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Caras y Caretas

           

Un millón de amigos

Ilustración: Juan José Olivieri

El escritor y periodista hizo de la amistad un arte, a la par de sus novelas y de su pasión por el fútbol o por los gatos: tuvo amigos entrañables siempre y en todo el mundo.

“No me digas. ¿Así que sos contador de patos en Bruselas?”, le sonríe Osvaldo Bayer a Osvaldo Soriano, que visita la ciudad alemana de Essen por primera vez. Ambos se explican mutuamente cómo sobreviven en el exilio, en tiempos de la dictadura argentina, y Bayer le sigue la corriente: conoce el talento de Soriano para los cuentos. “Fui a la municipalidad a pedir trabajo –relata él– y me ofrecieron ser contador de patos y cisnes en los lagos de Bruselas. Es un laburo muy lindo. Son estas cosas de los europeos…”.

Soriano amplía la anécdota de los patos con pícaros detalles, y Bayer lo escucha con afecto: quizá las bromas sean la manera del escritor y periodista de sobrellevar el dolor de la distancia. Lo corroboraría años después Mempo Giardinelli, otro de sus grandes amigos: “Soriano nunca estuvo feliz en el exilio. Se acomodó como nos acomodamos todos”. Antes, de 1969 a 1976 en las redacciones en Buenos Aires, ya en Europa o en su regreso definitivo al país en 1984, los queribles relatos de Osvaldo Soriano expandieron y reafirmaron su otro gran talento: el de tener muchos amigos.

“La amistad es fundamental para Soriano”, señaló más de una vez Ángel Berlanga, el autor de la biografía Osvaldo Soriano. Una historia. Y recordó que aquel decía: “Los escritores tenemos la creencia, la ilusión de que, si algo no nos sale, un buen amigo nos puede dar una mano”. Así como las amistades están en el núcleo épico y emotivo de las novelas de Soriano, él fue un tipo muy querido y acumuló amigos entrañables. En el periodismo, las letras, el cine, la calle. En la pasión por el fútbol, la política o los gatos. Soriano los tuvo por todos lados.

Y como hijo único, coincidía con la idea de que los amigos son hermanos por elección: los mantuvo en las redacciones o en el exilio; ellos celebraron su retorno a la Argentina o su éxito literario. Y con los amigos se descostillaba de risa en los bares, como bien recordó Giardinelli en enero de 2013: “Con Soriano hablábamos de literatura, nos recomendábamos libros imperdibles y terminábamos comiendo pastas o bifes en el viejo Pippo. Luego íbamos al café La Paz, cuando la avenida Corrientes era luminosa, limpia y bella, y ahí se hablaba de política, de las dictaduras y del oficio periodístico”.

Giardinelli también evocó una noche de 1976 en la 9 de Julio, a metros del Teatro Colón: “Con Soriano nos prometimos hacer de nuestros exilios una militancia literaria y no recuerdo abrazo más emocionado que el que nos dimos esa noche, llorosos los dos, hasta que él, desprendiéndose y en su estilo juguetón, me dijo: ‘Va a venir la cana y nos va a llevar, pero por maricones’”. O como relató otro gran amigo, el periodista Francisco “Negro” Juárez, quien le había encargado su primera nota en Primera Plana, en 1969: “Soriano me llamó y me dijo: ‘Negro, me voy’. Y nos juntamos en el bar Querandí, a pasos de Primera Plana, donde habíamos dialogado y alzado copas… y nos despedimos ahí”. Y remarcó: “Nuestra amistad duró toda la vida que duró la del Gordo”.

CHARLAS, REFUGIO Y CONSEJOS

Ya en el exilio, su amigo Julio Cortázar –con quien denunciaría los crímenes dictatoriales– le dijo a Soriano en una carta de julio de 1976: “Saberte de este lado del mar me trae una tranquilidad que también quisiera en el caso de Eduardo Galeano y de otros amigos”. O como recordó Roberto “Tito” Cossa: “En el exilio tuvimos conversaciones telefónicas larguísimas y, cuando volvió, la amistad se estrechó aún más: teníamos un diálogo telefónico nocturno interminable, siempre después de las doce de la noche y, por lo menos, hasta las tres de la mañana”. El dramaturgo agregó: “Soriano contaba un episodio suyo en el subte y nos reíamos, y resulta que la misma historia estaba en una película cómica de Harold Lloyd. Le gustaba inventar y mentía notablemente con sus historias”.

Otra gran anécdota es del director Héctor Olivera, que en 1983 llevó al cine la novela No habrá más penas ni olvido: “Cuando se instaló en La Boca fui a visitarlo varias veces. Yo estacionaba mi auto en la puerta de su casa, en la calle Aristóbulo del Valle. Por ahí se hacía la una de la madrugada y seguíamos charlando. Yo me preocupaba por si al auto iría a pasarle algo, pero Soriano me decía que me quedara tranquilo: se sentía feliz en La Boca. Cuando se mudó con su mujer y su hijo Manuel a Palermo extrañaba encontrar un diariero en cada cuadra”.

A los amigos, Soriano les pedía opinión sobre los títulos de sus novelas antes de entregarlas a las editoriales. En 1973, a Juan Sasturain le había mostrado Triste, solitario y final en el café La Giralda, de avenida Corrientes: “Le marqué algunas cosas y el Gordo, saludablemente, no me dio ninguna pelota”. Diez años después, a Tito Cossa le dedicó Artistas, locos y criminales, su primera recopilación de artículos periodísticos, que tuvieron dedicatorias especiales a Julio Cortázar, Osvaldo Bayer, Daniel Divinsky, José María Pasquini Durán, Oscar Finkelberg, Carlos Trillo y Horacio Altuna. Con cada uno se había carteado en el exilio.

Además compartió recuerdos imborrables con Carlos Gabetta, Miguel Briante, Antonio Dal Masetto, Guillermo Saccomanno, Jorge Di Paola, Rodolfo Rabanal, Félix Samoilovich y Norberto Soares: la lista es inagotable. “Cuando el Gordo se tuvo que internar para la quimioterapia le hice compañía: les tenía pánico a las pinchaduras”, contó el Negro Juárez. Y los afectos lo despidieron masivamente cuando falleció el 29 de enero de 1997. “Era una delicia escucharlo. Era un gran conversador”, se emocionó Mempo Giardinelli. Así, a través de sus amigos, se hizo eterno Osvaldo Soriano.

Escrito por
Patricio Féminis
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