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¿TEQUILA O CACHAÇA?

Todo indica que la llegada de Bolsonaro a la presidencia de Brasil atentará contra la integración regional, en la misma línea que el gobierno de Macri. AMLO en México podría resultar un guiño para la oposición argentina y beneficiaría a Venezuela con una política de no intervención.

Por Néstor Restivo. Las dos economías más grandes de Latinoamérica giraron de rumbo político y económico a fines de 2018. En Brasil, ganó la propuesta neofascista de Jair Bolsonaro, en unas elecciones del todo viciadas que coronaron una secuela iniciada con un golpe parlamentario y seguida del encarcelamiento del principal candidato electoral, ambos hechos ilegales e ilegítimos pero avalados por una clase política, judicial y mediática impresentables. Eso hizo ingresar al coloso regional en una era indescifrable. En México, al contrario, se terminaron décadas de dominio neoliberal para dar lugar a la expectativa de cambio con un gobierno nacionalista y de centroizquierda, también abriendo un ciclo difícil de pronosticar en sus resultados, dada la magnitud de los desafíos que tienen las nuevas autoridades para reconstruir un Estado corroído. En el mejor de los casos, se espera que las transformaciones sean graduales. ¿Cómo impactarán ambos cambios de viento, tan disímiles, en el resto de América latina?

LA DERECHA RECALCITRANTE

Bolsonaro modifica el cuadro regional. Es cierto que este ya había girado a la derecha con los triunfos de Mauricio Macri en la Argentina, Sebastián Piñera en Chile e Iván Duque en Colombia, pero por el peso de Brasil, la forma del viraje y el involucramiento incluso militar, el caso brasileño puede tener consecuencias inesperadas en el Cono Sur. Una es sobre el acoso a Venezuela, donde México presenta un contrapeso (como veremos más adelante), pero Brasil tiene una frontera directa en la Amazonia, zona de biodiversidad que ahora corre riesgo con la postura anti cambio climático que, como Donald Trump, expresa Bolsonaro, haciendo temer una mayor devastación.

Si la llegada de Macri y sus pares de derecha ya comenzó a arruinar el Mercosur, la Unasur, el Consejo de Defensa Suramericano y otras instancias de integración regional, Bolsonaro augura una profundización de ese desarme que él calificó falsamente de “sin ideologías” en su discurso inaugural. Incluso a nivel binacional, la Argentina y Brasil habían logrado desde 1986 (acuerdos Raúl Alfonsín-José Sarney) edificar confianza y llegar hasta el Mercosur a partir del acuerdo de mutuo control atómico, para deconstruir la hipótesis de guerra que los había distanciado en décadas anteriores. ¿Se alterará esa confianza? Hay que considerar, asimismo, las ideas del canciller Ernesto Araújo. En diciembre, el diario Folha de São Paulo reprodujo un artículo reservado del diplomático en el cual pide dar “respuesta al eje globalista China-Europa-izquierda americana”, tomando partido por uno de los clivajes posibles del análisis de las relaciones internacionales actuales: la disputa “globalistas” versus “nacionalistas” centrada en, pero no únicamente, los Estados Unidos y el gobierno de Trump. Araújo propone “utilizar los organismos financieros internacionales para frenar la creciente dependencia de los países en desarrollo en relación al capital chino. Girar el juego de la globalización contra China”, un tema difícil dadas las fuertes relaciones que tejió la economía brasileña con la del país asiático. Y, más importante para América latina, postula la “liquidación del bolivarianismo en las Américas”, imaginando a un Brasil comandando un “proceso de deslegitimación del gobierno de Maduro en Venezuela y presión total, junto con EE.UU., para su sustitución por un régimen democrático”. La visita del premier israelí Benjamín Netanyahu a la asunción de Bolsonaro agrega temores de acuerdos bélicos. Y va cimentando una especie de internacional de la nueva derecha en la que ya trabajan funcionarios neoconservadores de EE.UU., Europa y otras regiones.

En lo económico, Santiago Bustelo, doctorando en Relaciones Internacionales en la Universidad de Fudan, Shanghái, y ex coordinador de Análisis del Consejo Empresarial Brasil-China, cree que “básicamente hay dos variables que pueden afectar a la Argentina de forma directa y a la región en general. La primera, el desempeño del PBI brasileño en los próximos años, en especial en 2019. Brasil creció apenas uno por ciento en 2017 y habría crecido 1,4 por ciento en 2018, ha estimado el Banco Central, que prevé un crecimiento de 2,5 por ciento para 2019. Aunque se expanda algo en función del propio movimiento cíclico, en un contexto de ajuste fiscal, reformas pendientes, bajo crecimiento global e incertidumbre política, no apostaría en una gran recuperación a corto plazo”. Y está la cuestión del Mercosur. “El futuro superministro de Economía, Paulo Guedes, dejó claro que el Mercosur no será una prioridad. Es posible –señaló Bustelo para esta nota– que la apuesta de Guedes ensaye una apertura comercial a través de nuevos acuerdos. Eso exigiría algún tipo de modificación a la Unión Aduanera actual o reforma o reorientación del Mercosur” en términos de aumentar las posibilidades de firmar nuevos pactos, incluso permitiendo que pueda hacerlo cada socio por sí, o reducir tarifas. “La cuestión afectará de un modo u otro la estrategia de inserción internacional argentina”, dijo.

UNA IZQUIERDA MODERADA

En cuanto a México, el canciller Marcelo Ebrard, ex jefe de Gobierno de Ciudad de México, es un político que pasó por diferentes partidos (el PRI y el PRD, entre otros) hasta ganarse la confianza de Andrés Manuel López Obrador, o AMLO, como lo llaman en México. Formado en los prestigiosos Colegio de México y Escuela Nacional de Administración de Francia, es un político de raza y dirigirá una cartera clave por la relación crucial con los EE.UU. Pero la Secretaría de Exteriores no será prioridad, tal vez con la excepción de la cuestión de los migrantes centroamericanos, sobre quienes se busca un abordaje diferente y de mayor consenso, al lado de otras más ligadas a la cuestión social, en un país con una deuda doméstica tan colosal.

Caras y Caretas consultó a Roberto González Amador, editor jefe de Economía del diario La Jornada, y a Esteban Zottele, de la Universidad Veracruzana. Para el primero, “hay en marcha un cambio de régimen, no sólo de gobierno. AMLO dijo que acabaría con 34 años de políticas neoliberales. Pero su programa económico 2019 mantiene las principales variables macroeconómicas de estos treinta años, en especial el equilibrio fiscal y la generación de un superávit primario para reducir el monto de deuda en el PBI. En México, la política monetaria es responsabilidad del Banco de México, autónomo del Ejecutivo; esa seguirá igual”.

Zottele coincide en que en el plano económico y fiscal, donde es “muy regresivo” el esquema de impuestos, “no habrá grandes cambios, aunque sí en materia de deuda social, con ayuda a estudiantes y jubilados, por ejemplo”. También ahí hay coincidencias, porque para González “el principal cambio es la orientación al mercado interno, con un aumento en el gasto público en infraestructura y en las empresas estatales de energía, como son Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad, así como transferencias directas a grupos vulnerables: ancianos, estudiantes de universidades públicas y a jóvenes que no tienen empleo ni cursan estudios”.

¿El giro político en México tendrá efectos en la región? Zottele cree que cambiará la postura mexicana en la ONU, con mayores márgenes de soberanía y autonomía nacionales, y “sobre todo se recuperará la tradición de no intervención en asuntos de otros países: no se acompañará ninguna postura contra Venezuela”. Y que habrá que seguir de cerca el conflicto EE.UU.-China, los mayores socios de México: “Eso será más determinante en las cuestiones regionales que cualquier cambio de gobierno puntual. Por ejemplo, aunque México pueda involucrarse en alguna obra de infraestructura regional con participación china, no lo hará si eso entra en conflicto de intereses con los EE.UU.”. Odebrecht es un ejemplo del tamaño de esa disputa.

Según el editor de La Jornada, “AMLO dijo que diversificará las relaciones económicas de México, hoy centradas en los EE.UU. (con el cual realiza 85 por ciento del comercio exterior). Pero no lo veo muy interesado en involucrarse en procesos como TPP, Mercosur u otros; el gran desafío es con su política interior.”

Entre otras razones, Bolsonaro prendió por su discurso sobre la inseguridad. Y AMLO, por su compromiso a enfrentar al crimen organizado. Brasil y México comparten tasas enormes de crímenes. La prepotencia militarista y violenta del líder brasileño ofrece también el efecto espejo en varios ultraderechistas del Cono Sur, incluido argentinos, o el chileno Piñera asumiendo esa agenda y sacando a Chile del Pacto Mundial de Migraciones. Y AMLO, que no fue a la jura del brasileño, tendrá la oportunidad de ofrecer a la izquierda latinoamericana un abordaje diferente para la seguridad ciudadana.

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