• Buscar

EL PLATENSE DEL POLACO

La pasión de Roberto Goyeneche por el barrio de Saavedra y su querido calamar siempre fue a la par de sus logros en el tango. Tradición familiar, arraigo popular y amor por el fútbol.

Era coqueto con decir su edad. Si se lo preguntaban hacía una gambeta, pero uno sabía que hablando de Platense podía desnudar sus años con el recuerdo de los cracks que fatigaban la Primera A con la camiseta blanca que tenía el escudito marrón y blanco sobre el corazón. Eran aquellos años cuarenta y cincuenta, cuando el Calamar se sostenía en la fortaleza de su recordada cancha ubicada en la intersección de “Doña Manuela Pedraza y Don Crámer”, al decir del gran Negro Fontanarrosa.

El Polaco fue vecino del barrio de Saavedra desde chico, y sus pasos musicales iniciales los dio en el pequeño club El Tábano, un lugar calamar hasta la médula donde también fatigaba sus primeros pasos de baile Rubén Sosa, el famoso crack racinguista que antes de ser adorado por los hinchas académicos fue jugador muy joven de aquel Platense que retrocedió a la desconocida Primera B en 1955. Hablar de Julio Cozzi, de Guito Vernazza o de Antonio Báez era tan natural para él como vibrar en cada función de sábado o de domingo palpitan- do una transmisión radial que traía las proezas de buenos jugadores de los años sesenta, como el arquero Enrique Topini, el goleador Carlos Bulla o el crack Néstor Subiat. Condimentados especialmente algunos fines de semana por la discusión futbolera con Aníbal Troilo cuando tocaba que los dos rivales barriales se midieran en un clásico desigual por el poderío de uno y otro. River y Platense. El rico y el pobre. El millonario que llegaba a la vecindad con sus quilates y el habitante permanente de la zona que luchaba por seguir entreverado en el grupo de equipos importantes.

FAMILIA CALAMAR

Las simpatías familiares también fueron un pode- roso imán para la atracción por Platense. Afiliado horas después de haber nacido, fue socio vitalicio 2.550, su tío Horacio llegó a jugar en las divisiones inferiores con buen suceso, y otro tío, Joaquín Costa (del lado materno), fue un hincha caracterizado animando a los fanáticos que poblaban la tribuna de la vieja cancha, que tenía un arco sobre la calle Manuela Pedraza y el otro sobre Guayra, donde se afirmaban los ruidosos calamares. Luego Guayra pasaría a llamarse José Tamborini. El campo de juego sería dado vuelta a comienzos de 1965, cuando Platense regresó a Primera A. Más acá en el tiempo, Goyeneche recordaba: “Cuando laburo afuera y llamo por teléfono a mi casa, tengo dos preguntas claves: ¿cómo están los chicos? y ¿cómo salió Platense?”. El Polaco ratificaba su fanatismo calamar en distintas entrevistas. Alguna vez señaló: “Una vez me llevaron al hipódromo para una nota. Querían una foto en plena carrera gritando por un caballo. Y yo de carreras no entiendo nada, así que empecé: ‘¡Platense!, ¡Platense viejo, nomás!’”. Llegó a contar que había perdido la voz tras gritar un gol en la cancha de Atlanta, cuando su cuadro enfrentó a Central Córdoba de Rosario. Alguna vez, en la vieja Primera B de 1974 y en la misma y recordada cancha del Bohemio de Villa Crespo, este cronista lo vio parado en la tribuna popular que da espaldas a la calle Muñecas (hoy de cemento, antes de tablones) gritando un gol contra Defensores de Belgrano y perdiendo la voz, algo que alarmó a varios hinchas que lo rodeaban. Lo tuvieron que convencer para dejar su lugar y bajar hasta encontrar a un médico. “El Polaco canta esta noche en Caño 14 y no puede quedarse sin garganta…”, escuchamos vociferar a un alarmado habitante de la tribuna. Su amistad con Julio Cozzi (arquero de Platense entre 1941 y 1949, jugador de la Selección argentina y del mítico Millonarios de Bogotá, vecino de Saavedra) se mantuvo inalterable por el tiempo que vivieron: “Vos sabés que él charlaba con la tribuna en pleno partido. Una tarde, con Estudiantes de La Plata, casi nos morimos. En medio del diálogo una pelota da en el travesaño. Había pateado Pelegrina, de improviso”, en referencia al gran puntero izquierdo pincharrata, Manuel Pelegrina, goleador de aquellos gloriosos años cuarenta. Esos primeros años de cantor que hacía su carrera con fervor y dedicación, los cuenta con una semblanza suya que lo dibuja perfectamente: “Cuando empecé a cantar con Horacio Salgán tenía radio a las seis de la tarde. De smoking a la cancha. Veía el primer partido y me iba yen- do despacito y hasta frenado por algún rumor de la tribuna”. Todavía se recuerda en el club aquella charla café mediante con varios jugadores del equipo que había despachado a Chacarita al descenso en 1986 y los recuerdos que lanzó Roberto sobre aquella larguísima definición por penales contra Lanús de 1977 y todo lo que había festejado aquella noche de noviembre lamentándose por no haber podido ir a la cancha de San Lorenzo, en la que Platense había conseguido mantener la categoría. Nombrarle jugadores era la contraseña para escuchar un comentario futbolero bien porteño cuando recordaba a un crack, un gesto como queriendo borrar ese apellido de la mente si el jugador era medio matungo o si no le había transmitido nada. Eso sí: su fidelidad siempre se mantuvo inalterable. Salió vestido con la camiseta marrón y blanca a la payada con Jorge Porcel (ataviado con la ropa de Racing) en un recordado encuentro, guitarra por medio, que hoy se puede seguir viendo por internet. Mantuvo su amor a Platense delante de quien lo toreara porque su amado club no había salido campeón o se había ido al descenso. Hoy, sus descendientes alientan desde la platea en la cancha de Vicente López, ya con cuarenta años de existencia. Está claro que Goyeneche y Platense son uno mismo. Por eso, la tribuna donde saltan y cantan los calamares más rabiosos lleva su nombre. Para siempre.

Escrito por
Alejandro Fabbri
Ver todos los artículos
Instagram has returned invalid data.
Escrito por Alejandro Fabbri
A %d blogueros les gusta esto: