Fue cinco veces campeón del mundo de Fórmula 1 y para muchos el mejor de los pilotos de toda la historia. Era la década del 50 y fue el aclamado piloto de autos superveloces, que vistos con los ojos de hoy cuesta, todavía, comprender la calidad de reflejos que poseía para poder realizar esa combinación de rebajes a una velocidad exigida. Quiso ser futbolista, pero “los fierros” le quitaban el sueño. Tenía una destreza innata y una obsesión que lo hizo diferente del resto de los humanos que lo vitoreó de pie. Fue y será por siempre eso que se llama ídolo.
Nunca pronunció una palabra que lo comprometiera políticamente.
Juan Domingo Perón, en su primera presidencia, hizo del deporte una bandera para que la Argentina fuese conocida en el mundo. Fangio recibió el apoyo oficial durante toda su carrera internacional y se lo presentaba como un ejemplo a seguir por cualquier argentino que deseara triunfar si trabajaba con esfuerzo, valentía y humildad. Fangio se definió como apolítico. Todo en Fangio fue extremo. Nada fue tibio. Casi muere dos veces en terribles accidentes y regresó a las pistas como si nada hubiera ocurrido. Su dualidad también lo acompañó desde su Balcarce natal, hasta Monza, por poner solo un circuito complejo como ejemplo. Su vida privada fue muy privada, a punto tal que sus tres hijos tuvieron que luchar luego de su muerte para llevar su apellido.
Fangio “sabía que podía mostrar su valía ante los mejores y que eso podría ser un pasaporte para correr en otro nivel. Quizás eso pensó cuando el escape del auto dijo basta y se rompió en plena carrera. No dudó, lo arrancó él mismo sin bajar la velocidad y pudo llegar a la meta en primer puesto. Pocos meses después, el Automóvil Club Argentino lo eligió para una gira por Europa. Llegaba el momento de mostrar lo que valía, ahora con el apoyo de un sponsor que podía darle mucho más que la mano de sus amigos de Balcarce. En esa gira de 1949, Fangio se impuso en seis de las diez carreras en las que participó. San Remo, Pau, Marsella, Monza, Albi y Perpignan lo veían brillar. También las grandes marcas: corrió con Maserati, Simca y Ferrari. El mundo veía lo que ya todos los argentinos sentían. Fangio estaba destinado a los grandes podios. A su vuelta, el presidente Juan Domingo Perón lo coronó con la medalla al Caballero del Deporte”, cuenta Juan Carrá en la nota de tapa de la presente edición de Caras y Caretas. Un caballero. Con esa palabra lo definen sus admiradores y detractores. Porque visto con los ojos de este siglo podríamos arriesgar que ya Fangio sabía de grietas. La pelea por el podio entre Chevrolet y Ford define los tiempos. Fangio versus Gálvez. La pole position de la década de los 50 fue de clase. Finalmente fue una lucha entre ricos y pobres disimulada por el ruido ensordecedor de las pistas de la Fórmula 1.
Y esa vez la tortilla se dio vuelta.
