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Caras y Caretas

           

Soy un hombre bueno

La vida y la palabra del gran bandoneonista aparecen reflejadas en dos entrevistas fundamentales: una se la hizo María Esther Gilio en 1974 y la otra, de Horacio de Dios, fue publicada un año después de la muerte de Pichuco.

Los testimonios previos al final de la vida, ¿son una semblanza fiel de una persona? Seguramente no. Son más las cosas que dejan afuera que las que pueden capturar. Sin embargo, al transformarse en un documento que capta las últimas palabras de un ser humano –en este caso, uno de los artistas argentinos más importantes del siglo XX– cobran un carácter histórico ineludible.

“Soy un hombre bueno”, resume de forma tan sencilla como profunda Aníbal Troilo. Lo dice en un reportaje que le realizó la periodista uruguaya María Esther Gilio en septiembre de 1974 y que se publicó en la revista Crisis. Faltan siete meses para que Pichuco pase a la inmortalidad. La entrevista trascurre en la casa de Troilo y también participa su compañera de vida, Ida Dudui Kalacci, a quien todos llaman Zita.

Troilo se muestra –así como lo describen casi todos los que lo conocieron– como un hombre básicamente sensible y más preocupado por las relaciones humanas que por cualquier otra cosa. Al ser consultado de forma directa sobre cómo se define a sí mismo, el músico desvía la mirada y responde con una timidez casi infantil: “Creo que soy un hombre bueno. Yo no sé si toco bien o toco mal el bandoneón; pero soy un tipo que no tiene odio, ni rabia, ni maldad. Lo juro por las cenizas de mi vieja. Yo a nadie le deseo el mal, ni al que me quiere mal a mí. Y mire que los hay”.

Los problemas de salud de Troilo ya son evidentes en esa primavera de 1974. Él mismo dice que lo hacen caminar “un poco al bardo”. Sin embargo, mantiene una disciplina profesional. Cuenta que trabaja de forma continua toda la semana, exceptuando los domingos. Detalla el esfuerzo que le demanda cada presentación, aunque las divide en dos partes. “Le voy a alcanzar un detalle. Ayer me hice 55 minutos en la primera vuelta. Después me mandé dos whiscachos y me hice la segunda”.

De inmediato rememora las épocas doradas de las orquestas típicas, donde el ritmo de vida era otro. Pichuco describe cómo la música y el trabajo absorbían absolutamente todo su tiempo, condicionando sus dinámicas familiares y sus pocos momentos de descanso: “Tocábamos hasta que se iba el último mamado. Yo he vivido más con los músicos que con mi mujer. Hasta los domingos al mediodía se trabajaba. El público llenaba las radios. Después, bastante tarde, íbamos a comer ravioles a la casa de doña Felisa, mi madre”.

A lo largo de la conversación se trasluce algo con lo que muchos porteños pueden sentirse identificados, el arraigo por la ciudad de Buenos Aires, la relación casi simbiótica entre la noche porteña, la creación tanguera y la vida bohemia. Era un territorio del que Pichuco nunca quiso alejarse demasiado. Menciona su histórica resistencia a realizar giras internacionales prolongadas. Viajar al exterior no le despertaba entusiasmo. “Al Gordo nunca se le presentó la oportunidad de viajar con toda la orquesta al exterior, pero mucho interés no tenía. Le tiraban mucho las luces de Buenos Aires”, dice Zita.

Pichuco era un gran admirador de Carlos Gardel. Y tira una definición tajante. Subraya la inigualable magnitud del “Zorzal Criollo”: “Mientras exista un disco de Gardel, todos los cantores van muertos porque tenía una pinta de la gran puta”.

La vida bohemia incluía una gran pasión también por varios “vicios”, entre ellos los juegos de azar. Troilo confiesa la cantidad de guita que se patinó. “Entre la rula y los caballos se me fueron las tres cuartas partes de lo que gané”, remarca.

LA VOZ PÓSTUMA

Hay otro documento que contiene las últimas palabras del Bandoneón Mayor de Buenos Aires. Es una entrevista de la revista Gente, realizada por Horacio de Dios y que se publicó luego del fallecimiento de Troilo. El músico está instalado en Mar del Plata, en una casa de tres pisos desde la que se puede ver el mar por las ventanas.

En la charla rememora la historia de otro de sus compañeros de ruta a lo largo de la vida, su bandoneón. “Me habrá costado 40 pesos viejos –cuenta–. Yo lo compré a razón de 120 pesos a pagar 10 pesos por mes. Cuando había pagado cuatro cuotas el tipo no vino más a cobrar. Así que ya ve. Ese bandoneón que ha ganado fortunas costó 40 pesos.”

El apego por ese instrumento comprado para dar los primeros pasos queda claro cuando cuenta hace cuánto tiempo que lo tiene, aunque reconoce que no es el único que utiliza. “Como cincuenta años –dice–. Salió muy bueno. Ha trabajado una barbaridad. Ahora ya lo tengo un poco relegado porque estoy trabajando con otro instrumento un poco más nuevo, aunque todos los bandoneones son viejos.”

“Desgraciadamente –agrega Troilo– el bandoneón es un instrumento destinado a desaparecer. En la Segunda Guerra Mundial bombardearon la fábrica alemana de la Doble A donde se fabricaban acordeones y bandoneones. Como lo que más se vendían eran los acordeones y el único mercado del bandoneón estaba en Argentina y Uruguay, cuando se rehízo la fábrica dejaron de fabricarse.”

Ahora Pichuco gira la cabeza y mira por la ventana hacia el mar infinito. Como si fuera una premonición de lo que ocurrirá poco tiempo después, se refiere, con cadencia tanguera, al paso del tiempo. Dice que ahora pasa más horas del día a solas que en otras épocas y menciona la nostalgia que le provoca los compañeros de ruta que ya han partido.

“Mi mujer me dice a veces: ‘Vos no te das cuenta de que te estás quedando solo. Se te han ido casi todos los tuyos’. Mi familia y mis amigos, los poetas, los músicos, todos los que fueron acompañando mi larga vida. Ya estamos casi solos. Quedamos apenas unos cuantos de aquellos”, dice, como si en algún lugar supiera que lo estaban llamando.

Escrito por
Demián Verduga
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