El canciller Pablo Quirno confirmó que el gobierno nacional prepara un viaje a Israel para abril próximo con el objetivo de avanzar en la relocalización de la embajada argentina en Jerusalén. Según adelantó, la visita coincidirá con un nuevo viaje oficial del presidente Javier Milei, durante el cual se “terminará de concretar” el traslado. El anuncio se realizó en el marco del Foro Económico Argentino-Israelí, donde Quirno y su par israelí, Gideon Sa’ar, insistieron en la voluntad de profundizar el vínculo bilateral y consolidar una cooperación cada vez más estrecha.
En un escenario regional marcado por el fortalecimiento del lazo entre Israel, gobiernos latinoamericanos y las crecientes estructuras de poder de las iglesias evangélicas, esta decisión adquiere un peso que excede la diplomacia formal y abre interrogantes de fondo sobre la injerencia geopolítica y religiosa en la región. Para comprender el alcance político, estratégico y simbólico de este movimiento, Caras y Caretas dialogó con el investigador Ariel Goldstein, una de las voces más lúcidas en el análisis de estas nuevas articulaciones de poder.
–¿Hasta qué punto la expansión evangélica en América latina se convirtió en una plataforma política funcional a los intereses del Estado de Israel en la región?
–Lo que se ha desarrollado en los últimos años es el crecimiento del sionismo cristiano, ligado a una lectura escatológica que anuncia el Armagedón como un acontecimiento que tendría lugar en Israel: el fin de los tiempos. Se trata de una interpretación propia de ciertos sectores del evangelismo, especialmente de origen estadounidense, que conciben a Israel como el territorio donde se consumará ese desenlace. Esta visión, inicialmente arraigada en Estados Unidos, fue extendiéndose y siendo adoptada en países como Brasil y, más recientemente, en algunos movimientos de América latina. De algún modo, esta matriz ideológica habilita articulaciones concretas entre sectores del evangelismo pentecostal –en particular de las grandes iglesias– y el Estado de Israel. Ahora bien, no puede afirmarse que el evangelismo en su conjunto funcione como articulador de los intereses israelíes. Más bien, son ciertos movimientos evangélicos pentecostales de gran escala los que mantienen vínculos directos con Israel, sobre todo en Brasil y en Estados Unidos. Allí proyectan a Israel como “tierra prometida” y convergen con algunas corrientes del mesianismo judío ortodoxo y con el gobierno de Netanyahu.
–El sionismo cristiano opera como un motor teológico dentro de muchas iglesias neopentecostales. ¿Cómo se transforma ese componente religioso en apoyo diplomático automático y alineamiento geopolítico con Israel?
–Israel, en los últimos años, se ha convertido en un actor central de esta internacional reaccionaria de las derechas. Esto queda particularmente claro cuando el ministro de la Diáspora israelí, Amichai Chikli, apareció sentado junto al líder de Vox, Santiago Abascal, en el festival Viva 24. La escena no fue anecdótica: exhibe el lugar que Israel ocupa hoy como nodo de articulación y legitimación de esta red global de extremas derechas. Ese rol no es solo político, sino también narrativo. Israel funciona como pieza clave en el relato del “Occidente cristiano” asediado, amenazado tanto por el islam como por lo que se denomina terrorismo o izquierdismo global. En ese marco, la retórica de la guerra cultural y civilizatoria se vuelve un lenguaje común. Ahora bien, es importante no caer en simplificaciones. El evangelismo no es un bloque homogéneo: existen pastores y comunidades con posiciones progresistas en distintos lugares del mundo. Sin embargo, el evangelismo conservador –en particular el pentecostal– sí se alinea de manera clara con estas narrativas, sobre todo en lo que respecta a las cuestiones de género, la defensa de la familia tradicional y una agenda moral que encaja sin fisuras en este proyecto reaccionario transnacional.
–En decisiones como el traslado de embajadas a Jerusalén, la firma de acuerdos de seguridad o el respaldo en organismos internacionales, ¿qué peso real tuvieron los lobbies evangélicos pro Israel frente a los propios Estados latinoamericanos?
–En relación con el traslado de las embajadas, efectivamente se trata de un proceso que inaugura Donald Trump. Fue él quien instaló el tema, luego lo siguieron Jair Bolsonaro y, más recientemente, Javier Milei. Desde ya, en varios de estos casos existen grupos de presión que empujan activamente estas decisiones, pero ese empuje no es meramente coyuntural: responde a una matriz teológica compartida. Se trata de la idea del “Gran Israel”, en la que confluyen, por un lado, las visiones del evangelismo conservador y, por otro, el mesianismo judío ortodoxo que encarna el gobierno de Netanyahu y la extrema derecha israelí. Allí se produce una convergencia ideológica profunda, que excede la diplomacia y se inscribe en una lectura religiosa del territorio, la historia y el poder. Esta articulación, además, no es nueva. Puede rastrearse al menos desde la década de 1970, cuando sectores del Partido Republicano estadounidense comenzaron a tejer alianzas estratégicas con el mesianismo cristiano, construyendo una mirada sobre Israel atravesada por el apocalipsis, la promesa divina y la guerra como destino.
–Israel ha cultivado vínculos directos con pastores y líderes evangélicos, muchas veces por fuera de los canales diplomáticos tradicionales. ¿Estamos ante una nueva forma de injerencia exterior basada en redes religiosas transnacionales?
–En relación con la injerencia exterior, todo indica que sí: a través de estas redes religiosas transnacionales, Israel logra proyectar y sostener intereses geopolíticos propios. Lo mismo ocurre con Estados Unidos, en particular durante el período de Trump y dentro del Partido Republicano en su versión trumpista, donde los evangélicos blancos y los evangélicos hispanos constituyen colectividades con un peso político decisivo. A esto se suma el sincretismo religioso que impulsan estos liderazgos, capaces de articular corrientes provenientes del catolicismo conservador, el judaísmo ortodoxo y el evangelismo. Tradiciones distintas, incluso contradictorias en algunos planos, que sin embargo son forzadas a converger en una misma narrativa: la idea de una civilización occidental en peligro, amenazada desde afuera y corroída desde adentro.
–Cuando la política exterior se vuelve lectura bíblica y la geopolítica se narra como batalla espiritual, ¿qué riesgos concretos enfrenta la democracia latinoamericana al quedar subordinada a una agenda que combina intereses estratégicos de Israel con dogmas religiosos locales?
–Como señalamos antes, esta concepción del poder está estrechamente vinculada con Israel y con la proyección de esos intereses geopolíticos. En ese sentido, el efecto es un deterioro profundo de la democracia: cuando un mandatario cree cumplir un propósito divino, toda oposición se convierte automáticamente en un obstáculo ilegítimo, en una piedra en el camino de un sendero bíblico previamente trazado. Desaparece así cualquier respeto por el espíritu de la tolerancia democrática, la convivencia plural o la autocontención del poder, que son pilares fundamentales de una democracia virtuosa. En su lugar, se impone una lectura religiosa del conflicto político, organizada en términos absolutos de bien y mal. Quienes se oponen no son adversarios legítimos, sino portadores de intereses oscuros, conspiraciones nefastas o fuerzas que se interponen en un supuesto plan de Dios. De este modo, la política deja de ser un espacio de deliberación democrática y pasa a concebirse como lo que ellos mismos llaman una “guerra espiritual”: una confrontación total entre Dios y el Diablo. Ya no hay pluralismo ni desacuerdo legítimo, sino enemigos que deben ser derrotados. Por eso, sí: este fenómeno es peligroso para la democracia en la región. Y lo es aún más en la medida en que estas redes internacionales, que colocan en el centro el eje Estados Unidos-Israel, erosionan la soberanía y la autonomía de la política exterior de los países latinoamericanos.
