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Caras y Caretas

           

El Aleph, sutil devenir del amor y la posteridad

En 1945 se publicó en la revista Sur un relato en donde convergen todos los puntos, todos los confines y el universo, y que contiene dos tramas: una de amor y otra de venganza.

“Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”

“El Aleph” podría ser considerado un cuento de amor. Borges se lo dedicó a Estela Canto (1915-1994), y Beatriz Viterbo es una alusión a ese sentimiento no correspondido del autor. Se podría decir que es una oda al amor platónico, el despecho lo lleva a construir una narración metafísica.

Algunos autores, expertos y académicos indican que quiso emular a Dante, por eso Viterbo se llama Beatriz. “El Aleph” vendría a ser una especie de búsqueda del paraíso, así como lo hizo Dante Alighieri (1265-1321) en La divina comedia. El relato comienza con Borges-personaje observando Plaza Constitución para contarnos que murió su amada: “El hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no”.

El personaje decide visitar a los familiares de Viterbo cada 30 de abril para recordarla o para a volver a sentir su presencia de nuevo, aunque sea de manera subjetiva. Entonces, Borges así como Dante, redactor, inventor o autor, busca a su Beatriz aunque sea en otros planos, así como explica en el acápite final de su libro Nueve ensayos dantescos, que se llama “La última sonrisa de Beatriz”: “Dante ve un alto río de luz, ve bandadas de ángeles, ve la múltiple rosa paradisíaca que forman, ordenadas en anfiteatro, las almas de los justos. De pronto, advierte que Beatriz lo ha dejado. La ve en lo alto, en uno de los círculos de la Rosa. Como un hombre que en el fondo del mar alzara los ojos a la región del trueno, así la venera y la implora. Le rinde gracias por su bienhechora piedad y le encomienda su alma”.

Borges escribe, tal vez, “El Aleph” con referencia al poeta italiano o siguiendo su deambular a través de Beatriz Viterbo. En el mismo capítulo explica un pasaje de La divina comedia donde Beatriz se multiplica o despliega para Dante: “El anciano le muestra uno de los círculos de la altísima Rosa. Ahí, aureolada, está Beatriz; Beatriz cuya mirada solía colmarlo de intolerable beatitud, Beatriz que solía vestirse de rojo, Beatriz en la que había pensado tanto que le asombró considerar que unos peregrinos, que vio una mañana en Florencia, jamás habían oído hablar de ella, Beatriz, que una vez le negó el saludo, Beatriz, que murió a los veinticuatro años, Beatriz de Folco Portinari, que se casó con Bardi. Dante la divisa, en lo alto; el claro firmamento no está más lejos del fondo ínfimo del mar que ella de él. Dante le reza como a Dios, pero también como a una mujer anhelada: ‘O donna in cui la mía speranza vige, e che soffristi per la mia salute in inferno lasciar le lue vestige‘”.

En “El Aleph”, Borges construye una escena parecida después de explicar que a partir de la muerte de Beatriz Viterbo, él se acercaría cada 30 de abril, día del cumpleaños de su amada, a la casa de la calle Garay a visitar a sus familiares, sobre todo al primo Carlos Argentino Daneri, para brindarle homenaje y, tal vez, así volverla admirar en sus retratos, como un acto de amor inconmensurable: “De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón”.

Para Borges, Viterbo es su musa, es su fe y a través de ella también puede explicar el mundo para interrogar su existencia, el tiempo y el espacio. Además, utiliza el recuerdo de esa mujer como un artificio para comentar o explicar lo que significa la literatura para él; ella es su eje y todos los ejes: “Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz”.

Una parábola de La divina comedia

En el último capítulo de sus Nueve ensayos dantescos, Borges explica que Dante escribió La divina comedia para indicar que la vida y la muerte le habían arrebatado a su amada Beatriz para siempre, y por eso necesitaba eternizarla. Tal vez, el personaje quiso lo mismo a pesar de que su Beatriz no estaba viva, estaba latente en su recuerdo y quería de alguna manera perpetuarla para convivir con el sufrimiento. Por eso, cuando el personaje Borges, que sigue apenado y desdichado por la pérdida de Viterbo no solo en el plano físico, sino que comienza imaginar lo peor de su amada cuando se encuentra en el estado de trance observando El Aleph, en un momento dice: “Vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”. 

“El Aleph” como cuento de amor deviene lo fantástico: “Vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré”.

“Tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura”

El personaje de Carlos Argentino Daneri también puede ser visto como una especie de deconstrucción del autor de La divina comedia. Daneri: Dante y Argentino: Alighieri. Borges cuenta que esta figura quiere construir un poema universal sobre la redondez de la Tierra.

En “El Aleph”, Borges tal vez haya querido de alguna manera criticar lo que no le gustaba del mundo literario argentino, ese estereotipo de escritor que ve en el fárrago la belleza. Para él, en cambio, esa cualidad abstracta está en la brevedad, en la sencillez, en la economía del lenguaje; entonces inventa la figura de Daneri tal vez con el fin de revancha o para explicar la forma literaria que a él más le complacía.

En 1942, Borges se ubicó en el segundo lugar en el Premio Nacional de Literatura con “El jardín de senderos que se bifurcan”. El ganador fue Eduardo Acevedo Díaz por su novela Cancha larga: un relato que tuvo como objetivo reconstruir las costumbres del gaucho y la pampa argentina. Entonces, Borges en “El Aleph”, como una especie de represalia ante un resultado que le pareció injusto, lanza una metáfora sutil contra los escritores pomposos, grandilocuentes que deseaban contar una patria en una novela de extensas carillas –el libro de Acevedo Díaz tenía 293 páginas–; por eso, al final de “El Aleph” hay una posdata como pie de página que explica: “Posdata del 1° de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de ‘trozos argentinos’. Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura. El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra ‘Los naipes del tahúr’ no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia!”.

En esta nota se burla de esa pedantería intelectual que tienen algunos nacionalismos literarios en repetir o realizar síntesis de obras pasadas. Además, con Carlos Argentino Daneri, Borges también muestra que lo falso, la incertidumbre, son artificios válidos de la verosimilitud en la ficción; por ejemplo, él mismo en el relato es una especie de invitado e intruso que escucha y le sigue la corriente, como vulgarmente se dice, al anfitrión (Daneri). Cuando el primo de Beatriz le comenta sobre uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos, Borges se dirige al sótano sin oponerse así como lo sugiere el dueño de casa: “Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”.

También otro procedimiento literario que teje en este relato Borges es que en la literatura no hay que contar ni explicar todo, más todavía si existen el desacuerdo, la decepción y el desdén por el otro, o sea, el rechazo del narrador en este caso de la obra ostentosa y la soberbia de Carlos Argentino Daneri se da de manera perspicaz y delicada. Cuando  Borges (personaje) sale del sótano, el dueño de la casa y de El Aleph lo increpa y le pregunta cómo se sintió, el invitado se muestra sobrio y le responde:

“–Formidable. Sí, formidable.

La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía: –¿Lo viste todo bien, en colores?

En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos”.

Borges engaña elegantemente a su adversario, así como lo hizo Bolívar en Guayaquil a San Martín; Daneri no se percató de la maniobra a pesar de que Borges después de ver el punto de todos los puntos estaba desbordado como cuando Stendhal salió de la Iglesia de Santa Croce en Florencia. Borges logró apoderarse del Aleph de una manera fina sin perder la compostura: “Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz”.

La segunda historia de “El Aleph” tranquilamente puede pertenecer al género del ensayo o crítica literaria, pero no olvidemos la otra arista de Borges, esa literatura como territorio de disputa entre la valentía y la traición, ese duelo por la posteridad.

Escrito por
Andrés Lasso Ruales
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