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La fundación de Mar del Plata

Es por excelencia la ciudad balnearia de la Argentina. En sus primeros tiempos fue un lugar exclusivo, pero con la llegada de los hoteles sindicales se convirtió en un lugar popular de veraneo. Para la temporada de 1934, nuestra revista la consideraba como “el rey de todos los balnearios argentinos”.

Bristol, teatros, casino y miles de kilómetros de océano combinados con arena y acantilados. Mar del Plata es, por excelencia, la ciudad balnearia de los argentinos.  Los números, a veces, hablan por sí solos: de acuerdo a las cifras del Ministerio de Turismo, al menos cuatro millones de personas visitaron, al menos una vez, “la Feliz”.

La historia de la ciudad tiene varias aristas. “Galeanas costas”, definió a estas tierras del Atlántico, Juan de Garay luego de (re)fundar Buenos Aires. Un par de años después, el pirata inglés Francis Drake navegó por sus aguas y agregó un sobrenombre que aún simboliza a la ciudad: Cape Lobos, justamente, por la cantidad de éstos mamíferos acuáticos que “vacacionan” en Mar del Plata.

Como gran parte de la pampa argentina, indígenas poblaban esa zona costera. En 1746, por caso, tres curas jesuitas (Matías Stobel, Tomás Falkner y José Caridien) decidieron construir un pequeño establecimiento para la población indígena. Eligieron instalarse en una laguna, a 13 kilómetros del mar. Pero la misión religiosa duró poco: seis años después fueron expulsados del convento. Eso sí, desde allí, quedó un nombre histórico para la ciudad, ya que la laguna fue catalogada como “de los Padres”.

El primer papel que parcializó las tierras lo obtuvo José Gregorio Lezama, quien usurpó la zona y dividió la tierra en tres estancias. Al poco tiempo decidió venderle esas mismas tierras al Cónsul de Portugal, José Coehlo de Meyrelles. El extranjero fue el primero en tener un ojo comercial: decidió instalar allí un saladero que permitiese mantener la carne argentina para enviarla a Brasil.

Sin embargo hubo que esperar hasta que Patricio Peralta Ramos pusiera su foco en la Perla del Atlántico para, finalmente, conocer a Mar del Plata como localidad. “Este pueblo posee un puerto natural sobre el Atlántico, que lo pone en comunicación directa con el extranjero”, escribió en uno de los primeros documentos de la ciudad.

Las crónicas cuentan que para ir de Buenos Aires a la Feliz, a mediados del siglo XIX, se tardaba aproximadamente 10 días para llegar. Peralta Romos y sus dos hijos no dudaron en embarcarse para conocer su lugar en el mundo. E inmediatamente, a su llegada, cambió la fisonomía del lugar: se asoció con el cónsul portugués, creó una escuela de letras y una casa de Huéspedes (la casa Amueblada) que perdura hasta el día de hoy.

El saladero no fue la mejor inversión, pero eso no alteró los planes del porteño. Ante la muerte de su esposa, Cecilia, decidió fundar una capilla con su nombre, que fuera -años después- el puntapié inicial para el trazado urbano.

En 1873, ya instalado Peralta Ramos, le solicitó al gobernador de Buenos Aires, Mariano Acosta, que nombrase oficialmente al pueblo como Mar del Plata. Incluso ofreció cederle parte de sus terrenos para construir edificios públicos. Acosta cedió ante la insistencia y mediante un decreto dio el acta de nacimiento de la “Ciudad Feliz” el 10 de febrero de 1874.

Por aquellos primeros tiempos, Mar del Plata fue el lugar elegido por la aristocracia argentina como el lugar de veraneo. Épocas de meterse al mar casi vestidos. Pero desde la década del 40, con la llegada del peronismo y la proliferación de los planes sociales estatales y los hoteles sindicales el grueso de la población accedió a sus costas atlánticas. La popularidad de los teatros y sus “tenporadas de verano” afianzaron su carácter masivo que aún hoy conserva.

Escrito por
Jeremías Batagelj
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