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LA BIBLOTECA INFINITA

El autor de “El Aleph” se definía, ante todo, como un lector. Y los libros que atesoraba dan cuenta de ello. Porque leer, para él, era el camino a la felicidad personal.

En la biblioteca personal de Borges, que se encuentra en la fundación que lleva su nombre, se observa que la mayoría de los libros tratan temas de filosofía y religión, y a través de esos autores es posible encontrar las claves de la filosofía de vida de este genio, que apunta a la felicidad.

El autor de “El Aleph” nos ha dejado esa maravillosa biblioteca, que nos permite descubrir las claves de esa felicidad.

Las lecturas de esos filósofos y místicos son las que seguramente han tenido una decisiva influencia en una obra que nos da un camino en el arte de vivir.

Ya en sus primeros escritos Borges advertía que faltaban presentaciones válidas de lo eterno: de la felicidad, de la muerte, de la amistad. Y agregaba que ojalá existiera algún libro eterno. “Tus libros preferidos, lector, son como borradores de ese libro sin lectura final”, advertía. Y agregaba que fue apasionadísimo su primer encuentro con el Sartor resartus (O Sastre zurcido) de Thomas Carlyle; y que después fue mereciendo amistades escritas que lo honraban: Schopenhauer, Unamuno, Dickens, De Quincey, Quevedo.

Borges se siente cerca de Wilde, como si fuera un amigo, de la misma manera que para él leer un libro de Cocteau era como “conversar con su cordial fantasma”. En ese sentido, en el prólogo de La Eneida escribe: “Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres”.

LECTURA Y CREACIÓN POÉTICA

La felicidad la encontró en los libros de, por ejemplo, Thomas de Quincey, de quien escribe: “A nadie debo tantas horas de felicidad personal”; de Enoch A. Bennett, de quien resalta las muchas felicidades que en su libro Enterrado en vida nos aguardan; de José María Eça de Queiróz, porque “la mente del lector hospeda con alegría esa imposible fábula”; de Montaigne, Sir Thomas Browne  o Stevenson, ya que descubrirlos “es una de las perdurables felicidades que puede deparar la literatura”, como lo señala en el prólogo al libro de Robert Louis Stevenson Las nuevas noches árabes. Markheim. Borges escribió que una noche lo detuvo un desconocido en la calle Maipú y le agradeció haberlo hecho conocer a Stevenson. “Me sentí justificado y feliz. Estoy seguro de que el lector de este volumen compartirá esa gratitud”, reveló.

Borges cree que “una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética”. Son muchos los ejemplos que nos da: Henry James, que ensayó con “suma felicidad la novela y el cuento”; Jean Cocteau, que conoció personalmente la misteriosa poesía y “la ejerció con felicidad”; La Eneida, que cita como el  extenso poema limado, línea por línea, con esa cuidadosa felicidad que advirtió Petronio en las composiciones de Horacio; Voltaire,  a  quien  nunca abandonó la felicidad de escribir; Emerson, que era, pese a una infección pulmonar, “instintivamente” y Lawrence de Arabia, de quien señala el “placer del ejercicio literario”.

Esas amistades, que él fue cultivando al leer a sus autores preferidos, podemos conocerlas y hacerlas propias a través de los textos que leemos de Borges. En ese sentido, debemos agradecerle que nos haya presentado a tantos genios, que quizá no hubiéramos conocido si no fuera por esas lecturas. De manera que entrar al lugar adonde está la biblioteca personal de Borges es encontrar a todos esos amigos.

LA BIBLOTECA DE BORGES

Soy autor del libro La biblioteca de Borges (Paripé Books), que se presentó en Casa de América, en Madrid, en mayo de 2018.

Entrar en esa biblioteca es como acceder a un universo mágico, místico. Aunque él era agnóstico, señaló que los mejores cuentos sobrenaturales (“La vuelta del tornillo”, de Henry James; “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair; “La pata de mono”, de Jacobs; “La casa de los deseos” de Kipling; “El manuscrito encontrado en una botella”, de Poe) son obras de escritores que negaban lo sobrenatural. “La razón –argumenta– es clara: el escritor escéptico es aquel que organiza mejor los efectos mágicos”.

Por ejemplo, nos encontramos con libros de Blake, y recordamos lo que Borges decía de él: “En ese autor la belleza corresponde al instante en que se encuentra el lector y la obra y es una suerte de unión mística”.

Es esa mística la que hallamos en ese espacio sagrado que es la biblioteca personal de Borges.

En “La flor de Coleridge”, escribe que Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe. Agrega: “Claro está que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor, tales hechos son insignificantes”. Y luego: “Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos”.

También está la Biblia, en varias versiones. Pero si bien Borges tiene un gran interés por la Biblia, es un interés literario. Y esto vale también para otros libros que encontramos en la biblioteca personal de él, referidos al I Ching, la mitología celta (al respecto encontramos un volumen de The Tain, de Dolmen Editions), o los mitos griegos, o en otras de sus lecturas que tienen que ver con el más allá o las religiones.

Hay una coincidencia entre el pensamiento de Borges y el de Kipling, que es central para entender al camino de la felicidad. En el Prólogo a sus relatos, Borges escribe: “Una obra tan diversa presupone muchas dichas y muchos pesares que no sabremos nunca y que no debemos saber”.

Pero de Browning, del cual en esa biblioteca encontramos Poetical Works 1833-1964 (London Oxford University Press), aprendemos que no importa la ventura ni la desventura. Lo que importa es crear.

Encontramos además en esa biblioteca a Enrique Banchs con Prosas. Es otro ejemplo que cita Borges de una historia de amor desafortunada que llevó a ese escritor a una obra admirable.

Si para Borges el amor, correspondido o no, lleva a crear, lo más importante es el fruto de esa creación. La meta última del poeta es el poema, el libro infinito. Para llegar a ese objetivo el camino es difícil; está lleno de dolores, de humillaciones. Pero ese es el alimento de los héroes que permite crear.

 

Escrito por
Fernando Flores Maio
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