“En 1826, un hombre llegó al Río de la Plata con orden de lograr una de estas dos cosas: detener una guerra o ‘crear’ lo que después sería Uruguay. Siempre me cautivó la situación, pero conocía poco del personaje. Sabía que a Lord Ponsonby lo precedía la leyenda de ser el hombre más apuesto de su tiempo y que su elección había sido decidida entre las alcobas más que entre los papeles, por un rey despechado que había preferido enviarlo lejos. Comencé a leer sobre el episodio sintiendo que había en el hecho una novela y acabé encontrando que el personaje por sí solo era una historia. Ponsonby habría sido algo así como un dandy de la diplomacia, criado entre los algodones de la riqueza, bajo el frío siglo XIX. De lecturas sibaritas y enemigos poderosos, tampoco le faltó protagonizar uno de los libros más escandalosos de su época, escrito por una cortesana que siempre lo amó, no menos lo odió y, de algún modo, siempre lo esperó. Jugó las cartas de su época, todas. Elegante, canallesco, actuó con la impunidad del noble, apegado a ese rígido romanticismo de los lores ingleses con el que procuraron conferir dignidad a los actos más miserables. Era un lobista nato, hoy también podríamos llamarle un operador, parado en un lugar para él inhóspito, tratando de entender lo que querían mientras se sentía obligado a explicar qué era lo que el Imperio Británico quería. Cuando dos años después regresó a Inglaterra, el nuevo país había sido creado. Pero, ¿había sido él? Es allí donde comienza esta novela, en esa pregunta siempre abierta. Y es que, si son polémicos sus méritos en el surgimiento del Uruguay, sin embargo, es claro que en el proceso de construir un mito fundacional estuvieron el esfuerzo o la omisión de muchos de sus cronistas por relativizar –’matar’– a Ponsonby como candidato a cofundador, convirtiéndolo en un pequeño busto cerca del Obelisco, a lo sumo un noble fantasma. El que fuera recibido como mediador del rey Jorge es una figura irónica, tácitamente irónica. Lo es, sin tener que proponérselo. Era un hombre poderoso pero amonestado, influyente como pocos pero a la vez neutral, y su legado no le escaparía a la ironía de su destino. El de alguien que participaba de todo pero no fue nada, el de pálido contra peso diplomático para tanto héroe en batalla; tal vez es el lugar que se merece y, con su particular estilo para la arrogancia, el que el propio Ponsonby hubiera elegido. Leyendo sus cartas, repasando testimonios de personas que lo conocieron, y más que nada adentrándonos en las páginas escritas por Harriet Wilson, la cortesana que le dedicó sus memorias, siempre queda la impresión de que fue un soberbio que –de nuevo irónicamente– trató de no ser más de lo que era. Este libro se escribió en clave de alegoría. Su ficción representa la realidad, la vuelve imágenes, incluso la usa de la manera más intencionada; el hecho histórico es uno de sus personajes. Valga la advertencia, en la medida que leía sobre el mediador, descubrí que lo que pensamos sobre Ponsonby es lo que pensamos sobre nosotros mismos, una imagen –alegórica– que nos hacemos sobre lo que somos. Si a poco de morir, en Brighton, con ochenta viejos años, quien fuera el más apuesto de los hombres, recibiendo un inesperado visitante, hubiese podido responder a la pregunta sobre quién fue en la historia de los uruguayos, ¿qué hubiese dicho? De esa duda, esta novela.” Con las palabras preliminares de Martín Generali, autor de Matar a Ponsonby, Caras y Caretas presenta un adelanto de la obra.
Matar a Ponsonby
Jorge IV preguntó un día si había algún lugar lo suficientemente lejos donde enviar al hijo de puta de John Ponsonby. Un lugar donde se quiera cortar las venas, advirtió. Y siguió comiendo. Canning, jefe del Servicio Exterior, ya conoce –como cualquiera en la corte conoce– el motivo de su pregunta. No es otro que una matrona, sabia con el fuego de sus carnes, macerada en el fragor de un palacio frío. Quiere enseñorear a su esposo en un puesto relevante de la administración del Imperio y, para lograrlo, ha sostenido la estrategia de garantizar el favor del rey. Al rey solo le importa la alegría de su barriga y la felicidad de su verga. Conyngham, voluptuosa, puede ser comida y puede ser montada. Puede rumorear que el rey es un toro, que continúa siéndolo, como ya lo era desde los días de su primera juventud cuando, verga en ristre, perseguía con un cuchillo a las mujeres que no querían que las desvirgara. Porcina, en bata, sin pelo, capaz de cualquier cosa, nadie le tenía piedad. Se la describía tanto como se la odiaba, se la odiaba tanto como se le temía. La noticia de que Ponsonby sería comisionado a Sudamérica se la habían traído unas doncellas sin corazón para el dolor, que le asestaron la novedad como si quisiesen clavársela. No hubo lugar en Inglaterra donde no se oyeran sus gritos. ¡Qué tipo de rey cae tan bajo con un enemigo! Ponsonby, el bello Ponsonby, su afamada cabeza, victoriosa hasta en las guillotinas, mediando entre la nada –el Imperio del Brasil que ya era inglés– y menos que nada, las Provincias Unidas, que jamás lo serían. “Usted dígame, Canning”, interpeló, finalmente, al Canciller, en su propio despacho, “¿Qué se puede poner entre la nada y menos que nada? ¿Qué puede haber? ¿A dónde lo ha enviado a Ponsonby?”, reclamó Conyngham. Después se había desmayado sobre los papeles de Canning, permaneciendo sobre los documentos hasta que lograron reanimarla y así fue que, por un exacto momento, incapaz Canning de liberar sus comunicaciones, el Imperio se detuvo, aplastado por Conyngham.
Muerto el rey Jorge, Conyngham se mudó a París, donde cortesanas e influyentes estaban dispuestos a pagar por conocerla. Vivió sesenta años más que su rey y cinco más que su amado Ponsonby, de quien siguió recibiendo noticias aunque no visitas. Una vez que era amado, Ponsonby regresaba a su lugar. Era con los amores como con los países.
–Si Inglaterra gobierna en los quintos infiernos, a los quintos infiernos lo envía, Canning. Y si no gobierna –antes de continuar, Jorge come, nuevamente–, con más razón aún, lo envía.
Una vez en su despacho, como si se tratase de un cajón donde ha guardado los gobiernos del mundo, Canning revuelve en su cabeza el mapa del imperio. Rescata, casi que del fondo, dos notas. Datan de los primeros días del año 26 y es en estas que Manuel de Sarratea, representante de las Provincias Unidas en Londres, hace saber a Canning que su gobierno desea una negociación con el Brasil bajo el auspicio e influencia de su majestad. Un lugar donde cortarse las venas, concluye Canning, y solo algunas horas después ha redactado sus órdenes.
Ponsonby es alcanzado en los pasillos. Afuera esperan los cocheros. Hocican dos caballos negros. Desciende las escalinatas del edificio de Gobierno. Habla para una lluvia solemne que envuelve su figura. ¡Inglaterra es gobernada por un loco!, grita. Alcanza, veloz, el pescante del carruaje. El cochero aguarda. Ponsonby se deja caer sobre el respaldo de la cabina. Solo algunos días antes, ignorante de la decisión del rey, parlamentaba sobre territorios ignotos, indignos para la vida humana. En su bolsillo, las instrucciones recibidas: “Hay dos maneras por las cuales considera el gobierno de su majestad que se puede llegar a una feliz terminación del asunto. Primera: que sea acordada una compensación pecuniaria de Buenos Aires al Brasil por los gastos ocasionados a esa potencia por la ocupación de Montevideo. Segunda, que la ciudad y territorio de Montevideo se hicieran y permanecieran independientes de cualquier otro país, en una situación semejante a la de las ciudades hanseáticas de Europa. Canning”.
–A Sudamérica –ordena, inconsolable. La acidez patea dentro de su abdomen de patricio.
Llegué una fría mañana de setiembre y me introduje dentro de un destino que era la nada misma. Seis caballos blancos tiraron de mi carruaje, el cañón del fuerte saludó con doce salvas y un señor que me pareció mucho más vanidoso que importante, liderando una comitiva, hilvanó un discurso que había tomado mucho tiempo en ensayar. Lo dejé hablar, y después le dije: “Me perdieron mi equipaje, Rivadavia”.

Vaya a saber uno en qué maniobra –otra más– de Dios me había quedado desnudo, sin nobleza que me salve. Lo cierto es que ese puerto encharcado, esa grisura supurante, empantanada, del lugar, y la verborragia insoportable de mi anfitrión, que no paró de hablar durante todo el trayecto desde el fuerte hasta mi residencia, me hizo pensar que el Rey Jorge lo había ordenado; de hecho, lo había ordenado, solo para amonestarme, tal como me había ordenado a mí que creara algo así como un país, un ducado, lo que fuera, entre el Imperio del Brasil y Buenos Aires, tal cual estaba redactado claramente por Canning. Rivadavia había querido ser amable y se dirigía a Francis con unos atavíos que me provocaban más risa que respeto, era un elefante tratando de ser delicado y no paraba de cometer torpezas. Le habló del clima, de los preparativos para recibirla, de lo honrados que estaban en la mejor sociedad porteña por contar con su presencia en las tertulias y hasta le mencionó un par de matronas que esperaban ansiosamente conocerla para formar amistad. Nuevamente, lo dejé hablar, y cuando hizo una pausa dije: “Es sorda, Rivadavia”. Convinimos que al día siguiente mantendríamos nuestra primera entrevista oficial. Me pasé todo ese día mirando por una ventana y eligiendo cuál de todos los árboles de la ciudad sería el más apropiado para colgarme. Francis adoptó esa actitud que ya le conozco cuando está enojada, tan parecida a la de un gato. Permaneció en el sillón, inmóvil, tratando de perdonarme antes de decirme lo que verdaderamente pensaba, que John Ponsonby de Cumberland era un ser imperdonable y razón no le faltaba. Pero allí estábamos, con órdenes del rey, cada uno con una taza de té en la mano, esperando que la casa se calentara. Al día siguiente, Rivadavia me recibió. Recuerdo que terminó de comer y empujó el plato, yo terminaba de preguntarle por la paz, pero también por la independencia de la Provincia Oriental. “Ese hueso”, dijo. “Ese disputado hueso”, lo corregí. “Voy a decirle lo que verdaderamente creo”, Rivadavia caminó hasta la puerta, la cerró y regresó a su silla. “Poco me importa la Banda Oriental”, dijo. “Su posesión es un estorbo. Negociarla no depende solamente de mí, incorporarla sería incorporar una piedra en el zapato, un voto en contra de mis intenciones.” Tiene un problema con las provincias, Presidente, dije yo. Con las que se creen país, dijo él. El problema, mi amigo, es que, aun cuando no sirven para nada, nos retienen en estas cabeceras, argumenté. Pero me equivocaba, porque él no siguió en su cabecera.
No he venido a proponer la paz, ni siquiera la independencia, he venido a proponer el cansancio. ¿Comprende, Lavalleja? Esto se soluciona al final, nunca antes. No inicie, General, no haga. Espera, y gana. Canse los tesoros, canse a los prestamistas, canse a la banca. Canse a todo el mundo. Mejor dicho, déjeme a mí que yo los canse. Sé cómo; cartas, negociación, neutralidad. No voy a darles nada, pero voy a prometerles todo. Voy a convertir a cada general en diplomático y a cada caudillo en doctor. Van a tener que mandar embajadores, no caballos. Sí, ya sé, me mira así porque usted es un caudillo, pero, Juan Antonio, ¿caudillo de qué? Mire dónde gobierna. Más que un país, se parece a un exilio. Uno de esos típicos caprichos que le nacen a los héroes. Usted es cristiano que da miedo, ¿no es así, Juan Antonio? Piense en Judas, entonces. Si Judas no traiciona, no hay cristianismo que se salve. Es Judas el que salva a Cristo, es Judas el que hace marchar el asunto. Voy a decírselo de este modo: le estoy pidiendo que me ayude a salir de este agujero. Para usted será un país, pero para mí es un moridero, Juan Antonio. Le suplico, es más, le imploro, que termine con este suplicio al que he sido condenado. Yo puedo hacer mucho por usted, mucho… Por usted y por los que usted me diga. Somos grandes, Juan Antonio, hablemos claro; ¿qué quiere? Pídame lo que quiera, pero sáqueme de este lío… Sáqueme o salga. Salga de este sueño que no es suyo. Llévese este campamento que instaló en mi cabeza y que me tiene dando vueltas en la cama, termine con esta locura y hágase traicionar de una vez, que quiero dormir en paz, que quiero dormir y usted no me deja.
–Entiendo que lo que usted quiere es un país provisorio –dijo Ponsonby. Se había negado a levantar el gesto altivo de las presentaciones, munido como estaba de una sobriedad sin desarme, habitual en él, pero, a su vez, impuesta como un dique a la figura avasallante que lo confrontaba al otro lado de la mesa.
–La época es la provisoria, mi lord. Venimos de cuatro siglos de dominación –Dorrego llevó su cuerpo hacia atrás en la silla–. Tal vez la gente se haya cansado lo suficiente de un mundo, cómo llamarlo, ¿estable?
–Y por eso usted suscribe unos límites de papel, que duren hasta pasado mañana.
El Mediador no daba gestos a sus palabras, sus manos permanecían firmes en la empuñadura del bastón. En los ojos de Dorrego, en tanto, asomó un brillo negro, de puñal, célebre entre sus enemigos.
–¿Papeles ha dicho? –Ponsonby lo vio apoyar sus brazos nuevamente sobre el escritorio–. Usted es el que sabe de papeles… –ante la pausa de Dorrego, Ponsonby avanzó.
–Es una materia interesante cuando se procura firmar…
–¡El Gobernador de las Provincias Unidas está hablando, carajo! –Dorrego no tuvo preámbulos para lo que venía, Ponsonby retrocedió, palidecido–. Los límites no son de papel. ¿Usted, acaso, sabe de qué son? Está hablando con alguien que atravesó cada paso de este continente. A caballo, a pie y hasta nadando, cuando eso fue necesario. Perseguí y huí. Conocí la nieve, el calor, el viento y la mierda de cada caballo vivo en este nuevo mundo. Pero entonces viene un hombre como usted, con la chaqueta pegada al cuero, a informarme cómo son y dónde están unos supuestos límites de… papel. ¡Mi lord, por favor! Sin porcelanas en esta mesa.
–No nos hubiesen llamado –alegó el Mediador–. Tal vez si usted hubiese impuesto de su sabiduría a los mismos que pidieron nuestra mediación nos hubiésemos ahorrado los disgustos.
–Tal vez si Canning no hubiese tenido un corazón tan blando para los que revolucionan el imperio de los otros, usted no estaría aquí. ¡Qué pena con Inglaterra, que no pueda reprimir esos deseos desinteresados que les nacen!
–¿Vamos a hablar de historia o de la independencia de la Banda Oriental?
Dorrego jugó con su barba.
–¡Soldado! –gritó. El centinela en la puerta se presentó ante el Gobernador–. Le he dicho a nuestro amigo aquí presente lo importante de saber de lo que se habla –sin entender, Ponsonby fijaba su atención en el cuchillo del soldado–. Traiga el mate, voy a tener el honor de cebarle a un Ponsonby. ¿Gusta, mi lord? –Ponsonby se permitió una sonrisa amarga, la primera entre las pocas que el destino le depararía, incluso en el revuelo de las enemistades de Estado.
–¿Qué sigue después, Dorrego? ¿Plumas en mi cabeza?
–Sería divertido, no se lo niego.
–No voy a negarle que usted me gusta más que Rivadavia. El problema de ese hombre no era solo la falta de coraje, era la falta de humor. Ni un rey podía ser tan aburrido.
–Él se creía uno –recordó Dorrego.
–Lo era –dijo Ponsonby–, solo que sin reino. Dorrego celebró y, con un movimiento de camaradería más propio de los campamentos que de los protocolos, llevó los brazos detrás de la nuca.
–Guayabos –dijo–, esa sí que fue paliza –la mirada del militar más aclamado de los batallones revolucionarios se cerró, compadecida de aquella jornada–. Venía gordo, mi lord. En un par de horas había repasado el Uruguay, sorprendido a Otorgués y me había quedado con sus municiones, su artillería, su equipaje, su mujer y su hijo –los ojos de Dorrego volvieron sobre Ponsonby–. Pero apareció el “Pardejón”.
–Rivera –terció el inglés.
–Nos desflecó meneando sable. En los partes de Guayabos tuve que pedir disculpas por el susto. No es lindo, créame, que lo corran con el poncho de un combate. Hasta el día de hoy me pregunto cómo fueron tantos siendo tan pocos.
–Y un par de años después, quiere la vida, aparezca un inglés de carnes blandas a pedirle que tenga en cuenta esos atrevidos del otro lado del río.
Dorrego, junto a una de las ventanas del Fuerte, volteó.
–Se equivoca. Usted vino a pedirme que me olvide de ellos. Que los libere, sí, pero a la buena de Dios. Y yo me pregunto, ¿cómo van a vivir si no tienen de qué? ¿En pelotas? ¿Como los pampas?
–Ellos sabrán, siendo tan pocos, cómo ser tantos –Dorrego retornó a su asiento, y concedió.
–Me acaba de menear sable, John… ¿Le han dicho John alguna vez desde que está en Buenos Aires?
–No muchas.
–Entonces, John. Sinceramente, ¿usted cree que yo puedo decirles a los míos que hemos hecho la guerra hasta rascar el tesoro por retener la misma provincia que mejor nos convendría perder?
–Por la paz –Ponsonby colocó su bastón sobre el escritorio. Finalmente estaba en el tema que había venido a buscar.
–¿No fue eso mismo lo que dijo García cuando casi lo arrastran a él y a usted por las calles de Buenos Aires?
–García trajo la paz, pero se dejó en Brasil la Provincia.
–Pero ahora ya no hablamos de una Provincia, ¿o me equivoco? Hablamos de hacer un Estado. Sus orientales progresan, eso es evidente. Nadie hubiese dado un peso por una treintena de gauchos a caballo y, sin embargo, ahí los tiene, pronto serán ellos los que negocien directamente con Londres.
–Por el momento es usted Gobernador de todas –en el “todas” se demoró más que con el resto de la frase– las Provincias Unidas del Río de la Plata.
–Tengo veintiún heridas en el cuerpo hechas por América. Las más feas, orientales, pero no creo que soporte así nomás este tajo. Yo sé qué sangre va a correr con el corte. –¿La suya?
Dorrego cargó pulmones.
–Quién sabe.
Ponsonby sintió el frío de las premoniciones. Por un momento, ninguno de los dos habló. Ponsonby buscó un pañuelo que siempre llevaba bajo la manga de su chaqueta y se lo pasó por la frente. El calor del verano bonaerense traía un silencio de siesta que crujió con el reverberar de las carretas.
–Esta situación no soporta tres meses –aseveró Ponsonby.
–Es lo que demora una carta de Dudley aprobando lo que hace conmigo –redobló Dorrego.
–Para el invierno, mi escritorio hervirá de reclamaciones de los comerciantes en Londres.
–Hable con el Emperador, que le bloquea sus barcos.
–Hablo con usted, que le patenta a cada corso su piratería
Dorrego rio, moviendo la cabeza de un lado a otro.
–Pensar que hoy mismo un buen amigo me hablaba de lo desinteresada que es la mediación inglesa –Ponsonby vio a Dorrego quitarse las botas.
–¿Aprietan? –dijo el inglés.
–No menos que los botones de su cuello, estimo –Dorrego calzó las botas otra vez y recuperó el porte más noble de su puesto–. Está bien, John. Yo desensillo. A pie no voy a llegar más lejos, y lo sabe.
–No lo comprendo.
–Me comprende, sí, pero por las dudas, lo aclaro –abandonó el sillón, rodeó el escritorio y caminó hasta la puerta. Ambos se daban la espalda cuando Dorrego, alzando la voz, dijo–: Si esta guerra me empobrece, su paz me deja desnudo. Una paz así, sin triunfo, no me da nada. Pacifico, sí; pero no gano. La paz tiene que valer más, y no menos, que esta guerra.
–Está loco si piensa que el Emperador le va a pagar por un país que nunca será suyo. Dorrego se había colocado a un paso del Mediador. Ponsonby recordaría para siempre la voz de Dorrego, en su oído, anunciando un final del que Ponsonby jamás podría desligarse
–Los unitarios sabrán cobrármelo.
Algunos meses más tarde, cuando supo de la novedad, Ponsonby escribiría una carta en la que se expresaba contra la decisión de Lavalle. Reclamaba al Foreign Office que no reconocieran el gobierno de los que terminaban de fusilar a Dorrego, y aunque logró parecer sincero no evitó mostrar su típica preocupación por los archivos. Él no había sido, pero cualquiera tenía el derecho –y las razones– para asegurar que lo había instigado. Su carta de protesta fue una dosis exacta de indignación y preocupación por sí mismo. Siempre le había importado más lo escrito que lo hecho, porque, para los hombres como Ponsonby, el registro de lo hecho era la verdadera realidad de las cosas. Con los años, la noticia del fusilamiento se iría lavando de culpas, y él, como siempre, despareciendo dentro de un rol secundario, pero incluso mucho tiempo después, cuando hasta el propio Lavalle había muerto, el eco de esa misma descarga reventando en su cabeza de repente, desbandaba sus pensamientos como a pájaros y dejaba en su espalda el rastro de un sudor frío, la respiración seca de los que deben algo. La primera vez que había escuchado el estampido del fusilamiento de Dorrego rompiendo dentro de su vida, había volteado su cabeza para encontrar el origen, pero descubrió el palco inmutable del teatro donde estaba. El eco de la fusilería rematando a Dorrego se haría cada vez más regular hasta volverse frecuente y tuvo que encontrar excusas cuando se detenía en mitad de un paseo o se sobresaltaba sin razón aparente, obligando a corcovear al caballo en un camino llano o cuando volteaba alarmado en el club de cartas, sin motivo.
Los golpes del centinela llamaron a la puerta del despacho. Recibida la orden, el soldado entró y se acercó a Ponsonby con el mate recién cebado. –Al paisano –ordenó Dorrego.
Desafiado, el Mediador dio dos chupadas secas, de tropero, que llamaron a la sorpresa del gobernador. Dorrego cruzó miradas con el soldado. –Una porquería –dijo Ponsonby, secándose la boca con un pañuelo. Los otros reían en coro, mientras el Mediador urgió por agua.
–Tal vez en un par de horas sienta que se le mueven las tripas –dijo Dorrego, aceptando mates de su soldado–. No se me amilane, pasa con los mejores valientes. –¿Ya podemos hablar de límites entonces? –Dorrego volvió a su silla, Ponsonby continuó–. Voy a escribir a Londres, diciendo que no me fío del emperador, y a Río, garantizando por Dorrego su postura favorable a la independencia. Con lo primero voy a mover los barcos ingleses contra el bloqueo portugués, con lo segundo, voy a darle al Emperador una salida sin derrota. Usted podrá decir, de buena fuente, que Inglaterra perdió la paciencia, y yo podré decir, también de buena fuente, que el Emperador firma una paz de ojos cerrados. Usted ya no estará desnudo y así, tan honorables, todos desensillan.
Dorrego asintió, brillantes de aprobación los ojos negros.
–¡Carajo, mi lord! Si fuera Dudley, lo felicitaría. Siendo apenas el Gobernador de las Provincias Unidas, debo admitir que me muestra un camino.
–¿Y siendo Dorrego? –Ya bastante tiene con lo dicho –respondió, cortante, Dorrego–. Como general, comento los planes de batalla con mis generales. No se importune. Es lo menos que puedo hacer con usted, evitar que pelee mis guerras.
–Piensa incumplir, entonces.
Dorrego señaló el vacío que mediaba en el escritorio.
–¿Ve algo que incumplir? –entrelazó las manos y las apoyó sobre el vacío de propuestas escritas por las que todos reclamaban ante la presencia del Mediador–. Entiéndame. Si yo pudiese garantizar cada parte de su acuerdo, Inglaterra no sería usted en esta sala. El acuerdo, si hay uno, es bueno –se puso de pie y acompañó al Mediador a la puerta–. Es bueno, pero es suyo –remató.
–Espero no estar aquí cuando desdiga lo que se pacte –Ponsonby tomó el bastón y se colocó el sombrero.
–Es un plazo a considerar. Más que eso no voy a ofrecerle. Hasta ese día, juegue sus cartas.
Los soldados mateaban cuando la puerta se abrió. Uno de ellos se apresuró en cebarle al enviado del rey Jorge. –El último –le dijo.
