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EL OLOR A MADERA DE MOSCÚ

En 1965 habíamos partido hacia Rusia. El olor a madera de Moscú se sentía en el aeropuerto de Sheremétievo y se impregnó en nuestras ropas. Un cielo de agosto nos entregó la oscuridad de una ciudad sin carteles luminosos, poco transitada y llena de pinos y abedules.

Federico aparece en el recuerdo bajando por la escalera del avión, con pequeños anteojos, pecas que saltaban de un lado a otro de su nariz y palabras que luchaban por salir de su boca, pero que pocas, poquísimas veces se transformaban en sonidos.

Su piel era tan blanca que morbosamente lo llamábamos “el Lechoso”. En las playas pedregosas del mar Negro caminaba con su malla short azul marino sin atreverse demasiado a internarse en el agua. Un azul celeste que, como una pileta de natación, dejaba ver sus marcas de profundidad.

En ocasiones, a lo lejos, se distinguían las colas de los delfines. El aire seguirá siendo testigo de muchas conversaciones donde inventábamos futuras civilizaciones marinas, cuando el delfín nos incorporaría como a sus animales domésticos de quienes requeriría hablar, elucubrar e inventar teorías sobre las organizaciones sociales. El delfín mientras tanto reiría como hacemos hoy con los loros.

Era tan remota esa posibilidad que, ajenos ante el dominio del mar, la vida se nos hacía ilimitada.

***

El Lechoso caminaba y más de una vez sus pecas intentaron acercarse a uno u otro grupo sin demasiado éxito. Su figura delgada y pequeña, su risa de delfín, nos impedía traspasar la barrera de apolíneas y bronceadas esculturas masculinas que ostentaban el humano ideal de la belleza. Se nos aparecía como un burócrata de la época zarista salido de alguna novela de Nikolái Gógol.

En invierno, cuando nos reuníamos en una de las aulas de la universidad, se sentaba lejos de la charla catártica, de los espectaculares chismes sobre los esclavos de los estudiantes del Congo o las rusas prostitutas que cobraban en tapados de zorro azul o perfumes franceses. A medida que la conversación se tornaba más asustante y alguna voz surgía poniendo orden al desorden, o al revés, desordenando el nuevo orden que las alimañas de la realidad incrustaban en nuestros cerebros, Federico se hundía en el cuello de su saco.

***

Después de dos años de estadía, Moscú se iba volviendo más clara. Los troncos blancos de los abedules y la nieve no suplantaban los letreros luminosos de Occidente, pero una nueva naturaleza iba logrando adueñarse del suspiro por la ausencia de la Coca-Cola o el café instantáneo. El olor a madera se hacía cada vez más penetrante y desde los huecos de los robles comenzamos a sentir la perversión y el dolor de las soledades compartidas.

En una de las fiestas de fin de año donde la propuesta era esperar hasta el amanecer para brindar con champagne ruso a las 24 horas de la Argentina, Federico se animó a emborracharse y a borrar su compostura de traje con corbata. Sus anteojos se cayeron y los rayos que habían permanecido durante tanto tiempo detrás de las dioptrías organizadoras comenzaron a emerger.

En un amplio salón de luces difusas y guirnaldas, música latinoamericana y empanadas, olor a vino que sudaba, Federico le dijo a ella que la amaba. En esa noche todo estaba permitido: hasta creer con ingenuidad inventada que Federico mentía. Que los grados del alcohol y el extrañar falseaban otras realidades.

Tirado sobre una de las tantas sillas que habían sido acomodadas periféricamente en el salón, él descargaba monosílabos devolviendo en un desgarramiento a las botellas vacías y a esa noche de balances un grito que nunca llegó a pronunciarse.

***

Una tarde de verano de 1968 nos interrogó con sus preguntas. El Lechoso había enrojecido a lo largo de cuatro pisos la penumbra blanca de su vida.

Un cuento para niños, una nota para sus padres y un carnet de pertenencia política habían quedado sobre el escritorio de su pieza. Nunca vimos su cadáver. Nuevos espectaculares chismes se tejieron en sucesivas reuniones solitarias donde el dolor fue cubierto con el olvido pero sobre todo con la acusación. El Lechoso comenzó a andar entre nosotros como nunca lo había hecho antes.

Se decía que Federico había estado ligado a una organización sionista y que la KGB había descubierto su participación en ella. Se comentaba que en la nota dirigida a sus padres pedía perdón. Alguien había leído sus cuentos para niños. Otros habían visto prendida su lámpara de estudio hasta muy tarde.

Federico es el lugar que congeló nuestro recuerdo.

Debe de estar en algún sitio oculto preguntándonos por qué mientras los veranos intentan llevarse los hielos que quedan del invierno él habita tal vez en todos los cementerios: los de la incredulidad, los del miedo, los de la tortura, los del exilio, los de los cánones de belleza.

Si hoy fuera hace veinte años, Federico estaría comprando un diario en el kiosco de Corrientes y Uruguay, donde lejos de las colas de los delfines miraba a perros y gatos caminando por Corrientes y recordaba a sus abuelos muertos en el gueto de Varsovia.

 

 

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