“Ya no tenemos grandes shoteadores, los goalkeepers han perdido su eficacia, pues hoy disponen de demasiado tiempo para atajar la pelota y su habilidad no es tan grande como la de antaño, en que parecían verdaderos felinos. Nosotros conquistábamos los goals en forma rápida y audaz. Nuestros jugadores poseían un potente remate, lanzaban la pelota de treinta a cuarenta yardas de distancia y esta entraba al arco como una estocada.”
Si la nostalgia por el “fútbol de antes” es un valor indeleblemente asociado al universo de la pelota, la evocación de Jorge Brown, fechada en 1921, adquiere un carácter casi fundacional. Para entonces, el club de su único y gran amor, el Alumni, llevaba ya una década sin competir en torneos oficiales, y los laureles de sus muchas victorias se marchitaban en el olimpo de las leyendas deportivas.
Aunque toda historia tiene un principio, en el caso del primer gran campeón del fútbol criollo tal vez convenga hacer una salvedad y reconocer dos hitos primordiales.
Fue el 3 de octubre de 1898 cuando el educador escocés Alexander Watson Hutton, amante e impulsor de la actividad deportiva como complemento formativo, concretó un añejo anhelo y fundó el English High School Athletic Club, que debía representar a la institución homónima.
Al año siguiente, la flamante agrupación debutó formalmente en la segunda división, donde obtuvo un meritorio subcampeonato detrás de Banfield (otro tradicional enclave anglófono), y en los albores del siglo XX lo hizo en Primera, al consagrarse campeón invicto.
Entonces, surgió un inconveniente. La asociación que nucleaba a los escasos clubes que participaban de sus ligas resolvió que no debían llevar el nombre de instituciones educativas, porque se lo consideraba una publicidad encubierta.

Hubo una reunión convocada por la urgencia, en la señorial confitería de la Estación Constitución, al regreso de un partido disputado en Lanús, y uno de los integrantes del equipo, Carlos Bowers, egresado como todos de la High School fundada y dirigida por Watson Hutton, recordó la admiración despertada por las Alumni Associations, en un viaje por los Estados Unidos. Se trataba de cofradías de excondiscípulos, un vivo reflejo del espíritu que los animaba como grupo, y propuso el nombre para identificarse.
Así nació oficialmente, aunque no tanto, el Alumni. Ni hubo necesidad de debatir los colores a defender. Continuaron fieles a la camiseta a bastones rojos y blancos que eran su emblema característico.
A diferencia de otras agrupaciones que se fueron consolidando institucionalmente con el tiempo, nunca constituyeron un club propiamente dicho, ni tuvieron sede social o deportiva. Lo primero se compensaba con la hospitalidad de la familia Brown, que solía albergar a sus jugadores antes o después de los partidos en su residencia de la calle Brasil.
El matrimonio compuesto por don Diego Brown y su esposa Elisa Gibson tuvo catorces hijos, tres mujeres y once varones, lo que alimentó el mito de un equipo formado exclusivamente por hermanos. Además de Jorge, la gran figura, que apareció como volante, luego fue delantero y finalmente encontró su lugar en la cancha en la defensa, también actuaron con regularidad Eliseo, Ernesto, Alfredo y Juan (jugaba a la zaga con Jorge). Un tocayo que llevaba el mismo apellido era primo de los restantes.
Si bien el High School de Watson Hutton contaba con un predio deportivo en el barrio de Coghlan, pronto las instalaciones dedicadas exclusivamente al football resultaron exiguas, y los equipos de Alumni debieron trasladar su localía a otros escenarios, como el Flores Polo Ground y la Sociedad Sportiva Argentina (actual Campo de Polo), sin echar raíces.
Racha triunfal
Las páginas de gloria comenzaron a escribirse en 1901, cuando debutó ganando a Belgrano, de ahí en más, su tradicional rival de barrio, por la mínima diferencia. Durante el primer tiempo, actuaron con un hombre menos, y recién en el complemento, pudieron reunir el “once” formal, apelando a los servicios del viejo maestro, Alexander Watson Hutton, quien se puso los cortos (en verdad, bermudas con cinto) para secundar a sus “muchachos”. Tenía 48 años.
La racha se prolongó durante toda la temporada: jugaron 6, ganaron 6, convirtieron 10 y recibieron solo un goal en contra.
Además de obtener el título de la Liga, el equipo de los Brown se quedó con la Copa Competencia, tras vencer a Lomas (4-0), Peñarol de Montevideo (1-0) y en la final, a Rosario Cricket Club, también por la mínima diferencia.
Toda esa última serie, sin contar con el aporte de su gran baluarte, fuera de juego por compromisos laborales. Mientras sus hermanos transpiraban la camiseta en el field, Jorge Brown estaba asignado como funcionario de un frigorífico en Entre Ríos.
Alumni festejó al año siguiente (Liga) y al siguiente (Liga y Competencia). Recién resignó su cetro en 1904, cuando fue eliminado en ambas instancias.
El sinsabor fue grande y las dificultades para “reunir equipo” hicieron el resto. Hasta se evaluó la posibilidad de dar las hurras y despedirse prematuramente. Pero un par de oportunas movidas acercaron a sendos nuevos y valiosos valores: Carlos Lette, que aportó su endiablada gambeta, y el arquero José Laforia, de notable desempeño debajo de los tres palos a pesar de que no lo ayudaba la altura. Al Vasco Laforia también le gustaba gambetear rivales cuando salía del área con pelota dominada, lo que provocaba el reclamo airado de Jorge Brown. Con todo su anacronismo de atajar con chambergo, era un prototipo de modernidad.
Su aporte a la base familiar que siempre estaba fue fundamental para el dream team que campeonó en 1905 y coronó un triplete de títulos: Liga, Competencia y Honor, en 1906. Pero el éxito más resonante de aquel año fue el triunfo contra un similar de Sudáfrica, integrado por ingleses coloniales, que le sacaba lustre internacional a la chapa de imbatibles.
En la continuidad de la saga, obtuvieron los títulos de 1909, 1910 y 1911, y sufrieron la derrota en cuatro ocasiones. Estudiantes, Belgrano, Porteño y Racing Club fueron sus vencedores cuando ganarle al Alumni era motivo de inmenso orgullo.

Estilo de juego
No hay duda de que fue el primer gran campeón del fútbol argentino. Sin embargo, cabe considerar si fue el primer gran campeón de estilo argentino de fútbol, un deporte que era todavía de élite. El dilema es tanto deportivo como filosófico y, por lo tanto, infinito tal cual las polémicas más encendidas del medio.
“El football que yo cultivé era una verdadera demostración de destreza y energía. Un juego algo más brusco, pero viril, hermoso, pujante. El football moderno adolece de exceso de combinaciones hechas cerca del arco –compara el gran capitán en la citada entrevista, para la revista El Gráfico–. Es un juego quizá más fino, más artístico, hasta más inteligente en su apariencia, pero que ha perdido su animación primitiva”, apunta.
“Es preciso observar que el football no es un sport de salón, ni nada parecido. Es un juego violento y fuerte en el que se ponen de a prueba la resistencia física y la musculatura de los jugadores”, agrega.
Alfeñiques habilidosos, abstenerse de chocar contra semejantes moles.
Como es de suponer, también se manifestaba vigorosamente en contra de cualquier atisbo de profesionalización, “porque resultaría muy costoso y porque el juego perdería su emoción característica. Usted sabe que el profesional es un hombre frío, indiferente, que juega por el cálculo y sin el entusiasmo del aficionado. Al profesional le falta lo más esencial en todo footballer aventajado: la iniciativa y el corazón”, sentencia.
Palabra de sportman.
Cuestión de clase
Con semejante background, resultaba lógico que el Alumni aportase su caudal a los incipientes seleccionados nacionales. Lo hizo desde los primeros choques internacionales contra su par de Uruguay, en 1902, 1903 y 1905, cuando estuvo en disputa un trofeo, la Copa Lipton, donada por el magnate del té, Sir Thomas Lipton. Como el partido concluyó empatado sin goles, los visitantes se llevaron el trofeo, según estaba estipulado por reglamento y ordenado por la cortesía.

Hacia 1912, se jugaba en Río de Janeiro contra Brasil. Al final del primer tiempo, la albiceleste se imponía por 4 a 0, y el expresidente Julio Argentino Roca, que se encontraba presenciando el partido en las tribunas, bajó a vestuarios para reprocharles tanta enjundia deportiva, poco favorable en términos políticos, justamente cuando se celebraba el Grito de Ipiranga (7 de septiembre), declaración de la independencia.
–¿Qué me estás haciendo, Jorge? Te pedí que se dejasen ganar –lo amonestó Roca, según cuenta el periodista Diego Lucero.
–El deporte no es la política –repuso Brown.
En el complemento, Maximiliano Susán, temible artillero de Estudiantes, marcó otro golazo para redondear un categórico 5 a 0.
Había que tener agallas para plantarse en semejantes circunstancias, pero también un sentido de pertenencia a la misma clase social que dirigía los destinos del país.
Solo en el ocaso, Alumni quizá no estuvo a la altura de su rico historial. No hubo partido de despedida, sino un simple retiro de la competencia, ese mismo año de la anécdota. Falta de recambio de jugadores sumada al desgaste natural de sus miembros más representativos apuraron el proceso.
Una asamblea convocada en 1913 dispuso el cierre oficial. Apenas siete socios firmaron la asistencia para certificar su defunción como club, alumbrando el nacimiento de la leyenda que se conserva en fotos color sepia.
