• Buscar

Caras y Caretas

           

Los efervescentes años 60

Ilustración: Ricardo Ajler

Decía el crítico de rock Charles Shaar Murray que a la pregunta “¿Qué pasó realmente en los 60?” hay que matizarla con otras dos: “¿Cuándo y dónde?”. Porque la década distó de ser homogénea. Acontecimientos similares en diversas partes del mundo tuvieron inflexiones locales y consecuencias diferentes. Es más, mucho de lo que creció en aquellos años efervescentes germinó en la vilipendiada década anterior: el jazz moderno, los primeros atisbos de rock ‘n’ roll, la lucha por los derechos civiles de los negros, la conformación de un mercado de consumo masivo para los adolescentes, la conciencia extendida de un temible Armagedón nuclear. Incluso la proliferación de un modo de vida alternativo gracias a los beatniks, primos americanos de aquellos existencialistas europeos que fascinaron a John Lennon y Paul McCartney bajo la versión alemana de Exis durante el paso de unos Beatles primerizos por Hamburgo.

También el hueco generacional que dominaría las confrontaciones de los sixties se gestó en aquellos tiempos en apariencia adormecidos. El idealismo adolescente y la desconfianza ante los adultos de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, la novela de J. D. Salinger de 1951, anticipaba un mecanismo que sería recurrente en la generación de los baby boomers. Los jóvenes no solo comenzaban a impugnar el frío conformismo, el materialismo cerril de sus mayores. Franceses o italianos enrostraban a sus padres el olvido de su pasado heroico como parte de la resistencia al avance del fascismo. En la República Federal de Alemania las cosas eran más graves. Allí la colaboración de la vieja guardia con el nacionalsocialismo profundizaría, como en ninguna otra parte, el enfrentamiento etario en el seno de las familias.

LA ERA BEATLE

La niebla gris del racionamiento británico de posguerra comenzaría a disiparse con la expansión de la Beatlemanía a partir de 1963. La conquista del mercado norteamericano al año siguiente pondría a Londres en el centro del universo. Durante un par de temporadas el Swinging London, con las jóvenes ceñidas en ajustadas minifaldas, el surgimiento de nuevas profesiones en torno a la industria del disco y el consumo desaprensivo en las boutiques de moda, fantaseó con la promesa de una nueva sociedad sin clases.

Allí, si no antes, se gestó la impugnación de aquel viejo principio de la gratificación postergada, tan propio de la ética protestante. El hedonismo de la contracultura hippie lo llevaría al extremo a partir de 1967: el verano del amor, dominado por el uso extendido de drogas lisérgicas, las espiritualidades alternativas, la revolución sexual impulsada por la píldora anticonceptiva, los sueños (finalmente truncos) de una convivencia comunal y una sociedad alternativa. La estación del peace and love al ritmo de una nueva música pop amplificada y de los festivales de rock masivos. Una rara reconciliación de motivos consumistas y antimaterialistas, de individualismo y colectivismo. Después de todo, en la nebulosa mística esotérica que provocaba el uso indiscriminado de LSD, la empatía por el prójimo retrocedía ante la fusión universal, ante la pérdida de individualidad característica de la experiencia lisérgica.

Un idealismo juguetón que hizo del presente, del vivir el ahora, como si no hubiera mañana, el motivo fundamental de la contracultura. Coincidió con el formato efímero de la canción pop. Y con aquella instantaneidad y simultaneidad que defendía la teoría de Marshall McLuhan y expresaban los happenings de la época. El espíritu del pop art traducido, ya no a la canción sino al disco como artefacto tecnológico. Un sentido de las posibilidades, de que cualquier cosa podía suceder, que legitimaba la experimentación a ultranza en la música y en las artes. “Llevar los paradigmas al extremo”, como señalaba el historiador británico Arthur Marwick.

A este relativismo lúdico le sucedería la némesis del extremismo revolucionario. Del “verano del amor” al “año de las barricadas” en menos de doce meses. En el mundo desarrollado, la afluencia de posguerra, consolidada por el estado de bienestar, promovía una economía de alto empleo y baja inflación. Creaba así las condiciones materiales para que la generación de los baby boomers, bien abastecida y con la panza llena, rechazara el materialismo de sus mayores. Las innovaciones técnicas impulsaban al hombre hacia la luna. Pero las comunicaciones satelitales ponían la guerra de Vietnam en el centro de la escena. Y la revolución cultural maoísta de 1966, recibida con desbordante entusiasmo en los cuarteles radicalizados de la New Left, anunciaba el milenarismo comunista mientras se salteaba las fases preparatorias que recomendaba el vetusto leninismo. Otra vez la inmediatez, la espontaneidad, la sensación de inminencia de una generación que tal vez no supiera del todo qué quería, pero lo quería ya.

Es dudoso que el flower power lisérgico y las rebeliones estudiantiles del 68, sintetizadas en un Mayo Francés con innumerables ramificaciones, amenazaran realmente al Establishment. Pero el orden constituido reaccionó como si ese fuera el caso. La represión indiscriminada radicalizó las protestas y los 60 terminaron mal en todas partes. El mensaje pacifista del asesinado Martin Luther King trocó en la beligerancia del Black Power. Las demandas estudiantiles cedieron a la violencia de los grupúsculos revolucionarios y las guerrillas urbanas. Al mito de Woodstock, en julio de 1969, sucedió meses más tarde la tragedia del Festival de Altamont, cuando los Hell Angels asesinaron a puñaladas a una persona del público ante la impotencia de los Rolling Stones arriba del escenario. Los crímenes del clan Mason demostraron las amargas limitaciones de la contracultura. Entre 1969 y 1971, Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison se sumaron al club de los fallecidos a los 27 años. Stonewall y la segunda ola feminista convocaban las políticas de identidad del futuro. La ilusión de un comunismo democrático se extinguió con la represión de la Primavera de Praga. La Masacre de Tlatelolco se cobró decenas de muertos y destruyó al movimiento estudiantil mexicano. Las esperanzas de la revolución cubana y las imágenes del Che Guevara fueron arrasadas por una militarización de América Latina que anunciaba las tragedias de la década del 70.

Nada volvería a ser igual. A partir de la crisis del petróleo de 1973 todo sería peor. Por eso, a la distancia, más allá del caos de sus vacilaciones y sus contradicciones, los 60 siguen pareciéndonos una edad de oro. Porque comparados con la desaprensión de los años 80 y la instauración de un mundo mucho más injusto a comienzos del siglo XXI, efectivamente lo fueron. De allí que, pese a haber perdido todo sentido de la historia, o quizás por eso mismo, permanezcamos obnubilados por las promesas incumplidas de aquel pasado que, al menos, se atrevió a imaginar un futuro.

Escrito por
Norberto Cambiasso
Ver todos los artículos
Escrito por Norberto Cambiasso

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo