Historiador, docente e investigador del Conicet, Alejandro Cattaruzza se ha especializado en el estudio de las corrientes historiográficas del siglo XX. Sus muchas obras publicadas incluyen una Historia de la Argentina 1916-1955, que resulta una inestimable carta de presentación para abordar génesis, desarrollo y multiplicidades del peronismo.
–La boleta electoral del primer peronismo incluyó, además del laborismo, a la UCR-Junta Renovadora y a otras agrupaciones menores. ¿Qué significaba cada uno en ese contexto?
–Efectivamente, la candidatura de Perón tuvo el respaldo de varias agrupaciones, algunas formalizadas, otras en cambio apenas reuniones de dirigentes y militantes. Ese rasgo es aún más acusado si se considera el conjunto de los distritos electorales: además del Partido Laborista y la UCR- JR, en algunas provincias se organizaron UCR Yrigoyenistas, todos ellos asumiendo la forma de partido. En la Capital, a su vez, actuó también la Unión Revolucionaria, grupo informal al que pertenecía el candidato a diputado que obtendría más votos, Ernesto Palacio. Desde ya, esa variedad habla también de los distintos orígenes ideológicos de los grupos y de los dirigentes que apoyaban a Perón, así como de sus diferentes trayectorias políticas previas.
–¿Cómo se articuló esta alianza entre actores políticos de diferentes orígenes y estilos?
–La aparición del movimiento liderado por Perón traza una línea nueva de tensión entre bloques que no existían antes: peronismo y antiperonismo, como se los llamaría pronto. Pero esa línea de confrontación no deja a ambos lados bloques homogéneos ideológicamente, ni tradiciones “puras” o trayectorias sin zigzagueos. Deja campos heterogéneos, plurales, donde conviven grupos políticos y culturales diversos, que han estado hasta ayer en posiciones diferentes. Es esa circunstancia la que explica lo heterogéneo del bloque que apoyó a Perón, nota que tampoco estaba ausente en la Unión Democrática.
–¿Qué proyectos se enfrentan en esa elección?
–Una dimensión central de las disputas políticas en general, y electorales en particular, es el diseño del mapa del enfrentamiento y de los contendientes; quien logra tornar verosímil y extender socialmente su visión de qué es lo que está en juego, y qué atributos exhiben quienes se enfrentan, cuenta con una gran ventaja. Creo que el bloque que apoyó a Perón organizó mejor ese mapa de la contienda. Las políticas sociales impulsadas desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, la colaboración con viejos y nuevos di- rigentes gremiales, en buena parte provenientes del socialismo y de los grupos sindicalistas, más los grupos radicales de varios sectores, de larga experiencia en la lucha electoral, parecen piezas importantes para la acción en los comicios, jun- to al peso de la figura del candidato.
–¿Y en el caso de la Unión Democrática?
–Sectores empresariales próximos a ella impulsaron poco antes de la elección un lock-out contra el aguinaldo, y se negaron a pagar un aumento salarial establecido por el gobierno; la UD avaló esas posiciones, concentrada en su eje, la defensa de las libertades públicas. No fue un acierto, de cara a las elecciones.
–¿Qué etapas o grandes ciclos podemos discernir en el peronismo a lo largo de estos ochenta años de existencia?
–Luego de 1943-1946, el primer corte, naturalmente, se ubica en 1955, cuando el golpe aleja al peronismo del manejo del Estado. Ese primer peronismo ratifica los apoyos obreros y populares que se insinuaron antes de las elecciones, las políticas redistributivas, a pesar de ciertas coyunturas de crisis, y luego, hacia finales del período, el endurecimiento del trato a la oposición y el alza de la tensión política. La violencia de los enfrentamientos previos al golpe de 1955, la represión posterior y la proscripción abrieron una segunda etapa, cuyo final parece menos nítido.
RENOVACIÓN Y CAMBIOS
“La tercera etapa se inicia plenamente en 1976, más allá de la muerte de Perón, que tuvo sin duda consecuencias importantes. La periodización general se impone también al peronismo, de modo que el corte de 1982-1983 me parece indiscutible”, retoma Cattaruzza. “Luego, la cuestión se complica más. El triunfo de Alfonsín constituyó la primera derrota electoral significativa del peronismo. A lo largo de su presidencia, de cara a la amenaza militar, que existía, y a la cuestión de los derechos humanos y de la transición, el peronismo inicia un proceso de renovación, que ha sido ya objeto de estudio”, precisa.
–Así llegamos a los 90.
–La del menemismo, a mi juicio, es una cuestión que no se ha saldado, ni en el debate político ni en la investigación académica. La apelación del kirchnerismo a la fórmula “los 90” para aludir a las políticas de Menem puede ser vista como un indicio de las dificultades del peronismo posterior a 2001-2003 para lidiar no solo con las polí- ticas económicas del menemismo, sino también con las de derechos humanos.
–En los 18 años de proscripción, el establishment recurrió a distintas formas de domesticación.
–En lo que hace a la proscripción y, en general, a la represión, la continuidad es evidente. En los años inmediatamente posteriores al golpe de Estado, según estudios recientes que suelen moverse en escalas locales o provinciales, las acciones de resistencia violenta fueron muy frecuentes, más de lo que se supuso, y las redes de militantes involucrados más densas. La consolidación de la presencia juvenil, en sucesivas camadas de militantes, también señala un cambio, así como la paulatina emergencia de un sindicalismo más dispuesto a la formalización de alternativas que solían llamarse combativas, como la CGT de los Argentinos.
–Se señaló que la identidad política más fuerte de nuestra sociedad no es el peronismo, como se cree, sino el antiperonismo.
–Efectivamente, el antiperonismo es una actitud muy fuerte y muy duradera. En cuanto a la convivencia, en términos de un entendimiento acerca de cómo debe funcionar el sistema político y cuáles son reglas que impone la democracia, tiendo a pensar que solo en tiempos de la transición posterior a 1983, y en algunos tramos de la experiencia posterior a 2003, funcionó, aunque con ciertos límites.
–Finalmente, el legado de Perón se expresa en la frase “Mi único heredero es el pueblo”. ¿Eso abrió una disputa tan latente como irremediable, que hubiera podido saldarse por canales institucionales?
–No creo que hubiera podido saldarse por canales institucionales; eran demasiadas, y demasiado distintas, las versiones que del peronismo tenían los grupos que decían adscribir a esa identidad.
