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Caras y Caretas

           

“Teníamos visiones distintas del peronismo”

Juan “Tata” Cedrón compartió bohemia, amistad y exilio con Soriano. Tiempos en donde en cualquier bar podían juntarse con Juan Gelman o Julio Cortázar.

Verborrágico hasta lo torrencial, memorioso, pasional e hiperactivo, Juan Cedrón, el “Tata”, como lo llaman todos, con ese apodo longevo que lo acompaña desde la niñez, está ensobrando una nueva reedición de su vasta discografía, cuando hace una pausa para hablar de sus tantos proyectos inmediatos y revisitar el pasado que nutre su estatura humana y artística. Por esa hendija imaginaria, se cuelan los recuerdos de Juan Gelman, Raúl González Tuñón, Paco Ibáñez, Julio Cortázar y también, claro, Osvaldo Soriano, a quien conoció en aquella Buenos Aires sesentista, con escenografía de bares y redacciones de lujo, y a quien volvió a encontrar en el largo exilio europeo, forzado por la dictadura.

–¿Cómo lo conoció a Soriano?

–Yo era muy de ir a las redacciones de las revistas de la época, Panorama, Primera Plana, iba mucho a buscar a Juan (Gelman), que me pasaba poemas que después musicalizaba. Ahí, me lo cruzaba. Soriano, como tantos otros, era un personaje, un habitante de aquella calle Corrientes.

–Se lo vuelve a cruzar en Europa, en circunstancias muy distintas.

–Me fui a buscar laburo en octubre de 1974, cuando acá la cosa se estaba complicando, esperando que se calme un poco. Me fui solo, pero ya había estado en el año 71, por primera vez, con el cuarteto. Nos invitó Paco Ibáñez, que nos organizó una gira por toda España. Al año siguiente, nos llevan a París. Ya me conocían, así que algo encontré y mandé llamar a los músicos y a la familia. Después, todo se puso más jodido acá, y hubo que seguir viviendo. Los chicos entrararon al colegio en Francia, y nos quedamos de manera definitiva.

–Tras el golpe, hay otra camada emigratoria, que arriba de apuro y con escasos recursos, como le pasó a Osvaldo.

–Soriano vivía en Bruselas. Él se trataba mucho con Cortázar, y cuando venía a París, nos juntábamos a comer, como un grupete de amigos argentinos. Era muy nostálgico, muy porteño en su manera de ser. Yo cocinaba, hacíamos unas empanadas, ñoquis, compartíamos con amigos franceses. De esos encuentros, salió el cuento “Un tal Lucas”, que escribió Cortázar.

Antes de convertirse en el músico innovador de la escena tanguera y el periodista estrella de revistas influyentes, el Tata y Osvaldo, ambos, tuvieron distintas génesis en Mar del Plata. El segundo nació ahí como regalo de Reyes, un 6 de enero de 1943, aunque vivió su etapa formativa en el sur patagónico y en Tandil; el primero, después de una infancia “asaavedrada” en Buenos Aires, llegó con sus padres y hermanos y se instaló en Camet, una localidad semi rural a pocos kilómetros de la ciudad atlántica. Los dos jugaron al fútbol en sus respectivos terruños, pero el que destacaba era el futuro director de cine Jorge Cedrón, que atajaba en el Deportivo Norte y el combinado local, y hasta fue a probarse a Atlanta, para reemplazar a Hugo Gatti, transferido a River Plate en aquel año bisagra de 1964.

MI BUENOS AIRES PERDIDO

Por entonces, instalado en la Capital, el Tata desarrolló su espíritu auténticamente emprendedor, abriendo un espacio clave para la intelectualidad de la época, como el Gotán, el primer café-concert de todos, que funcionaba en un sótano (todavía existente) en Talcahuano y Corrientes.

“Yo quería tener un local propio, pero no tenía un mango, y me dicen que hay uno, donde antes funcionaba un tablado flamenco, que costaba unos 60.000 pesos de alquiler –recuerda–. Entonces, Manolito Mosquera, que era el cajero de la librería Fausto, que estaba a la vuelta, nos prestó la plata por debajo de la mesa. Cuando abrimos y cayó el primer cliente, tuvimos que cobrarle por adelantado, para ir a comprar el whisky que se había pedido”. Devolvimos la plata que nos prestaron y seguimos. Teníamos dos funciones, a las 20 y a las 22.

–En Gotán tocaron todos.

–Venía Piazzolla a ver, y un día, manda a su representante, diciendo que quería tocar en horario central. Yo le dije a Astor: “Usted se acuerda que cuando éramos chicos, había un gordito que era dueño de la pelota… Bueno, acá el dueño de la pelota soy yo, y cuando hay buen público, lo compartimos”. Piazzolla fue el único que mandaba controlar la recaudación, para saber cuántas entradas se vendían la noche que tocaba.

Duró dos años. Después, me rajaron a mí y se lo quedó el hijo de ese poeta (Baldomero) Fernández Moreno, pero le tuvieron que cambiar el nombre porque “Gotán” estaba registrado a mi nombre, y le pusieron “Berretín”. Se fundieron al mes.

Hacia comienzos de los años 70, desarrolló el Galpón de Garibaldi, en la Boca, donde los Cedrón montaron su centro de operaciones. “El año del primer regreso de Perón” (1972), puntualiza el Tata, musicalizaba los cierres del programa de Tato Bores, “que tenía un rating bárbaro, pero no pongas la palabra rating, que no me gusta”, aclara. “Un viernes, estábamos ensayando y Tato me pregunta qué preparábamos. Le dije que era algo de Tuñón, y me asusta: ‘¡Tuñón es comunista! ¿Cómo vas a tocar algo de un comunista?’ si estábamos en dictadura (gobernaba Lanusse). El domingo, cuando vamos a arrancar, me pregunta otra vez y le contesto lo mismo. ‘¿Viste que se podía?’, me dice. Entré como un caballo”, se ríe de su propia corajeada.

HOY ES HOY

Pero Cedrón no se abisma en el pasado. Tiene muchos proyectos, a menudo complementarios. Todos los domingos de enero y probablemente también febrero, va a estar en el escenario familiar de Hasta Trilce, presentando un espectáculo marca registrada.

–¿Cómo es la versión 2026 de “Gotán”, que le da nombre?

–Aprovechando que viene Miguel (Praino, miembro original del cuarteto y residente en París), vamos a repasar el repertorio clásico, porque la gente lo pide. “La tarjeta de cartón”, “Eche veinte centavos en la ranura”. Hace años que no los hago. Algo de (Osvaldo) Tarantino. En marzo, vamos a presentar una serie de conjuntos nuevos que hacen tango tradicional, en ese lugar de la gente de La Lija, una agrupación con la que tocamos hace unos años y pudo recuperarse del fallecimiento de su líder y compositor, Tomás (Bradley). También estamos preparando temas nuevos para el espectáculo que tengo armado con Mauricio Kartún. Siempre estoy buscando poesía. De Juan Ramón Jiménez, descubrí un poema, “Vamos al campo” (tararea). No pienso si hago tango, lo mío es música urbana.

–También musicalizó más de una película. ¿No hubo ningún proyecto en ese sentido con la obra de Soriano llevada al cine?

–Me llamaron para actuar un personaje cuando iban a filmar ese libro (Cuarteles de invierno), pero había cosas que no me gustaban.

–¿Qué cosas no le gustaban?

–Yo venía muy cargado con la cosa política. Soriano tenía una visión muy crítica del peronismo ahí y yo no quería tener ese rol. Se puede pensar distinto, e igual seguir siendo compañeros.

Escrito por
Oscar Muñoz
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