“Hay muchos chicos afuera, esperando hace mucho para entrar. Vamos a tocar dos temas más… pero después de eso… después de eso, espero que se vayan… Los amamos muchísimo, pero ustedes saben lo que pasa. Yo me despido ahora: chau, chau, chau, chau, chau”, enunciaba un eufórico Charly García, de singular frac blanco para la ocasión, incluyendo sombrero de copa.
En la noche del 5 de septiembre de 1975, sendos conciertos que se extendieron hasta entrada la madrugada del día siguiente en las instalaciones de un Luna Park colmado despedían a Sui Generis como el grupo más convocante de la escena de rock nacional.
Lo que no podía intuir Charly ni ninguno de aquellos miles de adolescentes que en su gran mayoría asistieron a la cita era que también se cerraba de manera simbólica toda una época, identificada con sueños, expectativas y frustraciones.
En perspectiva, Adiós, Sui Generis no fue solo dos recitales, un álbum doble y una película tardíamente estrenada.
En los albores de aquella primavera en ciernes en el almanaque, se incubaba el largo invierno de la dictadura que se iba a instalar apenas algunos meses más tarde, a partir del 24 de marzo de 1976.
Las portadas de los principales diarios del país daban cuenta del estado de situación en que vivía la sociedad.
“Extremará el gobierno la lucha antiterrorista”, proclamaba el titular de Clarín de ese mismo día, viernes, que en páginas interiores desarrollaba detalles de las operaciones militares. En tanto, el mundo estaba tan complicado como siempre, pero se abría una hendija para una paz parcial, como todas en Medio Oriente, con la firma de los tratados de Camp David, entre los Estados vecinos de Egipto e Israel, cuestionado por la Unión Soviética.
Las páginas de Espectáculos aparecían tapizadas de anuncios de cine. El estreno de la semana era Las sorpresas, una película de tres episodios basada en una tríada de cuentos de Mario Benedetti y protagonizada por Juana Hidalgo, China Zorrilla, Lautaro Murúa y Leonor Manso.
El concierto de despedida que iba a reunir una multitud récord de más 26 mil espectadores en el coliseo de Corrientes y Bouchard ameritaba apenas un suelto perdido en la agenda de Música popular de La Nación, que confirmaba la realización de dos funciones, a las 20.30 y a las 23.
Charly García, Nito Mestre y compañía habían llegado a esa instancia después de un mal trago en el Teatro Astral, en julio, donde tocaron de mañana justamente para satisfacer la demanda de los menores de edad que no podía verlos en horarios nocturnos. En esa ocasión, Rinaldo Rafanelli rompió dos cuerdas y a Nito se le rajó el pantalón en plena actuación. La lluvia hizo el resto, y la sala estuvo apenas poblada.
Aunque de una manera u otra, ambas cabezas parlantes del dúo ya venían procesando la decisión, fruto del desgaste y la repetición, sus versiones difieren. Imposible discernir quién se cansó antes, pero una cosa era segura. No podían irse por la puerta de atrás. Entonces, terció el delirio de grandeza de su productor, ese hombre de muchas vidas que fue Jorge Álvarez, antes editor de buena parte de la literatura de vanguardia de los años 60.

Quien no quería saber nada con el escenario elegido era el propietario del Luna Park, el mítico Tito Lectoure, y además de prejuicios, tal vez tuviese sus motivos. Cuatro años atrás, la presentación de La Pesada el Rock, liderada por Billy Bond, había concluido en un desastre, con la famosa noche del “Rompan todo”.
Business are business, empresarios ambos en el fondo, se firmó un contrato de alquiler, en principio, por una función. Cuando las once mil localidades puestas a la venta se agotaron y la demanda no cedía, hubo sondeos para ampliar la capacidad siempre elástica del enorme galpón.
Vencidos los reparos de Lectoure, que al principio menos todavía quería saber con agregar otra fecha, se programó una segunda función, esa misma noche. El visto bueno tuvo su precio. En la madrugada de la maratónica jornada, considerando el uso doble de las instalaciones, el promotor decidió por su cuenta duplicar el monto acordado (diez mil dólares) y restarlo de la recaudación.
Confesiones de invierno
“Se separa Sui Generis”, anticipaba en tono catástrofe hacia el invierno de aquel año la revista Pelo, la “biblia del rock”, que sorprendía con la noticia, justamente cuando el dúo original conformado por Charly y Nito, incrementado a cuarteto con la incorporación de Rinaldo Rafanelli y Juan Rodríguez, en bajo y batería, como integrantes formales, estaba en pleno apogeo artístico y comercial.
“El motivo es muy simple, creo que Sui Generis se tenía que terminar en algún momento. Y pienso que este es el mejor momento para hacerlo. Es el cansancio de hacer siempre lo mismo y tomar conciencia de que esto dio hasta donde tenía que dar”, explicaba “Charlie” –como figuraba en los créditos de los discos–, sin aportar demasiadas precisiones.
“El ingreso de Rinaldo y Juan contribuyó a acelerar el proceso. Es decir, que lo que quizás podríamos haber continuado dando como dúo fue rápidamente explotado como cuarteto”, agregaba.
En tanto, Rafanelli apuntaba: “El germen de todo esto, el que precipitó la eclosión, fue Charlie, que es uno de los fundadores de Sui Generis, que hace años viene componiendo y tocando en función de Sui Generis”.
Claro que el Charly de los dos primeros discos, Vida y Confesiones de invierno, atravesados por metáforas adolescentes, no era el mismo que había pergeñado el último trabajo, Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, cuyas ventas fueron notoriamente menores, además de padecer el acoso de la omnipresente censura.
La complejidad y el desafío que presentaba artísticamente chocaba con la comodidad y la identificación de ese público medio que lo había entronizado como intérprete de sus anhelos y vicisitudes.
“Hay un sector del público, eminentemente rockero, tanto del circuito porteño como de algunas urbes del interior del país que comprenden la etapa Sui Generis cuarteto, con todo lo que eso implica –evaluaba aquel Charly–. Pero los demás, ese público de nivel adolescente que se acopló, sigue pensando en ‘Canción para mi muerte’… Pero tampoco se le puede pedir peras al olmo.”
En tiempos tan hiperprofesionalizados, resulta ingenuo el espíritu bohemio de los principales beneficiarios del éxito que tanto habían buscado (Sui Generis venía tocando con distintas formaciones desde 1969), y al que renunciaban sin ningún tipo de especulación económica.
En palabras de Charly: “El hecho de tocar siempre lo mismo convierte al grupo en una especie de máquina. Pero es un problema del país, del medio. Si no hacés diez shows por semana, no tenés para comprarte una púa. Y ojo, porque la gente se cree que estamos llenos de plata. Simplemente vivimos al día, no podemos darnos el lujo de dejar de tocar ni siquiera por diez días. Sui Generis antes comía fideos todos los días. Ahora podemos comer carne y otras cosas. Pero ninguno de nosotros tiene un par de millones en el banco ni nada parecido”.
En vivo
“Después de mucho tiempo, el coliseo de cemento volvió a llenarse de rock, del canto y del baile de una multitud que, como pocas veces, celebró una fiesta de música y de auténtica alegría. El portentoso adiós a Sui Generis quedará grabado por largo tiempo en los oídos y las retinas de todos los que asistieron al Luna Park. Por eso, resulta difícil analizar musicalmente lo que sucedió, porque este espectáculo fue mucho más que eso”, reseñaba la revista Pelo.
“A lo largo de cinco horas, en dos funciones, el conjunto recorrió una selección de temas de sus tres álbumes y del próximo a editarse, ‘Ha sido”. Las canciones –tres de cada álbum– fueron seleccionadas con hábil criterio. Aunque no son las mejores, son sin duda las más representativas de las diversas etapas de Sui Generis”, consideraba el anónimo cronista.

En perspectiva, el repertorio, que incluyó largas improvisaciones (“Un hada, un cisne” duró casi media hora y ocupó toda una cara del disco doble) y omitió temas muy solicitados por los fans como “Necesito”, del primer disco, fue producto del capricho honesto del dúo de no ceder (del todo) a las exigencias. Sí estuvieron “Canción…” y “Rasguña las piedras”, que ya no solían incluir en sus presentaciones.
En tanto, el citado cuarto álbum, bautizado prematuramente sobre la base de un juego de palabras por el ácido lisérgico y la superación de la etapa Sui Generis, nunca apareció. Aunque varias canciones de esa producción fueron a parar a futuras realizaciones de ambos (“Eiti leda”, en el primer disco de Serú Girán, es el ejemplo más conocido).
“Un grupo de rock convoca en el Luna Park a 30 mil jóvenes. Qué figura en Buenos Aires puede convocar a 30 mil personas (y que además paguen seis mil pesos viejos por cada localidad)”, se preguntaba el periodista Roberto García desde las páginas del diario La Opinión, con una mirada distante, para describir una ceremonia que le resultaba novedosa.
“Sui Generis es un conjunto de cuatro miembros, en el que dos predominan. Uno, Charlie García, compositor de todos los temas, toca simultáneamente dos órganos electrónicos, a veces la guitarra, el piano se lo reserva para el jazz (…) El otro, la melancólica voz que caracteriza a Sui Generis, se llama Nito Mestre. Tiene apariencia andrógina, se especializa en la guitarra y la flauta. Se pueden haber parecido a Simon & Garfunkel, pero más parece importar lo que logran con la gente, ese público fiel que oscila entre los 14 y los 20 años, del que son genuinos representantes.”
Luz, cámara… canción
La dirección de la película documental que debía registrar el evento fue encomendada a Bebe Kamin, a sugerencia de Leopoldo Torre Nilsson, amigo de Álvarez y productor del proyecto.
La filmación demandaba sus propias exigencias. Los rollos debían cambiarse cada cierto tiempo y eso obligaba a los músicos a estirar sus parlamentos al público para permitir al camarógrafo realizar la operación. Tampoco podían extenderse demasiado en la primera función, porque había otros tantos miles haciendo fila en la calle, esperando por entrar.
No todos fueron tan afortunados para vivir la experiencia. Miguel Ángel Erausquin, integrante de Pastoral, que ese mismo año editaba su gran suceso, En el hospicio, fue preso por causas fortuitas.
El resultado en crudo no satisfizo para nada al prócer del cine nacional, que amagó retirarse del proyecto. Su discípulo logró convencerlo a partir de una posproducción que incluyó formato de video clip en “Mr. Jones” y la intervención de las vedettes Norma y Mimí Pons.
Con todas sus deficiencias, el “Adiós…” fílmico se convirtió en un clásico y animó innumerables trasnoches de cineclub.
El halo de leyenda que la envuelve, esa cápsula del tiempo, contiene otros tantos significantes, como la participación en cámaras de Raymundo Gleyzer, cineasta de renombre, desaparecido meses antes del estreno oficial, en septiembre de 1976. “Prohibida para menores de 18 años.”
