A comienzos de 2007 el campo académico-literario argentino se vio sacudido por una polémica en torno a Osvaldo Soriano a raíz de un homenaje por el décimo aniversario de su muerte impulsado por el suplemento cultural Radar de Página/12. Lo que comenzó como un reconocimiento derivó rápidamente en una confrontación pública de fuerte carga simbólica que reactivó la discusión sobre el canon literario argentino y puso en tensión distintas concepciones de la literatura, del rol del escritor y del lugar de la academia.
El detonante del conflicto fue un texto de Guillermo Saccomanno, amigo personal de Soriano, que lo reivindicó como un “escritor del pueblo”, formado al margen de la universidad y sistemáticamente ninguneado por una crítica académica elitista. En ese marco relató una anécdota –atribuida a Osvaldo Bayer– según la cual Soriano habría sido humillado en una clase de la cátedra de Beatriz Sarlo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, episodio que se convirtió en el núcleo más controvertido del debate.
La respuesta de Sarlo fue inmediata: negó la veracidad del hecho y desplazó el eje de la discusión del plano factual al estético y canónico. Al afirmar que Soriano no integraba los autores que enseñaba porque no lo consideraba parte de “la mejor literatura argentina”, la polémica dejó de girar en torno a una anécdota para transformarse en una disputa por los criterios de legitimidad literaria.
En las intervenciones posteriores, Bayer reforzó una lectura dicotómica del campo cultural, oponiendo literatura popular y compromiso político a una academia asociada al elitismo. En este proceso, la discusión adquirió un tono cada vez más moral, desplazando el análisis de la obra de Soriano hacia la valoración ética de las posiciones en pugna.
En este marco, la emergencia del mito del “gordo bueno” se inscribe plenamente en la disputa por el canon. Como contracara de una academia percibida como fría y excluyente, Soriano encarna una literatura viva, cercana y moralmente justa. Sin embargo, esta mitificación tiene un costo: al convertirlo en emblema de una literatura injustamente marginada, se cristaliza su figura como excepción moral y se debilita la posibilidad de una lectura crítica de su obra. Así, la discusión sobre el canon se empobrece al resolverse en oposiciones binarias entre academia y pueblo, alta y baja cultura.
EL AFFAIRE SORIANO Y EL CAMPO CULTURAL ARGENTINO
Hacia el cierre de la polémica, las intervenciones de María Moreno, Eduardo Romano y Amparo Rocha Alonso introducen una reivindicación de la literatura de Soriano que busca desarmar los antagonismos simplificadores. Frente a la polarización dominante, estas voces ensayan lecturas más complejas de su lugar en el campo literario.
María Moreno propone leer la escena del Soriano humillado como un mito cultural, más revelador de las tensiones contemporáneas que de la verdad de los hechos, y cuestiona la reducción del autor a la figura afectiva del “gordo bueno”. Al rechazar las jeremiadas y los homenajes basados en la victimización, recupera a Soriano desde una afinidad estética e histórica, vinculada a formas de legitimación literaria extrauniversitarias, sin idealizarlo ni sustraerlo de la crítica.
Eduardo Romano, por su parte, impugna la imagen de una academia homogénea al reivindicar una tradición universitaria heterodoxa que incorporó autores y géneros relegados por el canon estrecho, entre ellos el propio Soriano. Desde allí, desplaza el foco del conflicto hacia las condiciones de lectura y enseñanza.
Finalmente, Amparo Rocha Alonso desmonta tanto la leyenda del maltrato académico como la idea de una exclusión sistemática de Soriano, aportando datos que muestran su presencia efectiva en seminarios universitarios. Así, restituye un lugar posible para su obra en la tradición literaria, sin convertirlo en víctima ni en emblema.
La polémica reseñada es contemporánea a la formulación de la teoría de las “literaturas post-autónomas” de Josefina Ludmer. Este concepto designa un régimen de escritura en el que la literatura pierde su estatuto moderno de esfera diferenciada y autosuficiente. En un contexto de diáspora de lo literario, se produce una desdiferenciación entre literatura y no literatura, una fusión entre realidad y ficción y una desjerarquización de géneros, estilos y soportes. Estas escrituras funcionan en sincro con el presente y se definen más por su circulación y eficacia simbólica que por su valor estético tradicional o su inscripción canónica.
Pensar la literatura de Soriano a la luz de este régimen implica desplazar la discusión desde la pertenencia al canon hacia el modo de funcionamiento de la literatura en relación con otros discursos. Desde esta perspectiva, su obra aparece menos como una anomalía que como una anticipación temprana de una lógica post-autónoma. Construida en el cruce entre ficción y periodismo, crónica, memoria política y cultura popular, la literatura de Soriano no separa escritura y experiencia social, sino que las hace colisionar.
Leída desde Ludmer, la polémica revela un desfase histórico: mientras buena parte de la crítica evalúa a Soriano con criterios de la literatura autónoma, su escritura opera según una lógica distinta, donde la literatura no se separa del mundo sino que se confunde con él. De allí que Soriano circule en una zona ambigua, incómoda para la academia y para ciertas nociones tradicionales de literatura.
Desde esta clave, el mito del “escritor del pueblo” puede revisarse críticamente: Soriano no sería tanto una víctima del canon como un autor que escribe desde un régimen de visibilidad distinto, donde el reconocimiento pasa por la relación con los lectores, la coyuntura política y la memoria colectiva. Pensarlo desde las literaturas post-autónomas no implica sacarlo del debate canónico, sino cambiar la pregunta: no decidir si “merece” o no un lugar en la tradición, sino reconocer que su obra tensiona los criterios mismos con los que esa tradición fue construida. En ese sentido, Soriano no es un resto incómodo del canon, sino uno de los síntomas más claros de su crisis.
