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LA LENGUA AGRIETADA

Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales

“Ángel Vicente ‘Chacho’ Peñaloza interpeló a los hombres de Bartolomé Mitre, ¿no éramos nosotros los bárbaros? ¿No eran ustedes los civilizados? ¿Dónde están entonces nuestros prisioneros? ¿Es posible imaginar que los han matado? Sí, los mataron a todos. Porque los hombres de Mitre representan un capitalismo neo- colonial que hará un país terriblemente injusto y subalterno (…) Y se sabe que una guerra la gana quien más enemigos mata.” Todos mataron –agregó José Pablo Feinmann–, pero la ganaron los unitarios. Así describió un momento del enfrentamiento entre “civilización y barbarie”, grieta que abonó con pasión Sarmiento, que creía que no había que ahorrar “sangre de gauchos, porque eso es lo único que tienen de humanos”, para pacificar el país. Grieta que nunca terminó porque el debate sobre los modelos de país crispó siempre a las clases dominantes y populares en sus representaciones políticas en su lenguaje cotidiano. El enfrentamiento entre rosistas y unitarios fue precedido por una lengua feroz: unos eran los salvajes unitarios; otros, la chusma, el gauchaje, los bárbaros, como si los caudillos del interior profundo jamás hubieran podido ser dueños de la patria surgida luego de las guerras de la Independencia, como si la burguesía comercial y probritánica del puerto de Buenos Aires hubiera sido la única dueña de las vidas y los bienes. Y lo fue a sangre y degüello para todos. Y de diccionario: La Gaceta Mercan- til encarnaba, como muchos medios desde entonces, al periodismo oficialista y militante. Según Jorge Mayer en Alberdi y su tiempo, La Gaceta, demostrando su militancia oficial rosista aún, le destinó al padre de la Constitución Nacional, en junio de 1851, estos piropos: loco, traidor, salvaje, unitario, inepto, anarquista feroz, tránsfuga, despreciable, hipócrita, alma envilecida, imbécil, réprobo, impío, miserable, burro, pigmeo, macaco, necio, pérfido, bellaco, bribón, asesino, degollador, monstruo, leproso, cobarde, desertor, parricida, reptil, sacamuelas. “Los insultos –señaló Mayer– se empleaban para rebajar al adversario y aglutinar a los simpatizantes. Lo curioso es que después de Caseros y la revolución del 11 de septiembre de 1852, la prensa porteña, ya sin Rosas y encolumnada con firmeza en las ideas del progreso, la institucionalidad y el orden en la libertad, no cambió en nada el tono empleado para referirse a Urquiza.” Habría que precisar que Urquiza no era el destinatario del triunfo, sino Mitre. Y respecto de él no se escucharán es- tos epítetos. Cada época de enfrentamientos en el país estuvo signada por un lenguaje estigmatizador, por la definición de un rasgo moral del adversario que devenía enemigo u opositor. El estigma en el siglo XX llegó a ser un tema de la psicosociología, y en el siglo XXI, un arma del lenguaje de la llamada biopolítica, entendida como una sociedad que define, nombra, denomina a aquellos que deben sobrevivir o deben ser excluidos. La biopolítica tiene una lengua: el estigma. Es la grieta imposible de sellar cuando se trata de un lenguaje propio que pone de manifiesto, como un cartel identitario, que quien se denomina posee, en forma real o imaginaria, a los ojos de los demás, un rasgo o una identidad negativa. Es una tarea pendiente armar un diccionario de la lengua de la grieta en el siglo XX argentino. Los “cabecitas negras”, la “chusma”, “los gorilas”, “los garcas”, durante las batallas del peronismo y el antiperonismo. Más acá en el tiempo, la oposición al kirchnerismo devenida neoliberal y macrista en lo político llamó “Negrópolis” a Tecnópolis; llamó “yegua” a la presidenta; “choriplaneros” a quienes necesitan un plan social; “kakas” o “kukas” a los militantes kirchneristas. Y ahora, “globoludos” y “chetos del orto” a los macristas. La lengua del odio de clases se extiende a otras esferas: los “mapuches terroristas”; las “feminazis”… Se reaviva la grieta porque lo que está en juego es un reformateo de la Argentina por parte de la banda de capitalistas financieros que está a cargo del Estado para liquidar derechos económicos, sociales y huma- nos conquistados. Terminar con la expresión lenguaraz de la grieta no es un acto de voluntad, como piden alarmados algunos intelectuales de Pro. Ocurrirá, tal vez, cuando termine el actual saqueo neoliberal.

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