El largo pelo gris ya mutó a blanco, a lo largo de 25 años, y la cantautora Florencia Ruiz, de 48, tiene un nuevo disco para celebrar el recorrido: Plateada. Lo compuso en espejo de su primer trabajo, Centro, de 2000, y el rock, el pop, lo experimental y la raíz se combinan, una vez más, en una prolífica y deslumbrante obra sin adjetivos. Así, Florencia Ruiz expande su búsqueda en Plateada, un disco con múltiples invitados ilustres: están Hugo Fattoruso, Fernando Cabrera, Leo Maslíah, Liliana Vitale, Mavi Díaz, Ariel Minimal, Quique Sinesi y Claudio Cardone, entre otros. ¿Cómo mira estos 25 años en el espejo de todo lo caminado?
Primero hay que nombrar a la base que la acompaña: Mariano “Tiki” Cantero (de Aca Seca Trío) en batería y Antonio Druetta en bajo, en cuatro temas cruciales. Y los invitados e invitadas se despliegan en doce temas de amor, y de búsqueda existencial y social, en este diálogo entre Centro y Plateada: “Pude contar con músicas y músicos con quienes siempre soñé tocar y que son parte vital de mi historia. Plateada es el primer álbum que tiene voces invitadas”, celebra Ruiz. Y la cantante, guitarrista y compositora lo presentará el sábado 21 de marzo en el Centro Cultural Thames (Thames 1426, CABA), con varias sorpresas.
Pero, ¿cómo funcionó ese espejo? “Lo que hice fue copiar la estructura del disco Centro: tengo unas canciones que son de banda, otras de guitarra y voz y otras más con otra instrumentación, como arreglos para cuerdas, y a eso lo repliqué.” Y a través del espejo puede ver las diferencias. “En el tema ‘Demasiado frágil’, que es más rockero, vinieron a cantar Mavi Díaz y Liliana Vitale y ellas son el espejo: en mi voz están ellas y un montón de otras cantantes. Y si canto una canción de amor el espejo es muy diferente: hay que pensar que en el primer disco hay canciones que grabé a los 18 años. Yo era totalmente distinta.”
Cada obra tuvo su misterio y su sorpresa (por ejemplo, Hugo Fattoruso sorprendió grabando sintetizador en el primer tema, “Todo lo que dejamos se vuelve extraño”; Fernando Cabrera sumó su voz grave y sorprendente; Leo Maslíah tocó el piano Rhodes y también legó su canto): “Vos invitás a gente que siempre hizo la suya y entonces van a hacer la suya, pero en tu casa. Eso es lo fascinante”, dice Ruiz. Y atesora otra novedad de Plateada: “Gracias a Quique Sinesi pude componer con una guitarra de siete cuerdas. Fue una sorpresa”.
Pero no fue la única en el proceso creativo de Plateada, con el que Florencia Ruiz festeja tantos años de creación independiente, siempre fiel a sus deseos e inquietudes. “A mí me encanta hacer discos –dice–. Hice un montón y grabé en un montón de países en distintas situaciones. También viajé muchas veces a Japón por mi música. En Plateada yo quería a toda costa tener un tema de piano y voz y después me di cuenta de algo interesante: que siempre algo tiene que faltar. Entonces decidí no ponerlo, y eso que era toda una movida, porque lo grababa una amiga japonesa que vive en Nueva York. Pero ella me entendió.”
“Una pared”, el tema de Florencia Ruiz con Fernando Cabrera, salió como adelanto de Plateada. Muchos se emocionaron porque entró en varias listas de Spotify, aunque Ruiz no se enardeció: “Yo sigo en la mía. No estoy con el grito de la moda ni tampoco soy consumidora de todo lo nuevo”. Pero ella misma ofreció nuevos temas y discos durante 25 años. ¿Cómo hizo para ser tan prolífica? “La música es una diosa que pide que resignes cosas –explica–. Aunque creo que el amor por ella ordena todo y decís ‘bueno, no importa’. El haber podido hacer muchos discos tiene que ver con haber podido estudiar e ir paso a paso. Eso fue una gran escuela y yo saqué cada disco sabiendo que era lo mejor que podía hacer.”

Susurros japoneses
Hoy Ruiz se planta en la música con la certeza de lo caminado (“Pude grabar con Leo Maslíah, que era mi sueño desde que tenía seis años, por ejemplo”) y con el esfuerzo inspirador: “Siempre quiero estar preparada y no apurada. Por ejemplo, no me gusta ir a dar una clase si no estudié. No me gusta el chamuyo, pero es algo mío. Y los discos fueron llegando por necesidad, aunque Plateada tiene esto de la celebración y no lleva mi nombre, pero al haberle puesto Plateada es como si lo tuviera. Y por suerte estoy rodeada de gente alucinante. Yo quería que todos estuvieran contentísimos de estar en este disco”.
En estos 25 años, ¿cómo siente Florencia Ruiz su propia forma de cantar? ¿Qué cambió y qué persiste? “Yo nunca había estudiado canto, básicamente por cuestiones económicas –cuenta–. Pero hace seis, siete años que estoy estudiando con Dorita Chávez y pude entender muchísimas cosas: es un trabajo de constancia, de potenciar lo tuyo, y la voz va tomando el perfume de todos los lugares que visitaste.” De hecho “hace muchos años empecé a viajar a Japón regularmente y cuando lo hago tengo treinta o cuarenta shows: no podría cantar todos los días si no tuviera un entrenamiento. Japón me obligó a entrenar la voz”.
Las visitas y los regresos a Japón dejaron múltiples imágenes iluminadoras para Florencia Ruiz. ¿Qué le brindó el país del sol naciente en estos 25 años? “Aprendí a tocar en vivo, porque si un día no lo hiciste tan bien luego tuviste revancha. Eso te permite ponerte en un lugar amable con vos misma”, siente Ruiz. Y dice que “los japoneses son rigurosos: si te dicen a las 9 de la mañana, mejor estate a las 8.58. Pero yo siempre fui medio japonesa en todas esas cosas y soy muy tranquila: no soy preguntona, no me meto, no soy invasiva y soy bastante apática. Entiendo los códigos japoneses y gané bastante solidez para estar allá”.
Y remarca: “Yo soy totalmente japonesa en mis modos. De hecho, toco la guitarra con un amplificador italiano que me dieron en Japón y eso cambió mi sonido. Y la última guitarra eléctrica que me armé tiene componentes japoneses, porque quiero tal sonido y, a la vez, porque las guitarras de fábrica son pesadas para las mujeres. Desde 2008 toco con guitarras de luthier”. En eso, Ruiz piensa en los interrogantes sobre sí misma que en 25 años no pudo responder: “Todos los discos son una nueva pregunta a contestar. La de Plateada fue: ‘¿Podré hacer un disco en espejo?’. Y ahora creo haber tenido la capacidad de lograrlo”.
Sonríe, Florencia Ruiz, pensando en los discos del mañana y en las autoexigencias. ¿Qué ve allí? “Yo siempre escuchaba a Celeste Carballo decir: ‘Ah, a mi mejor disco todavía no lo hice’. Y eso es lo que mantiene que el deseo esté latente. Siempre me estoy haciendo preguntas en todos los niveles. Tengo muchos interrogantes acerca de mi propia existencia, pero la música siempre fue la máxima certeza. Nunca tuve un plan B. Ya cuando estaba en la secundaria estudiaba música: ya entonces iba al conservatorio. Luego terminé la secundaria y fui a trabajar a una escuela rural a dar clases de música. Ahí aprendí un montón de cosas.”
Pero no perdió la capacidad de sorprenderse, incluso al escucharse a sí misma en situaciones inesperadas. “Mi hijo ya tiene 13 años y pasó a segundo año –cuenta–. Pero una vuelta, años atrás, veníamos en el auto escuchando un disco de Axel Krygier, recontentos, en Spotify. El algoritmo linkeó el tema con una canción mía y mi hijo me miró: iba en la sillita de atrás y yo lo miré por el espejo. ‘¡Ay, mamá!’, me dijo. Una no se da cuenta de su propia música, pero luego empezás a entender. Ahora que lo veo de grande, de señora, lo comprendo: nunca trabajé para las masas, pero sé que en esas pequeñas cosas de la música está la respuesta.”
