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UN ESPEJO DE LO REAL

Por Alejandro Tantanian

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Lo que aquí sigue es discontinuo y fragmentario. Escribo a partir de los contemporáneos que escriben. A ellos va mi agradecimiento.

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Cada uno de ustedes debería preguntarse: ¿desde qué lugar este que escribe dice lo que dice? En este campo (y en cualquier otro) no existe la objetividad. La construcción de un discurso es parte de una subjetividad. Es por eso que pido que lo que de aquí en más se cifra en papel sea leído como una mirada posible, una (subjetiva) descripción, y nada más.

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Se nos ha dicho una y mil veces: el escenario es un recorte.

Decimos entonces: la dramaturgia es la tijera que decide el contorno de la escena, las palabras son los filos que, bajo la acción del autor, determinan el límite.

¿Cuáles son hoy esas palabras? ¿Cuáles son los límites? ¿Cuál es el paisaje convocado por la escena? Lejos estamos hoy del Theatrum Mundi shakespeariano. Aquella premisa del mundo como escenario ha quedado hoy relegada a otros medios, a otra manera global (certera e infeliz coincidencia entre el nombre del teatro en el que Shakespeare pasó varios de sus años profesionales –The Globe– y la palabra que nos quieren endilgar como nueva pero que tiene, como mínimo, 500 años: fecha en que la conquista y el capital entraron en provocativo y fértil matrimonio) de entender la realidad. La ficción es real en la matrix. ¿Qué queda, entonces, para el escenario?

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El denominador común que atraviesa la totalidad de los procesos históricos de nuestro país es que ninguno llega a su fin, ninguno finaliza ofreciendo, así, el espacio al que sigue. Esta ausencia de radicalización, esta suerte de condensación falsa de cada situación política nos lleva inexorablemente a la eterna repetición: todo reaparece, todo vuelve para intentar un final. Pero los finales tampoco llegan en la segunda, tercera, cuarta o enésima aparición del mismo síntoma. No hay final, entonces: sólo repetición. Lo nuevo, entonces, como síntoma de la repetición. Lo nuevo, sí, entonces, provocando una cuña en el paisaje de lo repetido.

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En los escenarios argentinos hace ya algunos años que “lo real” ocupa un lugar central en las poéticas escénicas. ¿A qué puede deberse esta elección? ¿Por qué la dramaturgia opta por la construcción de un lenguaje que convoque (casi sin evocación) “lo real”?

La construcción de lenguaje es uno de los motores pulsionales de la escritura teatral. La devaluación de las palabras en su concepto de literatura (como “arte”) lleva a la estructuración de una voz que se aleja de lo literario y se acerca a “lo cotidiano”. El teatro –si bien repite el esquema que le dio forma a fines del siglo XVIII: el espacio de la escena como un instrumento de la burguesía, un espacio de adoctrinamiento burgués, un espacio donde “lo real” se plasma para distracción, entretenimiento y reflexión de las clases medias– hoy intenta, sin desmadrar sus formas (¿será esto alguna vez posible?), ser un espejo de lo real. Pero lo que torna profundamente atractivo el paisaje de los escenarios argentinos es que esa realidad que se lleva a escena está basada en nuestra realidad, y nada más falso ni más arbitrario que nuestra realidad. ¿Se puede seguir hablando de lo real en una sociedad desbordada por la representación? Tal vez el teatro deba dejar de posar su mirada sobre lo real que construye ficción para posarla sobre la ficción que construye realidad. Lo nuevo entonces sería, quizá, abandonar los escenarios y crear un espacio indeterminado en donde los bordes se esfumen, en donde el teatro pierda su antigua especificidad para devenir realidad.

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