“Todos los escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege”, escribió Osvaldo Soriano en “Educación sentimental”, publicado en Página/12 en 1993.
Los gatos están presentes de forma transversal en la vida y la obra de Soriano. Él mismo lo cuenta en esa misma nota: “A mí un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Vení, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un león. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mí mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás. Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos, perezoso y distante”.
El gato equilibrista que se le apareció durante el exilio francés reaparece en el cuento “El negro de París”. Allí la autobiografía y la ficción se entremezclan hasta quedar deliberadamente borroneadas. El protagonista es un niño que, al igual que el escritor, se muda a París escapando de la dictadura. Entre la nostalgia y el desarraigo, encuentra en la amistad con un gato un puente que une la ciudad francesa con el recuerdo de una Argentina cada vez más lejana. Siguiendo al felino, el chico y su compañero recorren las azoteas parisinas.
Quizás Soriano condensa en ese “negro” a dos gatos: el equilibrista parisino y su querido Vení. En el relato, además, se cuela Pulqui, una gata que tuvo Soriano y que en la ficción aparece como el animal que la familia dejó en Buenos Aires al momento de escapar de la dictadura militar.
Soriano encontraba en los felinos un espejo de su propia forma de ver el mundo: la nocturnidad, el misterio, la elegancia en la mirada. “Soy uno de ellos, perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie”, escribió. Eran también para Soriano un talismán, una fuente de inspiración y un buen augurio. Que un gato durmiera sobre sus textos era una buena señal. Incluso, una mañana encontró un manuscrito destrozado por uno de ellos y decidió que aquello había sido lo mejor: el texto no tenía destino de ser publicado.
SORIANO Y CHANDLER
Esta costumbre la tomó de Raymond Chandler, otro amante de los gatos. Fue esa conexión entre Soriano y Chandler, mediada por los felinos, la que le reveló el esquema narrativo de Triste, solitario y final. Un gato negro entró por la ventana y le “dijo” que el único capaz de investigar la historia de Laurel y Hardy era un detective profesional como Philip Marlowe. “Tenía la obsesión de Laurel y Hardy desde mi infancia. Y desde que descubrí a Chandler estaba fascinado con Philip Marlowe. Me metí como personaje para divertirme: pensaba sacarme, pero cuando di a leer a los amigos y vi que funcionaba, lo fui dejando para más adelante, y un día la terminé. Tenía treinta años, era el año 1973”, contó.
GATOS Y CINE
Muchos de sus libros fueron llevados al cine: No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y Una sombra ya pronto serás. Para la adaptación de esta última, Soriano escribió el guion junto con el director Héctor Olivera. Como parte de su cábala personal, agregó la aparición de dos gatos, pese a recordar que, en La noche americana, François Truffaut aconseja a los realizadores no trabajar jamás con un gato en escena. El felino negro debía seguir al personaje de Miguel Ángel Solá, lavarse a su lado, comerse una laucha y echarse a dormir. La complejidad de la secuencia –sobre todo para una película de 1994– llevó finalmente a Olivera a descartar la participación de los animales.
Esta creencia en el poder de los gatos Soriano la transmitía a quien quisiera escucharlo. Antonio Dal Masetto relató que una noche, en un bar del Bajo, Soriano le advirtió que no le iría bien con sus libros porque en sus textos siempre aparecía un gato maltratado. Ante la preocupación por lo ya publicado, Soriano le ofreció una solución: acercarse a los gatos callejeros, hablarles y acariciarlos para ganarse su simpatía. Según él, si lograba conquistar a uno o dos, la noticia circularía en “la comunidad internacional de los gatos” y le darían vía libre para que sus libros funcionaran. Dal Masetto admite que al principio le costó aceptar la idea, pero esa misma madrugada ensayó el primer acercamiento y continuó haciéndolo durante meses.
Soriano encontró incluso una conexión nominal con los felinos. En lengua vulgar, un “soriano” es un gato rayado proveniente de Génova: el más común, el più soriano, es colorado a rayas, mientras que también existe el gris a rayas, conocido como soriano argentato. Esta coincidencia lo llevó a leer prácticamente todo lo que se había publicado sobre gatos y a proyectar un libro que fuera a la vez un ensayo literario y un homenaje a los suyos.
Fue un hombre que amó a los gatos de principio a fin. También en “Educación sentimental”, Soriano recordaba que el día de su nacimiento había un gato esperando del otro lado de la puerta. Su padre fumaba en el patio de Mar del Plata mientras su madre atravesaba un parto difícil. “Yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna”.
