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Caras y Caretas

           

“Para él sería desesperante la situación actual de la Argentina”

Catherine Brucher, el gran amor de Soriano, repasa cómo la obra y la presencia del escritor la sostuvieron en momentos decisivos. Y señala qué capítulos de su legado considera más urgentes para leer hoy.

El amor de la vida y viuda de Osvaldo Soriano, Catherine Brucher, constituye un testimonio de excepción. Mujer cálida y amable, brinda un retrato íntimo del escritor que resulta invaluable. Se conocieron cuando ella tenía veinticinco años, a poco de que Soriano comenzara su exilio europeo, y no se separaron más. Vivieron juntos el exilio, el regreso, la desazón de los años 90 y la terrible enfermedad que lo afectó.

—¿Cómo se conocieron con Osvaldo y cómo se enamoraron?

—Nos encontramos en Bélgica en febrero de 1976. Yo vivía en Bruselas, en una casa donde vivía mucha gente y había argentinos que eran amigos de Osvaldo. Él vino a Europa —no me acuerdo por qué— y pasó por Bruselas para saludar a estos amigos. Así empezó nuestra relación. Estábamos en esa casa cuando ocurrió el golpe militar en Argentina. Él tenía su pasaje de vuelta, así que regresó al país. Cuando vio lo que estaba pasando con el terrorismo de Estado, decidió exiliarse en Europa. Volvió a Bruselas, me parece que en junio. Él quería vivir en París y yo en Estrasburgo. Estuvimos un tiempo viajando trescientos kilómetros en tren para vernos: él desde Bruselas y yo desde Estrasburgo. Ninguno hablaba el idioma del otro, pero decíamos lo que sentíamos a través de gestos. Una vez, para decirme que yo era dulce, dejó caer una cucharada de azúcar y me dijo: “Así sos vos”.

—¿Qué es lo que más recordás de él?

—Era muy fácil para convivir, no tenía ninguna exigencia. No teníamos conflictos, no recuerdo peleas. Fueron muy pocas las veces que nos enojamos. Era sencillo vivir con él. Creo que yo no era muy hincha pelotas y él tampoco. Éramos dos solitarios.

—¿Qué es lo que más extrañaba Soriano en el exilio?

—Creo que él extrañaba no poder hablar. Sentía que perdía su lengua, los matices del idioma. Eso le dolía muchísimo y le impedía escribir. Escribió poco en el exilio. Solo terminó No habrá más penas ni olvido —que ya había empezado— y escribió Cuarteles de invierno, que se publicó primero en España por la censura.

—¿Cómo fue el regreso después del exilio?

—Estaba muy contento, chocho de volver a su país. Era muy importante para él y estaba emocionado hasta las lágrimas la primera vez que fuimos a la Argentina, en 1983. Hicimos un primer viaje de un mes. Después volvimos a París y él se fue solo otra vez para las elecciones. Retornamos juntos en el 85 para instalarnos definitivamente en Argentina. Era un clima de mucha efervescencia: el juicio a las Juntas, el triunfo argentino en el Mundial 86. Parecía el París del 68 por la alegría en las calles. Yo enseguida me sentí bien. Él me había contado muchas cosas del país.

—¿Cómo era la rutina de trabajo de Osvaldo?

—Trabajaba siempre de noche: vivía de noche y dormía de día. Se levantaba a las tres de la tarde y normalmente se ponía a escribir después de la cena, a eso de las ocho o a veces más tarde. Si mirábamos una película o salíamos, escribía después. Como yo era enfermera y trabajé casi siempre de noche, coincidíamos en los horarios.

—De las novelas de Osvaldo, ¿cuáles te gustan en particular?

—Hace poco volví a leer Cuarteles de invierno. La disfruté muchísimo. No la había releído desde hace mucho. Es de una notable actualidad: expresa muy bien la manera en que se comportan los militares. Me gustan también las últimas novelas, La hora sin sombra y Una sombra ya pronto serás. Me gustó mucho la relación del personaje principal con El Croto. Y en Una sombra ya pronto serás, el personaje de Barrante.

—¿Cómo era Osvaldo como padre?

—Cuando Osvaldo murió, Manuel iba a cumplir siete años. Osvaldo tenía mucho miedo de tener un hijo. No le interesaban mucho los chicos. Pero cuando nació Manuel, descubrió algo: una nueva forma de afecto, de placer. Le gustó enseguida. No es que se ocupaba como un padre de ahora, pero solía bañarlo y sobre todo jugar con él. Me acuerdo de que le compró una locomotora. Manuel tenía dos años, no tenía sentido. Osvaldo llegó con ese juguete inmenso, más grande que el bebé. Manuel jugó un día y después lo tiró y se rompió. Era una locomotora que echaba humo y hacía “chu-chú” (risas). Creo que Osvaldo la compró para sí mismo (risas). Cuando Manuel empezó a hablar, Osvaldo le contaba muchísimas historias antes de dormir que inventaba para él. Antes de que naciera no se podía imaginar como padre, pero después le resultó natural.

—Ustedes se frecuentaban con Julio Cortázar y Carol Dunlop, que en ese momento era su esposa. ¿Qué hacían juntos?

—A veces íbamos a cenar o ellos venían a casa o nosotros íbamos a la casa de ellos. Cuando se veían con Cortázar hablaban mucho de política y de literatura. Yo en esa época entendía poco el castellano.

—¿A qué escritores admiraba Osvaldo?

—Admiraba mucho a Borges. De Cortázar le gustaba todo, sobre todo Rayuela y el Libro de Manuel. También le gustaba García Márquez, a quien conoció en La Habana. Quería muchísimo a Juan Rulfo: tenían una amistad muy particular.

—¿Qué momentos o placeres disfrutaban juntos?

—Sobre todo disfrutábamos del cine y la televisión. Me acuerdo de que le gustó mucho 2001: Odisea del espacio. La vio varias veces, le fascinaba. También El tercer hombre, que vimos varias veces. Adoraba las películas de los hermanos Coen, de David Lynch; los dibujos de Tex Avery; los films de Peter Bogdanovich y George Roy Hill (The Sting, Butch Cassidy and the Sundance Kid). Le encantaba La noche americana de Truffaut. Las películas italianas de los años 60 y 70 de Scola, Alberto Sordi, Ugo Tognazzi, Vittorio Gassman, Mastroianni y Fellini. De la Argentina, le gustaban mucho las películas de Leonardo Favio. En televisión no nos perdíamos a Alberto Olmedo y Tato Bores.

—¿Cuáles eran las fuentes de inspiración de Osvaldo para escribir?

—Lo que pasaba en la vida, en la política, los hechos cotidianos. Le gustaba hablar con gente de la calle, del barrio de La Boca. A veces tomaba dichos y relatos de esas personas y los ponía en artículos o cuentos. En las salidas y comidas, la gente cuenta cosas. Y a veces él tomaba un personaje de lo que escuchaba. Nunca hay que hablar delante de un escritor, porque luego lo utiliza, lo ventila (risas).

—¿Y a vos no te utilizó como personaje en alguna novela?

—Creo que no. Me acuerdo de que una vez, al principio de la relación, me dijo: “Si me abandonás, me voy a vengar en una novela”. Pero creo que hubiera tenido dificultad, porque le costaban mucho los personajes femeninos. No hay tantos personajes femeninos en sus novelas y los pocos que hay no tienen mucho desarrollo. Él no entendía cómo funcionaban las mujeres. No lograba pescarnos. Para Osvaldo, las mujeres eran una incógnita, un misterio. Él mismo decía que no sabía componer personajes femeninos.

—¿Cuál es tu evaluación y qué creés que diría Osvaldo frente a la actual situación política y social de Argentina?

—Para él sería desesperante la situación actual del país, muy angustiante. Me parece terrible. Para los argentinos debe ser terrible. Supongo que hay gente contenta, no sé por qué, porque la mayoría resulta muy perjudicada con este gobierno. En Francia no se hablaba mucho de Argentina, pero últimamente se habla muchísimo, y no precisamente para dar buenas noticias. En documentales, reportajes y televisión hablan de “este loco” dirigiendo el país y de esta locura digna de Colonia Vela que están viviendo los argentinos.

Escrito por
Adrián Melo
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