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VILLEROS, VILLERAS

Con la instalación de las primeras barriadas, Buenos Aires cambió su fisonomía. Sus pobladores, trabajadores llegados del interior para insertarse en fábricas, fueron despreciados desde el inicio. Las razones históricas de ese odio esconden motivaciones ideológicas.

Por Eva Camelli. Inmediatamente iniciada la década de 1930, se fue propagando en la ciudad de Buenos Aires una tipología de asentamientos que habían mostrado modestos indicios hacia fines del siglo XIX. “Rancheríos” y “campamentos”, tal como fueron denominados, emergían como espacios urbanos novedosos. Allí encontramos los inicios de la conformación de las villas. Si durante los años 30 estos “rancheríos” y “campamentos” poco a poco se fueron asentando, será durante las décadas del 40 y del 50 cuando aumenten en densidad de población y logren cierta consolidación en el tejido urbano.
Para las clases dominantes la novedad fue escandalosa. En la narrativa de una Buenos Aires blanca y europea, que tenía el “progreso moderno” como horizonte, la presencia de rancheríos representaba la antítesis de su autoconstruido imaginario. ¿Por qué en este momento histórico se asentaron en la ciudad cientos de personas sin opciones habitacionales? ¿Quiénes fueron los pobladores de este nuevo escenario urbano? Las siguientes líneas buscan deconstruir la explicación hegemónica de una realidad tan lejana como presente.

TRABAJADORES SIN TIERRA

Comencemos poniendo en contexto factores económicos que nos brindarán las bases argumentales para cuestionar muchos mitos y falacias sobre villas y villeros. Hacia 1930, el final del modelo agroexportador se vio muy afectado a partir de la Primera Guerra y clausurado por las repercusiones de la crisis económica a nivel mundial iniciada en 1929 en Wall Street, que arrojaron como resultado un aumento de la pobreza y el desempleo en el país. Mientras el trabajo rural se resentía, la incipiente industrialización por sustitución de importaciones demandaba fuerza laboral en las fábricas que se fueron asentando en los centros urbanos. La intensificación de este modelo durante los dos primeros gobiernos peronistas confirmaba que las oportunidades laborales viraban del campo a la ciudad. Es sencillo imaginar el resultado: migración de trabajadores empobrecidos hacia Buenos Aires, dificultades para afrontar gastos de vivienda y estrategias para no abandonar la esperanza que originó el movimiento geográfico. La perspectiva de conseguir empleo en la ciudad motivó que poco a poco y sin conflictos estas personas fueran ocupando tierras vacantes, con la convicción de que la residencia en estos espacios sería transitoria, hasta tanto poder alquilar en la ciudad formal. El acceso al trabajo fue logrado, pero las exigencias del mercado de vivienda imposibilitaron a las familias abandonar las villas.

Dejemos claramente planteado que estamos hablando de trabajadores. Esta realidad fue objeto de numerosas infamias. Tratemos de identificar dónde radica ese desprecio. El ataque nodal a las villas estuvo desde siempre asentado en la violación a la propiedad privada. El repudio a la ocupación ilegal de tierras fue un argumento que generó consenso, construido sobre la premisa de que sus pobladores tomaban tierras porque querían “vivir de arriba”, sacando ventaja a todos los ciudadanos que sin transgredir normas habían comprado (o alquilaban) su lugar donde vivir. Inmediatamente, la caracterización de los trabajadores como vagos, apáticos y aprovechados. Divulgar esta idea ocultaba las verdaderas razones de la situación de sus habitantes y su consecuencia urbana. La toma de tierras era una realidad; agreguemos que esas tierras en su gran mayoría eran inundables y/o cercanas a basurales. Allí los primeros pobladores construyeron ciudad, realizando tareas que exceden a cualquier habitante de Buenos Aires (rellenado, tendido de luz, agua, apertura de calles, etc.). Tomaron tierras y aportaron muchísimo capital humano para que se convirtieran en zonas habitables. Nada más lejano a la vagancia y la apatía. Si bien estamos frente a un problema de tierra y trabajo, fue vociferado como un tema de usurpación y vagancia.

LA DISCRIMINACIÓN FUNCIONAL

La trama urbana irregular, la precariedad de los materiales con los que construyeron las casillas sin servicios, situación que obligaba a cocinar al fuego y a la intemperie, a improvisar baños y a trabajar duramente para hacerse de baldes de agua, fue vista como una injuria urbana acompañada de un espectáculo promiscuo. La falta de higiene completó la deplorable escena, en este caso acompañado del discurso higienista. Las villas se fueron armando sin recursos materiales y con muchísimo esfuerzo de los pobladores. La descripción despojada de adjetivaciones se acercaba a la realidad, pero nuevamente escondía la explicación de fondo. La expresión urbana de la pobreza y desempleo fue inculpada a los propios pobladores, acusados de sucios y promiscuos, mientras la realidad no les ofrecía otra opción habitacional.

Por último, la condena ideológica de la oligarquía sobre los villeros comenzó hacia los años 30 con el comunismo y anarquismo, y se intensificó con el peronismo para los 40 y 50. La mayoría de los villeros se identificó con el peronismo y eso molestó. En este caso, el problema radica en la subestimación que se hizo del villero como actor político. El sociólogo Gino Germani argumentó que los migrantes internos apoyaron a Perón producto de su carencia de cultura política moderna, sin poder reconocer los beneficios que les implicó las políticas redistributivas de este gobierno. Esta operatoria, difundida por las clases acomodadas y replicada acríticamente por gran parte de la clase media, condenó a las familias villeras a convivir con un estigma y una discriminación tan injusta como infundada. El desprecio visceral al trabajador pobre migrante es la causa de esta violencia simbólica ejercida desde el poder. Revisar argumentos construidos antaño, poniendo en el centro a los protagonistas sin estigma, puede ser el inicio para revertir la construcción argumentativa tendenciosa fomentada por los grupos de poder.

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