Son pocos los casos en el deporte argentino donde un pionero logra revolucionar una actividad, posicionarla y convertirla en una pasión. En el tenis, ese pionero fue Guillermo Vilas. Antes de su irrupción internacional era un deporte elitista, reservado a descendientes ingleses de clubes fundados al lado de las vías de los ferrocarriles en Buenos Aires y alrededores.
Pero más allá de Vilas, ya había una semilla germinando. En 1969, Enrique Morea, presidente de la Asociación Argentina de Tenis (AAT), creó la primera Escuela Nacional bajo la dirección de Alejandro Echagüe y el chileno Patricio Domínguez. Buscaban relevar talentos en clubes y formarlos técnicamente para competir internacionalmente. De este grupo surgieron José Luis Clerc, Fernando Dalla Fontana y Alejandro Gattiker, quienes ganaron en 1976 la Copa Galea, la Davis de juniors. Paralelamente, Modesto “Tito” Vázquez, criado en el Tenis Club Argentino, consiguió una beca en UCLA, Estados Unidos, abriéndose otro camino para la formación. Finalista en Roland Garros junior en 1976, Batata Clerc se transformó rápidamente en el ladero de Vilas. Tras el espectacular punto ganado por Ricardo Cano ante Dick Stockton en septiembre de 1977 en la primera victoria ante los Estados Unidos por la Davis, el actual comentarista de ESPN asumió el rol como segundo singlista convirtiendo a la Argentina en una potencia en equipos.
Sin embargo, al igual que en otros órdenes de la historia argentina, la potencial unión se convertiría en rivalidad. A medida que Clerc –con 25 títulos de ATP, el jugador con más títulos detrás de Vilas–, subía en el ranking mundial (llegó a ser número 4), celos y peleas serían el condimento para una convivencia que estuvo al borde de una guerra, en Timisoara, Rumania, por los cuartos de final de la Davis 1981, en la cual disputaron el doble sin hablarse y sentándose de espaldas en los descansos. Ese año, empero, la Argentina llegó por primera vez a la final del torneo de la Ensaladera de Plata.
La derrota contra la URSS en 1985, en el Buenos Aires Lawn Tennis Club, significó el primer descenso argentino en la Davis y precipitó el retiro de Clerc en marzo de 1986, abriendo la puerta a la nueva generación. Horacio de la Peña y Martín Jaite fueron sus primeros exponentes. “El Pulga”, carismático y zurdo, fue señalado sucesor de Vilas.
Ganador de torneos en el ámbito local, fue rápidamente captado por la prensa. Fue tapa de El Gráfico y protagonista de entrevistas radiales en la primera mañana siendo 300 del mundo. En silencio, llegado desde Barcelona, en la cual se había exiliado por la dictadura, llegó Jaite, que asombraba por su mentalidad y regularidad. Nacía una nueva rivalidad: eran agua y aceite. Tito Vázquez, de regreso, dejó atrás individualismos para conformar un equipo con dobles naturales como Javier Frana y Christian Miniussi, quienes ganaron bronce en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.
El interior del país se transformó en una incubadora de talentos. En Tandil, el controvertido Raúl Pérez Roldán (denunciado por abuso por su hijo en 2020) creó una exigente escuela que produjo jugadores como sus hijos Guillermo y Mariana, Franco Davín y otros integrantes de la “Legión”. El rigor y la búsqueda de resultados eran su sello. Rosario aportó en 1989 a Alberto Mancini, quien ese año conquistó Montecarlo y Roma, venciendo en las finales a Boris Becker y Andre Agassi, para alcanzar el puesto número 8 mundial. A Mancini se le sumaba Gabriel Markus, el único argentino en vencer a Pete Sampras.
Esta generación, que juntó casi tres docenas de títulos de ATP, empezó a apagarse en 1993, por lesiones recurrentes. Viajaban solos por el circuito, tal como lo hacía Vilas, mientras que los españoles, que nacían como potencia, lo hacían en equipo (coach, médicos, nutricionistas y preparadores físicos). En un momento, quedó solamente un estoico llamado Hernán Gumy, el Titán sobre el que empezó a construirse la mejor generación de la historia.
EL DESPEGUE
Esos años también fueron útiles para la formación y la irrupción de centros de alta competencia. En ese rubro, entrenadores como Daniel García, Roberto Graetz, Eduardo Infantino, Jorge Gerosi y Alejandro Cerúndolo, entre otros, que gestionaron el desarrollo de la segunda generación, que salvo con las dos joyas, Guillermo Coria y David Nalbandian, forjó su destino sin apoyo oficial de la AAT.
Se habló de Gumy. Apenas número 39 del mundo y con un título de ATP (Santiago), fue quien sostuvo, prestó dinero y vio el potencial que estaba por venir. Las joyas, dos talentos pocas veces vistos, tuvieron herramientas para viajar como juveniles por todo el mundo porque Morea, de nuevo al frente de la AAT, puso en marcha un nuevo pro- grama de desarrollo. La Legión, integrada, además, por Gastón Gaudio, Franco Squillari, Guillermo Cañas, Mariano Zabaleta, Juan Ignacio Chela, Mariano Puerta, Juan Mónaco, Agustín Calleri, José Acasuso y Juan Martín del Potro, se destacó por su talento y aprovechó la convertibilidad de la década de los 90, a través del aporte de mecenas privados, para financiar giras internacionales. Este grupo acumuló cerca de 90 títulos. Rivalidades y vedetismos tuvieron su acto morboso el 6 de junio de 2004 con la final de Roland Garros –única de Grand Slam disputada hasta hoy por dos argentinos– entre Gaudio y Coria. Tras ir en desventaja de dos sets y medio, Gaudio construyó una victoria épica e inolvidable en el Bois de Boulogne.
Pocos acuerdos, ausencias y escándalos dejaron a La Legión sin la Ensaladera, pese a haber alcanzado tres veces la final; una de ellas fue como local, en Mar del Plata, ante España, teñida por las desprolijidades y los escándalos fuera de la cancha. Otra mancha de esta generación fueron los cinco casos de doping, siendo el más grave el de Mariano Puerta, cuyo positivo se conoció tras perder la final de Roland Garros con Rafael Nadal en 2005. Hace unos años, Puerta le reconoció a la Nación que había mentido en su alegato. Juan Martín del Potro fue la última gran irrupción del tenis argentino. Conquistó el US Open 2009 ante Federer, pero un cúmulo de lesiones minaron su carrera, que lo tuvo como ganador de 22 títulos y protagonista en los Juegos de Londres y Río. Durante 2015, luego de varios enfrentamientos con la conducción de la AAT, impuso condiciones para volver a jugar la Davis. Daniel Orsanic fue líder de un equipo que tuvo a Leonardo Mayer, Guido Pella, Federico Delbonis, Renzo Olivo, Carlos Berlocq y Mónaco como sólidos acompañantes para lograr por primera vez la conquista de la Davis (2016), habiendo disputado todas las series como visitante.
El legado continuó con las genialidades del Peque Schwartzman, los triunfos de los hermanos Cerúndolo, Sebastián Báez, Pedro Cachín, Juan Londero y Tomás Etcheverry, entre otros. También con la valiente denuncia de Marco Trungelliti sobre las apuestas en el tenis, un escándalo de resonancia mundial.
Y para el cierre, como si fuese a medida, la victoria de Horacio Zeballos en el dobles de Roland Garros 2025. Zeballos también alcanzó el puesto número 1 del ranking mundial de la especialidad, siendo así el primer argentino varón en alcanzar esa posición.
