A veces pareciera que quedamos enterrados en un bucle, como en el truco de un mago donde todo vuelve a empezar y nos vuelve a emocionar. O a embroncar. En la Argentina, la magia siempre apareció en formatos raros. A veces vino en una estampita. Otras, en un gol imposible. Y una vez llegó por televisión, cuando Pinky anunció la llegada del color a la pantalla como si estuviera presentando un truco de ilusionismo para un país todavía acostumbrado al blanco y negro.
No parece casual que, algunos años después, apareciera un defensor al que le decían “el Mago”. Oscar Garré, también apodado “Ciruja”, no hacía desaparecer palomas ni cortaba asistentes por la mitad. Su tarea era bastante más complicada: marcar delanteros, sobrevivir a los nervios y tratar de que Diego Maradona pudiera jugar al fútbol mientras el mundo entero quería arrancarle las piernas. Hoy, a meses de cumplir 70, habla pausado, como quien aprendió que los recuerdos no se corren; se caminan. Hace poco, incluso, estuvo cerca de perder todo: “Tenía preparado el traje, el bolso y la valija para ir a Qatar. Ya tenía todo listo. Y de golpe me agarró el dolor. Llegué al living y me tiré al piso.”
El campeón de 1986 sufrió un infarto poco antes del Mundial de Qatar. Le colocaron stents, pasó semanas de recuperación y tuvo que vivir la Copa desde su casa, intentando hacer reposo mientras la Argentina decidía jugar otra final para la eternidad. “Mis hijos me sacaban de adelante del televisor porque me ponía demasiado nervioso. Me iba al fondo a tomar mate solo. El que estuvo adentro sabe lo que se siente”, dice. Y claro que sabe. Porque si Qatar fue una descarga emocional después de la pandemia, México 86 fue otra cosa: una explosión social en un país que todavía caminaba entre las ruinas emocionales de Malvinas, la inflación y una democracia que recién aprendía a respirar sin mirar de reojo a los cuarteles o los Falcon verdes. “Nosotros queríamos la revancha deportiva con Inglaterra. Los jugadores ingleses fueron muy respetuosos. Terminó el partido y vinieron a felicitarnos y a cambiarnos camisetas. Pero nosotros queríamos ganarles en la cancha”, recuerda.
CAMPEÓN DEL MUNDO
Garré llegó al Mundial con casi 30 años. Se había logrado un nombre en la defensa del Ferrocarril Oeste de Carlos Griguol. En 1978 logró con el club el ascenso a Primera División y en 1982 y 1984, los campeonatos nacionales. Hoy es un ídolo de aquel club al que supo dirigir junto a Gerónimo “Cacho” Saccardi. En el club de Caballito jugó 616 partidos y convirtió 16 goles, sumando sus participaciones en la Copa Libertadores, récord máximo en la institución que hoy milita en la Primera B Nacional.
Cuando Oscar cierra los ojos, no piensa primero en el Mundial de México, ni en Maradona ni en el Azteca. Piensa en su padre: “Cada vez que cantábamos el himno se me venía la imagen de mi viejo. Yo lo perdí a los 18 años. Fue el que más quería que yo jugara al fútbol.” Hay una generación entera de futbolistas argentinos construida sobre esa materia prima: padres laburantes, potreros, sacrificios y una cantidad obscena de fideos con tuco antes de los partidos.
Garré también habla de Ferro, desde donde fue elegido para entrar a la Selección, de sus compañeros y de ese vestuario donde Bilardo logró algo casi imposible: convencer a todos de que había que remar para el mismo lado aun cuando medio país los quería afuera antes de empezar el Mundial. Recordemos, antes de levantar la Copa, la Selección era discutida, criticada. El propio Garré era blanco de los insultos. Recuerda el lateral izquierdo: “Había muchos medios enfrentados con Bilardo por el estilo de juego. Pero eso nos unió más. Nosotros estábamos muy juntos.” La clasificación había sido sufrida. Los amistosos previos dejaron más dudas que certezas. Y encima el bilardismo era tratado poco menos que como una enfermedad contagiosa. Hasta que la pelota empezó a entrar. Y entonces ¡apareció Diego!
Aunque para Garré, la grandeza de Maradona no estaba solamente en los goles: “Dentro del grupo era muy humilde. Muy compañero.” Entonces cuenta una escena mínima, casi invisible dentro de la película gigante del 86, pero que explica más sobre aquel equipo que cualquier documental. Garré jugó más de la mitad de los partidos que nos llevaron al título de campeón: estuvo presente en los partidos frente a Corea del Sur, Italia, Bulgaria y Uruguay. Suspendido en aquellos cuartos de final tras ganarle a los orientales, Garré esperaba volver para jugar la final. Pero Bilardo, en una decisión táctica, mantuvo a José Luis Cuciuffo. Cuando le dieron el equipo, se encerró a llorar solo en la habitación: “Lloré como una criatura. De impotencia, de bronca.” El primero que fue a verlo fue Maradona: “Diego vino a hablar conmigo porque sabía que estaba mal. Esas cosas lo hacían grande.”
Hay algo profundamente humano en esa imagen: el mejor jugador del planeta consolando a un compañero que acababa de quedarse afuera del partido más importante de su vida. Tal vez ahí estaba la verdadera fuerza de aquella Selección. No solamente en el talento: “Estuvimos 90 días juntos. Si no nos llevábamos bien, era imposible.” Garré todavía habla de Bilardo con respeto casi como un niño a un padre o un nieto al abuelo. Y siempre lo recuerda como un adelantado: “Nos enseñó que el profesional no es solamente cuando juega. También es en la vida privada, en el cuidado, en la alimentación.”
Él mismo eligió vivir así. Se casó joven, resignó salidas y armó una rutina alrededor del fútbol: “Yo dejé muchas cosas de lado para jugar”, dice sin muestra alguna de arrepentimiento. Hoy observa a los jóvenes con cierta comprensión paternal: “Ahora hay salidas todos los días. Para un chico de 18 o 20 años no es fácil”. Pero tampoco cae en el discurso del exjugador que convierte el pasado en una religión insoportable. Habla más desde la experiencia que desde la nostalgia. Quizá por eso emociona. Porque detrás del campeón del mundo aparece un tipo común. Con dos hijos jugadores y un nieto. Un abuelo que toma mate, que sufrió un infarto, que se preocupa por el país y que todavía no entiende cómo la Argentina puede ser tan rica y vivir siempre al borde del ataque de nervios.
“Conocí casi todo el mundo gracias al fútbol y no me explico cómo no podemos ser un país estable”. Después se ríe un poco. Como si ya hubiera aprendido que en la Argentina la lógica suele perder por goleada. Tal vez por eso el fútbol importa tanto para el argentino promedio. Porque durante noventa minutos todo parece ordenarse. Porque el domingo puede convertirse en patria. Porque un pase filtrado alcanza para reconciliar a millones de personas. Y porque cada tanto aparece un “Mago” que hace creer que todavía existen pequeñas formas de felicidad y de salir adelante más allá de todo.
