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Caras y Caretas

           

“Las telenovelas argentinas siempre tuvieron autores de excepción”

Nora Mazziotti, profesora de Letras y especialista en ficción audiovisual, reivindica el peso de los grandes autores argentinos en la historia del género. Habla de Alberto Migré, Nené Cascallar, Abel Santa Cruz y Celia Alcántara, y de la proyección internacional de sus historias.

Es profesora de Letras. Ejerció en la UBA, la UNA y la UNLaM, y en universidades del exterior. Sus estudios especializados sobre la historia de los medios, la ficción audiovisual y las telenovelas la erigieron en referente intelectual ineludible a nivel local e internacional a la hora de analizar la televisión argentina. Es autora de Soy como de la familia. Conversaciones de Nora Mazziotti con Alberto Migré, La industria de la telenovela. La producción de ficción en América Latina y Telenovela, industria y prácticas sociales. Compiló El espectáculo de la pasión. Las telenovelas latinoamericanas y es editora y autora de Se paraba el país. A 50 años de Rolando Rivas, taxista.

–¿Cómo fueron los orígenes de las telenovelas en la Argentina?

–En Argentina se hacen novelas desde los años 50, muchas de ellas basadas en argumentos que antes habían sido radionovelas. Al contrario del caso mexicano, el problema de las telenovelas argentinas era que solo servían para consumo local. Se decía que no gustaba el acento argentino, pero en realidad no había la calidad técnica necesaria para el mercado internacional. En sus programas de humor, el Negro Olmedo solía burlarse y poner al descubierto que los decorados eran tan truchos que se caían, que los picaportes de las puertas te quedaban en la mano. En las telenovelas también pasaba eso: los decorados eran muy precarios, casi de telgopor. La telenovela terminaba encerrada en dos o tres decorados, repetitivos en los diferentes teleteatros. Había una escalera o un termo verde en Canal 9 que se usaba en todas las telenovelas (risas).

–¿Por qué entonces la telenovela argentina alcanzó prestigio en toda Latinoamérica?

–Porque siempre tuvimos autores de excepción: Alberto Migré, Nené Cascallar, Abel Santa Cruz, Celia Alcántara, entre otros. Entonces, lo que en ocasiones se vendía al exterior eran los libretos. Así, la impresionante industria de Brasil basada en las telenovelas, que perdura hasta hoy, empieza con un libro argentino porque la primera novela diaria brasileña es una versión de 0597 da ocupado, de Alberto Migré. Hubo un momento en que el 80 por ciento de las telenovelas de Televisa en México estaban basadas en libros de Abel Santa Cruz. Simplemente María, de Celia Alcántara, que después va a ser Rosa de lejos en 1980, se vendió por toda Latinoamérica.

–¿Cuál es la edad de oro de las telenovelas?

–El salto cualitativo lo marca La extraña dama, con Luisa Kuliok y Jorge Martínez, en 1989, porque es la primera telenovela pensada para ser exportada al mercado internacional. Hasta el momento, solo México exportaba telenovelas. En 1989, Omar Romay, el hijo de Alejandro, que estudió en Estados Unidos, le mete mucha plata en producción. Se empezaron a hacer novelas con la pretensión o intención de ser vendidas al exterior. Con respecto a los libros, de golpe es un retroceso porque se habla en neutro como condición. Pero, en cuanto a realización, era maravilloso, porque había exteriores, vestuarios, iluminación y buenos decorados.

–¿Qué nuevas etapas empiezan ahí?

–La extraña dama fue un punto de inflexión. Se traduce a varios países y abre mercados y la posibilidad de producciones con acuerdos internacionales. Entonces, en la década del 90, Andrea del Boca, con guiones de su cuñado Enrique Torres, introduce un tipo de heroína diferente, más lanzada, con más humor, y se empiezan a vender sus telenovelas en Italia e Israel. A su vez, tras la disolución de la Unión Soviética, en diecisiete países el público ruso se hartó de ver programas políticos y comenzó un auge telenovelero: a Andrea, a Verónica Castro y luego a Natalia Oreiro las reciben con honores de jefe de Estado. Las telenovelas devienen fenómeno cultural global. Hacia fines de los 90, con Chiquititas o Rebelde Way, Cris Morena crea un mercado juvenil de las telenovelas que antes no existía. Las telenovelas juveniles anteriores, tipo Pelito, Clave de sol o Montaña rusa, u otras de Maestro y Vainman, las podía ver toda la familia. Con Cris Morena aparecen nuevos temas más jugados y, además, el combo de las bandas musicales. En Brasil, en los colegios privados que no precisan de uniforme, los jóvenes iban con el uniforme de los estudiantes de Rebelde Way.

–¿Cuáles son los tópicos que perduran de las telenovelas?

–Sin dudas, la historia de amor entre opuestos y la búsqueda de la identidad. La clase social siempre estaba presente: mujer pobre y hombre rico, generalmente. Antes, con eso bastaba. Después aparecen ingredientes policiales o políticos.

–¿Cuáles son las telenovelas emblemáticas de cada década?

–En los 60, El amor tiene cara de mujer y Simplemente María. Nené Cascallar es una figura fascinante, una mujer lisiada que, desde su silla de ruedas, construye el star system argentino. Ella eligió a Rodolfo Bebán y hasta hizo que se operara la nariz. El amor tiene cara de mujer es una observación del género femenino de los 60: viudas, divorciadas, adolescentes que hablan de la situación de la mujer, de la necesidad de formarse y trabajar. En Simplemente María, la mujer se alfabetiza y es independiente económicamente. Las máquinas de coser Singer auspiciaron la novela y se vendieron por toda Latinoamérica. Curiosamente, la telenovela se iba a llamar Cabecita negra, pero Romay no quiso. En los 70, Rolando Rivas, taxista, no porque haya incorporado al público masculino –eso ya lo había hecho Cascallar con Cuatro hombres para Eva–, sino porque aparece como protagonista desde el título un hombre y una profesión, por la química entre los protagonistas. Y porque las telenovelas de Migré siempre tuvieron una poética particular y, a la vez, realista para narrar la historia clásica de amor entre diferentes clases sociales. Otro hito fue Piel naranja porque la historia de amor es entre adúlteros y termina trágica. Migré siempre dijo que no podía haber otro final en el moralista 1975.

–¿Por qué se terminó el auge de las telenovelas y dio paso a las series o a las sitcoms?

–Una de las razones es que se metió Telemundo de Miami en el mercado y empezó a coproducir telenovelas con Colombia y México. Así aparecen esperpentos como Pasión de gavilanes, un exitazo ambientado en un ambiente rural, con énfasis en los torsos desnudos de los varones –en México los llaman encueratrices–, que no tiene nada de rural ni de local. Entonces, por un lado, los yanquis ven el negocio del teleteatro y se meten. Después, la cosa narco o las llamadas narconovelas matan a las telenovelas. Ya no son historias de amor imposible. Son historias de delación, de poder. Se pierde la idea de los arquetipos y los sentimientos congelados propios del melodrama. En el plano local, Polka hizo cosas muy importantes, pero el costumbrismo y las historias corales se alejan de la idea de telenovela. Suelen ser solo personajes de clase media. Cuando Polka hace novelas ambientadas en las villas, como El puntero, degradan a los sectores populares y a la política. También cambió el tiempo y la forma de mirar. Ya no es por capítulos, sino tipo maratón. Por eso, las series son más cortas: Netflix exige ocho capítulos. Sin embargo, los turcos o los coreanos siguen apostando a telenovelas largas y con mucho éxito. Lo curioso es que, cuando se vuelve a lo clásico, con telenovelas con parejas de amor como Natalia Oreiro y Arana o incluso Resistiré, con Echarri y Celeste Cid, o La leona, plenas de venganza y pasión, la fórmula de la telenovela sigue funcionando. Es una lástima que la producción argentina no siga apostando no solo en nombre de la estética y la identidad cultural, sino de la rentabilidad económica.

Escrito por
Adrián Melo
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