colaborar en una película sobre su vida que planeaba la productora Cinecittà, de Silvio Berlusconi.

Firmenich no aceptó la oferta de Carioli, con ese finísimo olfato estratégico para las intervenciones públicas que lo llevó a discutir en televisión con Bernardo Neustadt y en radio con Jorge Rial, pero nos dejó la revelación de este desenlace anecdótico que seguramente abrirá nuevas líneas para los revisionistas aramburianos.

Ahora que superamos la discusión de los hechos, enfoquémonos en las interpretaciones. Los 10, 11, 12 o 15 fundadores de Montoneros -el número es completamente irrelevante ¿eran sádicos que buscaban sangre con una cobertura política?

Parece difícil que una organización que en su mejor momento llegó a reunir cerca de un millón de miembros (entre orgánicos y simpatizantes, según cálculos quizás un tanto exagerados pero no mucho de uno de sus principales dirigentes, Juan Carlos “Canca” Gullo), pueda estructurarse sobre una propuesta tan simplista como el aventurerismo y el gusto por la violencia.

Hay algo más profundo en la premisa montonera en particular y en la lucha armada en general, que es también más amplio que el entusiasmo por la revolución cubana, Vietnam o las independencias africanas. Una promesa de cambio cultural y político que no pedía permiso y se hacía cargo de sus ambiciones, dentro de un marco de justicia histórica. Eran Dorrego fusilando a Lavalle. La generación montonera había visto cómo sus fuerzas armadas bombardeaba y ametrallaba civiles inermes en la Plaza de Mayo y conocía las historias de los opositores fusilados. Los nacidos durante el primer peronismo sufrían los estados de excepción de cinco golpes de Estado de una manera muy concreta, en su vida diaria bajo unas reglas y valores que no habían elegido ni votado. Eso sin mencionar que el dirigente mayoritario, la figura central de la política nacional, estaba proscripto sin siquiera una excusa mentirosa. Era Perón no porque sí.

Todos esos elementos parecen configurar muy claramente un derecho legítimo a la rebelión, que consagran casi todas las cartas magnas del mundo, y si no es así, los constitucionalistas liberales tendrían que intentar una nueva pedagogía porque esta no se entiende o blanquear que este derecho solo se aplica para las causas que su ideología avala.

¿Qué tipo de inclusión y garantías daba la argentina de los 60 y 70 a esos jóvenes que se habían peronizado y buscaban su lugar como generación? ¿Podían disputar en la legalidad la conducción de un proyecto de país? Montoneros se levantó en armas contra la dictadura de Onganía, con una serie de operaciones obligadas para una guerrilla insurreccional y con un crimen político sobre uno de sus más notorios enemigos. Fin del enigma.

Con los mismos catalizadores, dos años antes se presentaban las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) con un intento en Taco Ralo que fracasó por las dificultades operativas y la inexperiencia de los cuadros que tenían mucho más pedigrí peronista que los futuros montoneros. Este intento de guerrilla rural se metabolizó en la estela de la resistencia peronista, que venía trabajando en una equiparación de fuerzas frente a los sectores militares y antiperonistas sin lograr mayores resultados para el movimiento pero acumulando simbólicamente como mártires, una condición que sin duda suma pero no alcanza. En cambio, la “Operación Pindapoy” logró un éxito operativo pleno y una conquista hasta ahí impensada: que todos los actores de la escena nacional se tuvieran que posicionar sobre el episodio y que la guerrilla se convirtiera en una fuerza en pugna por el poder real, ya no testimonial.

Parece ya historia antigua pero el general Aramburu decretó la ley marcial que permitió el fusilamiento de civiles peronistas en los basurales de José León Suárez. Sobre ese episodio no parece haber “polémica” -término con el que hoy se pretenden disfrazar las operaciones políticas y mediáticas- sino una respetuosa indiferencia. Y tampoco ese múltiple crimen de la dictadura parece abrir ninguna puerta a la violencia política, como sí lo hizo, estiman los analistas, el secuestro de Born o el crimen de Aramburu.

Imposible no estar de acuerdo con el poeta metafísico John Donne en que “la muerte de cualquier hombre me disminuye” o con Oscar del Barco en que el precepto central de cualquier comunidad es el “no matarás” pero la condena en abstracto de la violencia o la negación de una lucha social detrás de esos episodios se parece a la prolongación de las antinomias sin más afán que seguir apostando a una mano ganadora en las disputas del presente. Aramburu no era el de Gaulle argentino que algunos postulan, ni un “elemento pacificador” en la argentina del siglo pasado, sino un militar golpista que no dudó en masacrar civiles. Los montoneros fueron emergentes de una generación harta de la represión que abrazó la revolución y pagó con sangre sus numerosos errores políticos. Elementos de la tragedia nacional que merecen debates ajustados, sin desvíos ni hojarasca.

Escrito por
Felipe Celesia
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