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NUESTRA VOZ

Todos tenemos algún recuerdo de Mercedes. Mi generación creció escuchando esa voz inconfundible de aquella mujer nacida en Tucumán un 9 de julio, como la patria independiente. Desde chiquita, la banda de sonido de su vida fue el folklore de sus paisanos, que pronto descubrieron a alguien que bailaba y cantaba como los dioses, como sus dioses. Quiso llamarse Gladys Osorio en sus primeros intentos radiales en su ciudad. Comenzó a transitar los caminos del compromiso y adhirió al Movimiento del Nuevo Cancionero que asomaba en Mendoza de la mano de Armando Tejada Gómez, Manuel Oscar Matus y Tito Francia, que le dio un contenido social a ese furor por nuestro folklore que estalló a comienzos de los años 60. Sus integrantes decían en su manifiesto: “El Nuevo Cancionero luchará por convertir la presente adhesión del pueblo argentino hacia su canto nacional, en un valor cultural inalienable. Afirma que el arte, como la vida, debe estar en permanente transformación y por eso, busca integrar el cancionero popular al desarrollo creador del pueblo todo para acompañarlo en su destino, expresando sus sueños, sus alegrías, sus luchas y sus esperanzas”.

Luego vendrá su triunfo en Cosquín, de la mano de Jorge Cafrune, y el primero de sus muchos discos, Canciones con fundamento. Para 1967, mientras hacía un año que gobernaba la dictadura cívico-militar que a su jefe, el general Onganía, le gustó llamar Revolución Argentina, comenzaron sus giras internacionales y las críticas elogiosas de los principales diarios del mundo. En 1969, grabará junto a Ariel Ramírez los bellos poemas de Félix Luna, Mujeres argentinas, trayendo a la memoria y haciendo conocer en muchos casos a las nuestras. Así renacían Juana Azurduy; María Guadalupe Cuenca, la compañera de Mariano Moreno; Rosarito Vera y todas las maestras; Manuela Pedraza; Alfonsina Storni y en ella todas las poetas; Mariquita Sánchez de Thompson, y tantas otras anónimas, cautivas, indias y gringas. El disco fue un éxito notable y sigue sonando.

Estallaron el Rosariazo, el Cordobazo, el Tucumanazo, que demostraron el hartazgo del pueblo con un modelo arcaico e injusto, y la juventud comenzaba a protagonizar la década naciente. Aquellas chicas y chicos escuchaban a Moris, Almendra, Sui Generis, pero también a Mercedes, que nos alcanzaba los temas de Víctor Jara y revivía a Violeta Parra en un disco memorable, mientras grababa como expresión de deseo “Hasta la victoria”, uno de sus registros más comprometidos. Por esos días de 1972, nuevamente con Ariel Ramírez y Félix Luna, renovaba su magia en la Cantata sudamericana. En el 73, en plena euforia por el triunfo popular en las urnas, Mercedes recorre el país y renueva su compromiso con los hermanos chilenos tras el sangriento golpe de Kissinger ejecutado por Pinochet y sus mandantes civiles locales. Todavía en 1975, en un clima enrarecido y con amenazas concretas de la Triple A, se animó a desear y grabar A que florezca mi pueblo. Vino la noche más oscura y Mercedes siguió cantando en medio de amenazas y prohibiciones hasta que en 1978, tras grabar premonitoriamente Serenata para la tierra de uno, fue detenida junto a todo su público durante un recital en La Plata, los pagos del genocida Ramón Camps y de monseñor Plaza. Decidió marcharse, primero a París y luego a Madrid. Como ella cuenta, lloraba su patria en cada rincón del mundo donde la aclamaban.

Regresó en febrero de 1982. Su retorno fue un hecho político y cultural sin precedentes. Dará una serie inolvidable de conciertos en el teatro Ópera, rodeada de los principales músicos argentinos y ampliando su repertorio al rock nacional, anticipándose al boom que sobrevendía durante y después del conflicto de Malvinas.

Desde entonces creció enormemente su popularidad grabando y actuando con las principales voces del mundo, que se sentían honradas por la elección de la maravillosa tucumana.

Mercedes se fue pero nos queda para siempre su voz, sin duda la voz de la patria.

 

Escrito por
Felipe Pigna
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