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El 24 o la memoria entre pestes

Este 24 de marzo de 2020 ocurrirá en los balcones… Ocurrirá en las redes, en las pantallas de los televisores, en las confesiones de los amantes, en las conversaciones telefónicas, en cuanto cartel y pared se alcance a pegar o a escribir con la consigna: Nunca Más a la peste de las dictaduras. Extrañaremos tanto esa multitud que año tras año se reúne para memorizar y pedir justicia por los 30.000 argentinos asesinados y desaparecidos por el estado terrorista de 1976, que el coronavirus se revelará como una venganza de los criminales. Es una fantasía, lo sé. Pero el peso de la historia es así: circula entre lo simbólico y lo real. Extrañaremos los miles de cuerpos de cuatro generaciones encolumnándose hacia la Plaza de Mayo, detrás de la vanguardia histórica: Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y todos y cada uno de los organismos defensores de los derechos humanos. Extrañaremos esa multitud que se desplaza en medio de cánticos y consignas, desbordada de colores y tamboriles, parlantes, multitudes de toda proveniencia: obreros, estudiantes, maestros, actores y músicos, murgas y orquestas, empleados de todo oficio, clasemedieros sueltos, solitarios y parvenus, familias enteras, cochecitos de bebés, carteles de sindicatos, escuelas, dirigentes políticos, funcionarios… Esta vez, no habrá turistas. Extrañaremos una multitud rodeada del humo de los choripanes y hamburguesas que ofrecen los vendedores ambulantes y que se animan a comer los más jóvenes. Extrañaremos, como una mutación producida por la peste del coronavirus que nos obliga a la reclusión forzosa en nuestras casas, la demostración colectiva más unánime de nuestra gente de que Nunca Más aquella peste de los dictadores, que perseguían a los militantes populares y los asesinaban como un virus a extirpar, ocurra en nuestra patria. Porque para eso marchamos año tras año, desde abril de 1977 hasta ahora, cuando las Madres de Plaza de Mayo comenzaron a buscar a sus hijos. Han pasado 43 años de aquella ronda inicial que creció como un río indetenible. Memoria, Verdad y Justicia fue lo que los argentinos construyeron como un monumento civilizatorio desde el juicio a las junta militares hasta la identificación de los muertos, desaparecidos y niños robados, que el mundo mira con respeto. Fue lo que muchos consideran como la llave para que el neoliberalismo rampante del macrismo no hiciera pie de manera definitiva. Fue, en verdad, lo que nos salvó de esa prolongación de la peste de los dictadores: creer que hay ciudadanos descartables, presas de la peste de la angurria de fondos de inversión y ajustes y destrucción de la ciencia, asalto al Estado para que no cuide a su gente, robando hasta el último peso de su esfuerzo en fuga de capitales y meritócratas idiotas que elogian la pandemia como un ajuste natural de la selva darwiniana donde los pobres deben morir. Porque estamos orgullosos de nuestra lucha por el Nunca Más de aquella peste de los dictadores, hoy también lo estamos por haber logrado abatir en las urnas la versión reposera y gauchesca del neoliberalismo vernáculo. Porque la peste neoliberal se inauguró aquel 1976 que hoy recordamos. Porque se reeditó en el neoliberalismo a lo largo de la historia. Y porque el coronavirus nos recuerda que nadie se salvará solo. Y que el Estado que refundamos en base a la justicia y la memoria de aquella peste del 76 es la llave que asegura este otro Nunca Más al neoliberalismo. Y lo diremos en cuarentena, pero unidos y firmes para salvarnos de esta peste con más ciencia y Estado cuidándonos, como nos salvamos de aquella con más democracia. Este 24 de marzo de 2020, asustados pero unidos, desplegaremos pañuelos blancos en nuestros balcones, colgados como flores de la memoria nacional, que es nuestra fatalidad y nuestro privilegio.

Escrito por
Maria Seoane
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