Afuera, los bombos sonaban incesantes. En el hall del Cine Teatro Belgrano resonaban las vuvuzelas y los cantos. Sobre todo uno: “El que no salta es un inglés”. Allí, sobre el boulevard Santa Fe, la principal arteria del centro de Rafaela, se concentraba el festejo callejero por el triunfo de la Selección argentina sobre Inglaterra. El tradicional desfile de apertura del Festival de Teatro de Rafaela (FTR) había quedado suspendido, pero el azar encontró una ceremonia mucho más poderosa. No hubo tiempo de cambiarse la camiseta, guardar la bandera o dejar de cantar. Los mismos vecinos que unos minutos antes saltaban en el centro de la ciudad ocuparon las butacas del teatro para asistir a la función inaugural de la 21° edición del FTR. Durante algunos instantes costaba distinguir dónde terminaba un festejo y comenzaba el otro. La compañía Urraka abrió el festival con Ta Chapita, pero el espectáculo había empezado antes, en las calles. Desde el escenario, el humor, los colores, la percusión, y algún guiño estratégico insertado con timing y talento por la exquisita compañía porteña, habilitaban esa continuidad.
El Mundial no fue solamente un contexto. Durante cuatro días el teatro logró algo que no habíamos imaginado: no competió con el fútbol, sino que compartió su alegría. El lema elegido para esta edición, “El ritual de la ciudad”, terminó encontrando un sentido inesperado. Por unos días, el teatro absorbió la alegría popular sin intentar domesticarla. Porque el escenario y la cancha fueron, en un mágico tiempo, lugar de puesta en escena de luchas, deseos, imaginarios e ilusiones propias de su época: la justicia, la memoria, la igualdad, la soberanía y la búsqueda de la alegría que, aunque efímera, permitiera sentir el mundo como un lugar mejor.
Los artistas salieron a escena con un público en permanente estado de invocación futbolera. Nunca faltaron la camiseta, el gorro o el glitter. Esa energía encontró múltiples formas de filtrarse durante los cuatro días siguientes: aparecieron guiños mundialistas en los trabajos, camisetas argentinas sobre el escenario, alusiones improvisadas en los saludos finales y un entusiasmo compartido que convirtió esta vigésimo primera edición en una celebración difícil de separar de ese momento que vivía el país.
A pesar de la crisis
La edición 2026 llegó en el complejo contexto que viven las artes escénicas a nivel nacional desde la asunción de Javier Milei. Con dieciocho espectáculos y poco más de treinta funciones, fue más reducida que otras recientes. Esto era comentado, con pesar, por muchos de los rafaelinos, incluso quienes no son público habitual. Pero el entusiasmo y la calidad no se vieron mermadas en absoluto. Todas las funciones agotaron localidades. La organización y la producción de las obras se congeniaron para que pudieran sumarse espectadores sentados en el piso, y el entusiasmo permanente de público en salas, plazas y espacios alternativos confirmó que la propuesta de un festival no se agota en la cantidad de obras. La experiencia popular comprende, como no nuestros funcionarios, a la cultura como un bien común.
En ese marco, y aun con una duración reducida, la programación logró reunir estéticas muy diferentes sin perder una identidad reconocible. Como ya es costumbre, el público disfrutó del clown, la danza contemporánea, el teatro de objetos, la experimentación, el teatro musical infantil y el transformismo, además de las diversas experiencias dramatúrgicas.
Vinculados con las tradiciones del clown y lo circense, varios trabajos de orígenes diversos, en distintos escenarios y para diferentes públicos, siguen mostrando un notable crecimiento al ampliar sus búsquedas hacia otras tramas dramatúrgicas, incluso los clásicos. Proveniente de Casilda, Santa Fe, El gran Merlot aportó magia, malabares y artistas errantes, puesto en un espacio de puro riesgo, como una tarde en una plaza desbordada de público. En el espacio de laboratorios, el dedicado al teatro, que fue coordinado por Agustín Soler, aprovechó un punto de partida en la disciplina para, a partir de las habilidades personales de los convocados, disparar a una obra que va sumando una tras otras piezas, voces, movimientos para destruir y reconstruir la idea de identidad. Ya casi en el cierre la maravillosa Ruin, la decadencia de la belleza, del mismo Soler, con trabajos impecables de Carmen Tagle, Jesica Elois y Lucía Brasa, pone en escena la despedida del payaso, de la máscara y el gag, aunque el espectador luego de ver semejante trabajo intuye que, lejos de un adiós, el protagonista más originario del circo solo tiene por delante siglos de existencia luminosa.

Clásicos y modernos
De clásicos en esta edición pueden rastrearse varios trabajos, ya como textos de base o como recurso inspirador para la creación. De Buenos Aires llegaron Medida por medida (la culpa es tuya), puesta de Gabriel Chamé Buendía que desde lo circense reconvierte el espacio, con mecanismos de aparición y desaparición, transformando la divertida comedia de prohibiciones y tabúes en una sesión de vértigo humorístico; Chejov y su Gaviota fueron parte con Chayka, trabajo de la joven Compañía Labrusca, quienes reponen al autor ruso para repensar la idea de representación y actuación, de imagen y cuerpo, reconfigurando algunos de los sentidos tradicionales en su obra. De Rafaela descolló La casa de Bernarda Alba, que Marcelo Allasino, su director, trabajó sobre los ecos de la tragedia lorquiana en el presente. Con actuaciones deslumbrantes, sostiene plena la tradición trágica, con una puesta espacial impactante, donde se logra construir la profundidad del encierro y del silencio de aquella casa en el espacio propio de la sala de la Sociedad Italiana, sin recursos escenográficos ni parafernalias lumínicas. Una de las tradiciones del FTR son sus laboratorios, espacios de trabajo y búsqueda artística, guiados por referentes de diversas disciplinas y prácticas. El trabajo realizado en el laboratorio de teatro de jóvenes, guiado por el artista cordobés Guillermo Baldo, Nosotras Ofelia, aborda la historia de Hamlet desde un lugar ausente en la obra, el deseo de la joven amada incluso desde su muerte, donde siquiera le ha sido concedida su libertad de huir de Elsinor y de su personal historia trágica.
La muerte, sin la brutalidad del sonido del disparo, pero con la potencia de un testimonio construido simbólicamente con una riqueza que se bifurca para envolvernos, se hizo presente con Voy con mis amigxs a Saturno. Este trabajo de Santiago San Paulo recupera el caso de gatillo fácil de Valentino Blas Correa, asesinado por la policía cordobesa. Desde una conmovedora construcción que no rehúye documentar, poner nombre a las víctimas, repone los sentidos de la muerte atroz. Que el policía despliegue como las “sagradas escrituras” un mapa de la mecánica de su arma reglamentaria, que un aséptico dispositivo mecánico funcione como principio de moral, que el arma sea la palabra divina, nos permite atisbar por qué Blas fue asesinado y por qué se replican tantos casos de gatillo fácil.
Córdoba también estuvo presente con Coyote, háblame de lo que viste, de Cristian Setien y Sofía Vitiello, una performance de danza contemporánea, voz y luz, que resulta fascinante. Atrae desde lo misterioso del universo cinematográfico que asume como sostén del desarrollo, apoyándose en lo visible y lo oculto, una propuesta de cuerpo-imagen explosiva. El policial negro, la policía de frontera estadounidense, la policía conurbana; la imagen de un hombre misterioso, un deseo sensual, la pérdida, la madre, el abandono. El cuerpo y el dolor. Todo expresado con un uso sorprendente de recursos lumínicos, la luz vive en la escena, y la performer bailarina, Vitiello, que muestra gran calidad de recursos para sostener ese misterio, de saber quién nos toca ser en cada lugar.
La triología de trabajos inquietantes se completa con la rosarina La rota madre que te parió, de Gustavo Guirado, la historia de una madre que regresa, una estrella teatral que en su ocaso, cansada, llega al hogar familiar. Allí sus dos hijas adultas, una con una severa discapacidad motriz y otra centrada en su cuidado, no son hijas puramente amorosas ni puramente indiferentes ni puramente reclamantes. La madre nunca es el olvido. La obra es una forma de reconstrucción de una memoria en común y de los sueños individuales como un ejercicio familiar. También es una obra sobre las formas del amor, del deseo, del erotismo femenino y de las tensiones de ser y estar en un determinado paradigma de organización social. El humor es por momentos despiadado. La incomodidad del público frente a la escena, especialmente con el personaje de Aída –un tour de force actoral de Anahí González Gras– es el instrumento que permite desconectar al espectador de cualquier mirada realista, de cualquier interpretación simple, de cualquier búsqueda de verosímil. Un trío actoral impecable, completado por Natalia Álvarez y Claudia Schujman, se distribuye el juego y sucesivamente atrae y repele, seduce y rechaza. El resultado es el aplauso unánime y prolongado.
Terminada la última función, sobre la medianoche del sábado, los bombos del miércoles eran un recuerdo que abrían la puerta a la esperanza en el día siguiente, el de la final. Algo de aquella noche inaugural permanecía flotando en el aire, tanto que la alegría de esa última función (el cierre fue con Medida por medida) parecía confirmar que el teatro había podido apropiarse de la alegría colectiva y hacer de ella materia escénica. Esta fue la confirmación de que el teatro sigue teniendo la capacidad de escuchar el pulso de su tiempo sin renunciar a su propia respiración. Tal vez ese sea, después de veintiún años, el verdadero ritual de Rafaela: reunir a una comunidad alrededor de un escenario para recordarle que las celebraciones también pueden ser un acto de resistencia y que, incluso en los momentos más difíciles, todavía hay historias capaces de convocarnos a mirar juntos en la misma dirección.
