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EL ORDEN QUE PRODUCE MONSTRUOS

La derecha hace estragos en América latina con Bolsonaro a la cabeza. En Europa no sólo se consigue sino que se esparce como un virus: xenofobia, discriminación y racismo, las formas del odio más puro que triunfan en las urnas.

Por Telma Luzzani. Hace pocos años nadie podía imaginar que las proclamas xenófobas del ultraderechista Jean-Marie Le Pen o de su hija Marine, en Francia, podrían convertirse en política de Estado. Tampoco concebir que, en Alemania, después de los horrores del Holocausto, el racismo y la discriminación podrían reaparecer con fuerzas renovadas. Ahora no son los judíos los sujetos del odio. Son los refugiados y los inmigrantes (sobre todo si son musulmanes), aunque estos huyan hacia Europa por culpa de las guerras que los europeos y estadounidenses han desatado en sus países de origen, como sucede con los libios o los sirios. En América latina, el triunfo del extremista Jair Messias Bolsonaro en las elecciones presidenciales de 2018 en Brasil es más que un toque de atención. “El sueño de la razón produce monstruos”, tituló Goya uno de sus famosos aguafuertes. La frase encabeza un artículo publicado el pasado 14 de abril en el diario francés Liberación, donde dos brasileños –la filósofa exiliada Márcia Tiburi y el juez Rubens Casara– advierten sobre el infierno que está por desatarse en nuestra región con el avance de la ultraderecha. Militar mediocre, Bolsonaro defiende públicamente la tortura y el homicidio a los opositores, se ufana de ser ignorante, homofóbico y misógino y declaró, abiertamente, una caza de brujas contra el pensamiento de izquierda.

EL VIRUS DEL ODIO

El mismo domingo 14 de abril hubo elecciones en Finlandia. La socialdemocracia obtuvo 17,7 por ciento de los votos y los ultraderechistas Verdaderos Finlandeses casi empataron con un 17,5. El partido conservador gobernante salió en tercer lugar. Los xenófobos Viktor Orbán (Hungría) y Matteo Salvini (Liga Norte, Italia) ya se encuentran en el poder gracias al voto popular. El Frente Nacional de Marine Le Pen, Alternativa para Alemania, Vox (España) y los Demócratas de Suecia, todos xenófobos y anti Unión Europea, han crecido de forma exponencial. El multimillonario racista estadounidense Steve Bannon está trabajando desde hace meses para formar lo que podría llamarse una poderosa “internacional de extrema derecha”. El objetivo inmediato es lograr un bloque mayoritario de esta orientación dentro del Parlamento Europeo (eso podría suceder en las elecciones del 26 de mayo) y, a largo plazo, a nivel global, sumar a partidos ultraderechistas de EE.UU., Israel y ciertamente Brasil. La organización política creada por Bannon se llama El Movimiento, tiene sede en Bruselas y su orientación ideológica se reconoce como “alt-right” o derecha alternativa. (Con mucha malicia y ánimo de confundir, los medios hegemónicos describen ese movimiento como “populista”. Es incorrecto: sus propuestas son lisa y llanamente de extrema derecha.) Bannon fue asesor de campaña presidencial de los presidentes Donald Trump (EE.UU.) y Bolsonaro. Además, como católico, tiene lazos muy estrechos con el cardenal estadounidense Raymond Burke, que lidera la guerra contra el papa Francisco en el Vaticano, y preside la fundación Dignitatis Humanae. Ambos, Burke y Bannon crearon un centro de adoctrinamiento de ultraderecha, a 120 kilómetros de Roma, en un monasterio del siglo XIII en Trisulti, con el fin de formar adeptos y globalizar sus ideas. ¿Cómo es posible que antivalores como la xenofobia estén no sólo siendo tolerados en los discursos y conductas europeos sino además expandiéndose?

Franco Delle Donne, egresado de la Universidad de La Matanza y doctorado en la Universidad Libre de Berlín, ha estudiado en profundidad el tema. “La xenofobia sigue estando mal vista en países como Francia o Alemania. Lo que cambió es que determinados mecanismos de castigo o control social que impedían esas posiciones discriminatorias se debilitaron y estos grupos racistas han logrado conseguir una voz que antes no tenían”, explicó.

DESINFORMACIÓN CÓMPLICE

“Cuando cayó la Unión Soviética, en 1991, se creyó que venía un nuevo tiempo de prosperidad. Eso no pasó. Peor aún, la globalización dejó muchos perdedores, grupos muy frustrados en relación a lo que se había prometido”, agregó Delle Donne, que junto a Andreu Jerez coordinó el libro Factor AfD. El retorno de la ultraderecha a Alemania, donde analizan ese fenómeno en catorce países. En su análisis, señalan los mecanismos discursivos del miedo y del odio (que se retroalimentan) y la profusión de elementos binarios, como amigo/enemigo. Lo impactante, subraya el académico argentino que vive en Berlín, es que esa competencia social que se establece con esos grupos vulnerables en el plano discursivo no se condice con la realidad. “Por ejemplo, en Alemania decían que desde que llegaron los migrantes, en 2015, había subido la criminalidad. Y en efecto fue así, pero resulta que cuando se buscaba quiénes eran los criminales (porque la policía tenía esos datos aunque las encuestas xenófobas no los daban), más del 90 por ciento eran alemanes. Tenemos entonces dos datos ciertos (aumentó la inmigración y aumentaron los crímenes) pero uno no es consecuencia del otro. Los dos datos se conectaron maliciosamente para dar una información falsa que se repite sin chequear.” El rol de los medios y las redes sociales es fundamental ya que se le da verosimilitud a esa información porque generalmente uno lo recibe de alguien de confianza. “Estamos muy expuestos a la desinformación, a consumir elementos falsos y también a la sobreinformación. El gran peligro es que hoy no tenemos capacidad ni tiempo de procesar todo lo que estamos consumiendo”, advierte el especialista. ¿Por qué es más exitoso y permea con mayor facilidad, en todas las clases sociales, el discurso del odio al diferente y no el de la solidaridad?, quiso saber Caras y Caretas. “Porque ese discurso da respuesta a la desigualdad que sienten, porque les permite vehiculizar sus miedos y sus frustraciones”, respondió Delle Donne, y ejemplificó con Alemania. “La reunificación permitió que los habitantes del lado comunista mejoraran su calidad de vida, pero ellos siguen sintiendo que no se cumplieron sus expectativas, que siguen siendo ciudadanos de segunda, que no son valorados y que cuarenta años de su experiencia cultural no valió para nada. Eso ha generado resentimientos no resueltos que no están relacionados con cuestiones materiales sino simbólicas.” El vínculo entre el crecimiento del odio, el racismo y la extrema derecha está íntimamente vinculado al triunfo del neoliberalismo. Lo dice claramente la psicoanalista argentina Nora Merlin, magíster en Ciencias Políticas: “Neoliberalismo y odio operan juntos ya que, si el éxito de ese sistema está vinculado a la permanente exclusión de las mayorías, hace falta un consenso social obediente y uniforme que, tomando consistencia en el odio-pasión, esté dispuesto a la ofrenda sacrificial de una parte de la sociedad a la que segrega para beneficio de otra minoritaria”.

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