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ESE OSCURO OBJETO DEL DESEO

Vienen por el agua porque la vida es imposible sin ella. Latinoamérica tiene el Acuífero Guaraní, la reserva de agua dulce más grande del planeta. Y vienen por el litio para reemplazar la energía sucia: Bolivia, la Argentina y Chile tienen la reserva más grande del planeta. Del río Bravo en México al estrecho de Magallanes, que define los puntos límite de nuestra América, vienen por la madera y el aire que respiramos: el Amazonas es el pulmón forestal y de oxígeno más grande del planeta. Vienen por nuestra Antártida. Vienen por nuestra energía y nuestros mares. Y vienen también por girasol, limones, soja, uvas, vides, maíz, tabaco, maní, té, trigo, ganado vacuno y porcino, plomo, zinc, estaño, cobre, minerales de hierro, magnesio, uranio, algodón, caña de azúcar, café, cacao, arroz, habas, papas, batatas, bananas, naranjas, paltas, huevos, níquel, bauxita, oro, plata, madera, gas natural, tungsteno, antimonio, ríos, cursos de agua, hidroelectricidad, verduras, cabras, leches, ciervos, yeso, piedra caliza, bosques, cítricos, cobalto, sal, sílice, coca, lana, fosfato, potasa, carbón mineral y vegetal, sésamo, pesca a gran escala, mandioca, mangos, sorgo, carbonato de calcio, mármol, henequén, tequila, vinos, cemento, platino, flores de distintas especies, cinabrio, caolín, diamantes, remolacha, nitratos, metales preciosos, amatista, esmeraldas, gramíneas, piñas, hortalizas, molibdeno, cardamomo, caucho…

Eduardo Galeano lo escribió poéticamente –si se puede escribir así la historia de un saqueo– en Las venas abiertas de América latina: la sangre que brotó desde la salvaje conquista española hasta los tiempos en que las ansias imperiales del avivado Tío Sam se quedaron con lonjas de territorio mexicano: California y la Florida. Y hubo ríos de sangre indígena que regaron la cintura cósmica del sur, y no sirvieron los códices mayas, aztecas o incas. Y no sirvieron las guerras de la Independencia en el siglo XIX ni las revueltas de los gobiernos nacionales y populares del siglo XX para parar el destripamiento de una conquista impiadosa: el capitalismo pasó de invasor y cabotaje a la etapa sinuosa e inmaterial pero no menos impiadosa de los golpes de Estado, como en Bolivia ahora nomás, en su etapa neoliberal donde la financiarización capitalista hace estragos. Latinoamérica es el lugar donde aun en la segunda década del siglo XXI los EE.UU. pelean su propiedad en el “patio trasero” –o America’s Backyard, concepto que acuñó la Doctrina Monroe desde 1823– contra China y Rusia. Es un territorio en disputa para los imperios del mundo de todo tiempo y lugar: insumiso y resistente pero siempre expuesto a la traición de sus elites, a su sometimiento al poder.

Latinoamérica es, sin duda –parodiando el extraño romance del personaje de la película de Luis Buñuel con la protagonista (o las protagonistas) que pasan de ser un excitante objeto erótico a un brutal cinturón de castidad–, la rebelión de los pueblos al saqueo y el sometimiento de sus elites a las corporaciones económicas de las grandes potencias. Y entre cada tiempo de resistencia y represión, entre cada tiempo de gritos libertarios y sometimiento por la fuerza, pasa la imagen reiterada del descoyuntamiento del inca Túpac Katari, de las guerras de la Independencia, de las sublevaciones de la Amazonía, de las guerras por el caucho, el azúcar, el petróleo, del asesinato del Che, de los golpes de Estado de los años 70, o del lawfare y noticias falsas de esta era de dominación más sofisticada sobre nuestro vasto continente a ser devorado por la fuerza de las armas o de los espías en connivencia con burgueses pequeños, pequeños, como le gustaría definir también a Buñuel. Aunque nunca con el discreto encanto de la burguesía: siempre, al final, corren ríos de sangre y explotación de los nadies, como los bautizó, también, Galeano. Y entonces, Latinoamérica es el lugar donde la literatura y el arte arrebatan el cuerpo de la historia y narran una y otra vez desdichas y revoluciones triunfantes o derrotas que sólo auguran nuevas batallas. Porque, como se sabe, en la cintura cósmica del sur todo recomienza, siempre.

 

Escrito por
Maria Seoane
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