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Caras y Caretas

           

El largo mes de Luder

En su breve interinato al frente del gobierno, el titular del Senado firmó los llamados “decretos de aniquilamiento”, que habilitaron el terrorismo de Estado.

La Historia colocó en un lugar incómodo a Ítalo Argentino Luder. Aquel abogado que defendió a Juan Domingo Perón en la causa que la “Revolución Libertadora” le siguió por “traición a la patria” es recordado por haber firmado los llamados “decretos de aniquilamiento” durante su breve interinato en la Casa de Gobierno entre septiembre y octubre de 1975. Un paso decisivo hacia la instauración del terrorismo de Estado.

Ese estigma marcó la carrera política de Luder, construida a base de moderación. Atrás quedaban su radicalismo juvenil y su activa participación como convencional en la reforma de la Constitución de 1949. A varios sectores de la sociedad les resultaba poco entendible que fuera el candidato elegido por el justicialismo para salir de la dictadura en 1983. Luego de la derrota frente al radical Raúl Alfonsín, se ubicó en la “renovación” peronista y más tarde, como tantos otros dirigentes, quedó encandilado por el carisma de Carlos Menem, que lo convirtió en su primer ministro de Defensa.

Al final del otoño del 75, después de innumerables conjeturas sobre la continuidad al frente de un gobierno jaqueado por una crisis total, Isabel Perón decidió delegar el poco poder que conservaba en Luder y se recluyó durante 33 días en la localidad cordobesa de Ascochinga, sesenta kilómetros al norte de la capital provincial.

“No estoy enferma”; “necesito descansar”; “vendré con renovados bríos y con unos kilos más”. Cada vez más argentinos desconfiaban de las palabras de la Presidenta. Su médico, el secretario de Deportes y Turismo, Pedro E. Vázquez, también trató de minimizar la situación: “La señora de Perón no está enferma, goza de perfecta salud”.

Sin embargo, el país había naturalizado una situación inédita que se completaba con otro hecho insólito. La jefa de Estado viajó a la Colonia Golf de la Fuerza Aérea acompañada por las esposas de los tres comandantes generales de las Fuerzas Armadas: Alicia Hartridge, Delia Vieyra y Lía González, casadas con Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Héctor Luis Fautario, respectivamente.

Isabel y sus acompañantes compartieron caminatas, misas y asados y disfrutaron de los parques que rodeaban los dos edificios del complejo, de una planta cada uno –un total de 240 habitaciones–, que además contaba con piletas de natación y cancha de golf.

A Luder le tocó asumir en tiempos de fragilidad extrema, que no logró revertir con cambios de gabinete. Después de dos años de gobierno peronista, la economía argentina estaba en caída libre. Una ráfaga de devaluaciones impactaba en los bolsillos: el 15 de septiembre, 3 por ciento; el 26 de septiembre, 2 por ciento, y el 13 de octubre, 3,3 por ciento.

El ministro de Economía, Antonio Cafiero, gestionaba préstamos por 820 millones de dólares, provenientes de organismos multilaterales y bancos privados, mientras que el secretario de Programación y Coordinación Económica, Guido Di Tella, se reunía con el FMI para gestionar la aprobación del plan económico. La deuda externa alcanzaba los 8 mil millones de dólares.

La baja del salario impulsó al Gobierno a estudiar la creación de un Instituto de Remuneraciones y la preocupación de los inquilinos por el costo de los alquileres motivó la prórroga de la ley vigente. Por su parte, los productores agropecuarios llevaban a cabo un lock out, que duró diez días y afectó el abastecimiento.

En el plano político, la interna peronista aumentaba en conflictividad. La disputa entre “verticalistas” y “antiverticalistas” en el bloque de Diputados y las críticas del gobernador bonaerense, Victorio Calabró, a la gestión de la Presidenta sumaban otra preocupación en el oficialismo.

El antiperonismo festejó el vigésimo aniversario de la “Libertadora” con un acto en el Luna Park. El orador principal fue el almirante retirado Isaac Rojas. En la primera fila, se sentó el escritor Jorge Luis Borges. Adentro del estadio, vendían whisky nacional en vasitos; afuera, muñequitos de gorilas.

El ángel exterminador

La política antiguerrillera del Gobierno se basaba en una represión indiscriminada, que se afirmaba con la extensión del estado de sitio por tiempo indefinido –la medida regía desde el 9 de noviembre de 1974– y el avance del Operativo Independencia en Tucumán.

Desde sectores vinculados con las Fuerzas Armadas, los discursos antidemocráticos se repetían. El provicario castrense, monseñor Victorio Bonamín, descargó una proclama infernal en una homilía frente a una concurrencia militar: “Cuando hay derramamiento de sangre, hay redención. Dios está redimiendo mediante el Ejército Argentino la Nación Argentina. Hay muchos pecados, muchos crímenes. Hay mucha cobardía. Mucha traición. Hay mucha desvergüenza. Mucho y en todos los niveles. En los más superiores. Hasta el punto de avergonzarme. Todo eso hay que pagarlo, compañeros. Todo eso hay que expiarlo delante de Dios”.

Bonamín se preguntaba en el homenaje al coronel Argentino del Valle Larrabure, cuyo cadáver había aparecido luego de un año de cautiverio en manos del ERP: “¿Es audacia decir que el Ejército Argentino es el que ahora está expiando por todos? ¿Por qué? Se dirá que porque no es una persona física, sino una persona moral. Y cuántas veces Dios se ha servido de personas morales como si fueran personas físicas, individualidades, para sus fines. ¿Y no querrá algo más de las Fuerzas Armadas, que esté más allá de su función de cada día, en relación a una ejemplaridad sobre toda la Nación?”.

“Por una parte debe alzarse lo que está tan caído –continuaba–, y qué bueno es que sean los primeros en alzarse los militares. Que se puede decir de ellos que una falange de gente honesta, pura, hasta ha llegado a purificarse en el Jordán de la sangre para poder ponerse al frente de todo el país hacia grandes destinos futuros. Les toca sufrir por lo que los demás gozan. Les toca velar con las armas en la mano los festines de los corruptos, que gozan de la vida gracias a que otros les defienden las fronteras físicas geográficas para que no se les moleste en sus convites.”

Y finalizaba: “Yo venero a este Ejército Argentino, yo estoy orgulloso de este Ejército Argentino. Yo sé que es un motivo, es un argumento, que surge ahí, del Altar, lo que le está pasando al Ejército Argentino. Pido a Dios que él, el Ejército, lo advierta y lo acepte generosamente, como hay tantos que lo aceptan”.

Algunas voces aisladas alertaron sobre el contenido de la arenga de Bonamín, como la del gobernador riojano, Carlos Menem, el senador radical Luis León y la de un grupo de diputados que recibieron al monseñor para escuchar el análisis de sus palabras.

El intento de copamiento del Regimiento 29 de Infantería de Monte en Formosa, el 5 de octubre, por parte de Montoneros aceleró la firma de los decretos 2770, 2771 y 2772, rubricados por Luder y su gabinete al día siguiente. El primero creaba el Consejo de Seguridad Interna, el segundo disponía que las fuerzas policiales y penitenciarias de las provincias participasen en la represión y el tercero determinaba que las Fuerzas Armadas debían “aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país”.

Estos tres decretos se sumaban al 261, firmado por Isabel el 5 de febrero, que habilitaba la represión en Tucumán, mediante el Operativo Independencia.

La última celebración de la lealtad

Finalmente, después del plazo previsto, Isabel reasumió y encabezó la celebración del 17 de Octubre en Plaza de Mayo. A tono con el clima político, su discurso no se apartó de la línea ya trazada por el último Perón: arengas contra la “subversión” y elogios a las Fuerzas Armadas. Y en una apelación a la mística, no faltó el homenaje a la manifestación popular que tres décadas antes había conseguido la liberación del “coronel del pueblo”.

Luder volvió a presidir el Senado. En sus primeras declaraciones a la prensa luego de traspasar el mando, sostuvo que “cualquier aventura que signifique la quiebra del orden constitucional es abrir una brecha a la anarquía y al caos social” y prefirió no entrar en especulaciones sobre una posible anticipación de las elecciones presidenciales de 1977: “El año 1976 nos dará suficientes elementos de juicio para analizar la necesidad de adelantar esas fechas”.

Escrito por
Germán Ferrari
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