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Caras y Caretas

           

Rutas argentinas

Con la producción de Gustavo Santaolalla, León recorrió los confines de la patria para mostrar la esencia de la música argentina.

De la nada. Como suele pasar, los proyectos más enormes surgen de la nada. Así definió León Gieco a la titánica tarea que marcaría un antes y un después en su vida artística: De Ushuaia a La Quiaca.

“Salió de la nada, de momentos de bajón e incertidumbre”. En 1985, León venía mal: “Después de la guerra de Malvinas habían mandado un decreto para que Solo le pido a Dios se pasara en las radios casi de prepo, después de que la prohibieran en 1978. Estuve tres años boyando, no sabía si tenía que abrir una verdulería o qué, y De Ushuaia a La Quiaca me salvó”.

Más de 3700 kilómetros separan los puntos más extremos que conectan al norte y sur del país. Aunque los recorridos fueron muchísimos más. Pero ese proyecto no tuvo nada de solitario: otra figura fue tan clave como León. La compañía grabadora lo presionaba para que grabara algo, pero el músico no tenía ningún tema. Entonces lo llevó a Sixto Palavecino (que en ese momento además era peluquero) para grabar. Le dijeron que estaba loco y llamaron a Gustavo para que fuera en su ayuda.

Gustavo es Santaolalla. La idea le salió mal a la discográfica porque ambos pensaron algo que terminó siendo mucho más difícil, ambicioso y costoso: “Veinticinco personas recorrimos el país buscando nuestra música. Esto íbamos a buscar nosotros: los manantiales de la música”.

Vidalas, carnavalitos, populares andinos, yaravíes, tonadas, bagualas, cantos con caja. El proyecto terminó siendo un registro documental y etnomusicológico. Curiosidad, ganas de aprender de maestros invisibilizados en los rincones de la patria. Entre 1985 y 1986 se dieron a conocer tres álbumes con buena parte del material. En los 2000 se reeditó la obra en CD con un cuarto volumen y un libro que selecciona imágenes entre las casi nueve mil que tomó Alejandra Palacios —pareja de Santaolalla— en aquella travesía que marcó un antes y un después en sus vidas.

León solía citar a Cabral para explicar la iniciativa: “Facundo dijo: ‘Es muy diferente cantar una zamba en un décimo piso que debajo de un ombú’”. Gustavo graficó: “Somos gente que hace música por necesidad de seguir vivos”.

El primer disco incluye clásicos como Carito y Esos ojos negros: “Esos ojos negros que miraban la poca esperanza del país, también se aprovecharon de la fe y la voluntad de vivir”. El proyecto fue grabado “con elementos tecnológicos de avanzada”, según aclaró Santaolalla. Baterías digitales, sampling, una consola de 16 canales; hacían clips, contaban con “una cabeza holofónica” para capturar el sonido en 360 grados (como captaría una cabeza humana) y “tener una imagen sónica” completa de lo que pasaba.

“Descubrimos cosas maravillosas. Una vez estábamos tocando con Gustavo Solo como el cardón y cuando fuimos a mezclar el audio encontramos un ruidito muy agradable. Era un pajarito”, relató León. “Cantaba con ellos, haciendo pi-pi en los silencios. Era un crespín, un pajarito muy inteligente y muy musical de Santiago.”


UNA RADIOGRAFÍA DE LA MÚSICA POPULAR

Alejandra Palacios, la fotógrafa del viaje con apenas 22 años, portaba una Nikon F3, usaba cinco rollos por día y sacó más de nueve mil fotos. “En los momentos en que volvía a Buenos Aires ahí revelaba y era un shock –contó en Órbita Podcast–. En los viajes iba un equipo de video, micrófonos por todos lados, y en lugares donde no había electricidad llevábamos un generador que había que poner lejos por el ruido. Debía hacer mi trabajo en el mayor silencio. En esa época además la cámara hacía mucho ruido, con el clic. El trabajo era la transparencia, sin alterar”.

En el proyecto aparecieron algunos de los principales referentes de la música popular argentina: la familia Carabajal en pleno en su casa de Santiago —desde Carlos, “el padre de la chacarera”, hasta una niña Roxana—; Elpidio Herrera, el inventor de la sachaguitarra (cruza de mandolín y guitarra) en el monte de Atamisqui; El Cuarteto Leo; la chilena Isabel Parra, haciendo junto a Gieco su tema En la frontera frente al canal de Beagle, en Tierra del Fuego, plena dictadura de Augusto Pinochet; y una canción de Violeta Parra, madre de Isabel (“por un puñado de tierra no quiero guerra”).

También participaron músicos tan virtuosos como creadores: la coplera Gerónima Sequeida en las ruinas de los indios Quilmes, la banda de sicuris Los Veteranos de Tilcara y la Banda de Monteros de Tucumán, entre tantos otros.

Hubo shows en tarimas, en carpas, estaciones de tren, en valles y cementerios; hasta en el campo de la mismísima familia Gieco, en Cañada Rosquín, Santa Fe. En uno de los audiovisuales se escucha al locutor: “El León Gieco y El Cuarteto Leo juntos. En caso de mal tiempo el espectáculo se realizará en el Club Atlético Flor de Ceibo. Entrada general: un austral con cincuenta centavos”.

Hay perlitas inolvidables e icónicas. Cuchi Leguizamón, emblema de nuestra música y sin embargo desconocido para la mayoría por haber grabado muy poco de lo que compuso, registró Maturana al piano, un blues folklórico. El norte en estado puro. Una herida hecha zamba, que se vuelve luz y eclipsa. Otra gema suya: Me voy quedando.

El acordeón de un jovencísimo Antonio Tarragó Ros con Isaco Abitbol a la vera del río Miriñay, dándole el color a Cachito, un clásico del proyecto.

Leda Valladares ya era una maestra de la copla, la emoción y el canto con caja, y ya había creado esos documentos nucleados bajo el Mapa Musical Argentino, cuando en De Ushuaia a La Quiaca se puso al frente de una experiencia con 1500 niños de entre 9 y 12 años y 40 maestras, cantando al unísono en el anfiteatro El Cadillal, en Tucumán.

Como lo describieron los mismos León y Gustavo, cantando bagualas Leda inventó una manifestación musical de arte conceptual como el canto colectivo.

En estos tiempos en los que Google y las redes dan la ilusión de acceder a todo, mientras las tendencias y los algoritmos generan que la mayoría escuche lo mismo esté donde esté, ahí emerge De Ushuaia a La Quiaca. Para demostrarnos que hay un país enorme, con sus culturas, manantiales y sonidos que merecen ser vividos.

Que siempre y en todo lugar, la música nos une. Y que, como los propios protagonistas reafirmaron: “El viaje todavía no terminó”.

Escrito por
Gustavo Sarmiento
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