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Caras y Caretas

           

Los malabares de la derecha para sostener el Rodrigazo

Celestino Rodrigo tuvo sus quince minutos de fama en junio de 1975, cuando implementó un plan de shock inédito, que funcionó como ensayo de las políticas neoliberales posteriores.

“Mañana me matan o mañana empezamos a hacer las cosas bien.” No ocurrió ninguno de los dos escenarios en la Argentina descalabrada de junio de 1975. El autor de la frase –una más de las grandilocuencias verbales de los funcionarios públicos– fue el ingeniero Celestino Rodrigo, el efímero ministro de Economía de Isabel Perón que pasó a la historia por implementar un plan de shock inédito para el país: cien por ciento de devaluación frente al dólar, un porcentaje similar de aumento en los servicios públicos y 180 por ciento en los combustibles. La suba del 45 por ciento en salarios anunciado por el Gobierno fue rechazada de inmediato por la CGT. La inflación había saltado de 3,89 puntos en mayo a 21,14 en junio, y el FMI regresaba a estas castigadas tierras ante el llamado oficial.

Rodrigo puso el rostro en la cadena nacional para los anuncios del 4 de junio –dos días después de asumir en el Palacio de Hacienda­­–, pero el verdadero ideólogo del paquete de medidas fue el desconocido Ricardo Zinn, exfuncionario de Arturo Frondizi, Marcelo Levingston y Alejandro Lanusse –también lo sería de la dictadura y de Carlos Menem­–, que desde la Secretaría de Programación y Coordinación Económica armó el andamiaje neoliberal que rompió lo que estaba sano y empeoró para siempre aquello que funcionaba mal.

Aunque negaba que fuera “un hombre de López Rega”, Rodrigo había llegado a la cartera que comandaba el Brujo en 1973 para desempeñarse como secretario de Seguridad Social. En Las Bases, la publicación lopezreguista, se trató de apuntalar al flamante ministro y su plan con una nota de tapa que no era habitual en la publicación: voces no peronistas –salvo una– opinaban sobre el programa que inquietaba a la sociedad argentina. Para el semanario era “el paso decisivo” que el país debía dar para salir de la crisis. Obviamente, no se hablaba de “Rodrigazo”.

“Estamos decididos a emprender de una vez por todas el saneamiento de nuestra economía, tomando las medidas necesarias sin temor a las críticas apresuradas y hablando al pueblo con la verdad”, fueron las palabras de la jefa de Estado que la revista eligió colocar como apertura de la producción periodística junto a las de Rodrigo: “Este compromiso es realizado con todo el valor ético de una conducta de muchos años de profunda honestidad intelectual… Ahora depende de todos que el esfuerzo conjunto obtenga resultados positivos para el país”.

Celestino Rodrigo.

Un cuarteto con ritmo de ajuste

Las Bases recogió los testimonios de un “analista económico” –con una influencia mediática de medio siglo y que hoy intima con el presidente Javier Milei–, un “analista político” –tradicional vocero de la derecha liberal-conservadora–, un “dirigente gremial” –alejado de los sectores combativos del movimiento obrero– y el “director de un semanario económico” –un empresario periodístico detenido-desaparecido en 1978 cuando dirigía el diario El Cronista Comercial­–, quienes, en líneas generales, respaldaron las medidas tomadas por la administración justicialista.

Para Juan Carlos de Pablo, por entonces economista jefe de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) y profesor en el Instituto para el Desarrollo de Ejecutivos en Argentina (IDEA), el ministro Rodrigo “eligió rápido y eligió bien” y alertaba sobre “lo malísimo que nos hubiera ido si no se adoptaba un esquema como este”, a pesar de que implicara una caída del salario real.

“Cuando miremos estos momentos con el desapasionamiento que surge del paso del tiempo advertiremos que ‘esto’ no es ni Argentina Potencia ni Argentina Desastre sino, sencillamente, Argentina”, vaticinaba De Pablo.

El “analista político” era Mariano Grondona, colaborador de varios medios y que al año siguiente comenzaría a convertirse en uno de los símbolos del periodismo complaciente con la dictadura. Grondona hacía un análisis que intentaba explicar una decisión que “innova por completo en el proceso político argentino”: en la historia nacional se sucedieron gobiernos “acumuladores impopulares” –”liberales”– y “distribucionistas populares” –radicales y peronistas–. “Ahora asistimos a la novedad esencial de que un movimiento político predominantemente distribucionista intenta la acumulación”, se entusiasmaba.

Aunque reconocía que la experiencia era “arriesgada”, el futuro estaba sembrado de esperanza: “Si el peronismo tiene éxito, se presentará a la Argentina económica y política como una fuerza natural de equilibrio y de gobierno. Se le abriría, en este caso, la posibilidad de una larga permanencia en el poder”.

Los aplausos al plan de Rodrigo continuaban con los conceptos del dirigente de Luz y Fuerza Juan José Taccone: “Frente a esta situación, quedan muy pocos remedios. Por un lado, repetir las fórmulas del fracaso realizando simples ‘parches’ al proceso o con sentido revolucionario producir la profundización de la propia crisis exigiendo el esfuerzo de todos y en especial de los que más tienen”.

“Todos debemos saber que solamente el esfuerzo propio y paralelamente la lucha contra los grandes intereses externos e internos es la fórmula por la cual en breve plazo triunfaremos y reanudaremos el camino ascendente hacia el logro de la liberación nacional y a la consolidación de una política de justicia social”, sentenciaba Taccone, y advertía que se debía “evitar mendigar soluciones en los centros de poder mundial”.

La voz más cauta provenía de Julián Delgado, fundador y director de la revista Mercado, quien analizaba que, antes de los anuncios, el país “vivía una situación artificial e ilusoria porque los precios del mercado estaban determinados por un extendido mercado negro, con guarismos bastante más altos que los de los precios oficiales”.

“La primera oleada de medidas (aumentos de los precios de los combustibles en casi un 200 por ciento y fuerte devaluación de la moneda en el mercado cambiario) parecían cumplir como única finalidad con aportar mayores ingresos al sector estatal, tomándolos del sector privado, en nombre de un objetivo bueno, pero no suficiente: la financiación genuina, en mayor grado, del presupuesto nacional”, explicaba.

Y aplaudía “una muestra de madurez”: “Así como ocho empresas multinacionales han aceptado un esquema de trabajo por el que no se remesarán en un plazo próximo las utilidades y pagos correspondientes a piezas de importación, la conducción económica actual busca encontrar una manera de que el capital extranjero acuda en buenos términos”.

La amarga melodía de la austeridad

Para acompañar “el paso decisivo”, Las Bases se reservó la última palabra en la producción con un editorial que cuadruplicaba en extensión a cada una de las columnas de opinión aportadas por los consultados. El título: “La verdad siempre triunfa”. Y para cumplir con ese objetivo, había que vencer a “los mentores de la derrota nacional”, “los detractores que tiemblan ante la posibilidad de que cumplamos los objetivos propuestos”.

Según el planteo, primero había que sostener a Isabel, vapuleada desde distintos frentes desde la muerte de Juan Domingo Perón. “Hagan el pequeño acto de justicia que engrandece al ser humano y valoren la actitud de esa mujer, que siendo presidente, pensó en el país y en su futuro, en los miles de padres e hijos, en los cientos de empresas y sus trabajadores”, reclamaba la revista lopezreguista, que no escatimaba en elogios: “(Isabel) adoptó la decisión trascendente de poner en vigencia este plan económico, con la firmeza de un gran conductor, con el valor de un líder, con la grandeza de un presidente, con el patriotismo de una argentina y con el amor de una mujer”.

Luego, era necesario destacar la “independencia” de Rodrigo, que “le permite el margen de maniobra necesario para adecuar la estructura de las medidas a la realidad mundial y nacional permitiendo el desarrollo pleno de las potencias que el país posee, siempre dentro de la filosofía justicialista”.

Su misión era atacar la compra de dólares en el mercado negro, combatir el desabastecimiento de productos básicos y la especulación y mantener el salario real, que “en apariencia disminuye”, porque “tendrá la garantía del ajuste periódico”, según la promesa oficial. Un pedido desesperado de austeridad para los bolsillos de una sociedad que desconocía la desocupación.

Y al campo se le prometía la “liberación del precio de la hacienda vacuna” y “precios compensatorios para la cosecha”, además de una “agresiva política exportadora”.

“Dicho sencillamente, para distribuir hay que tener y para tener se debe producir”, aseguraba Las Bases, a modo de eslogan, y concluía: “El plan económico lo vamos delineando todos cada día. La productividad, el presentismo, el gasto controlado y la conducción segura del país harán posible lo demás, que es, casualmente, lo que todos queremos: tener una ARGENTINA CON MAYÚSCULAS (sic) con argentinos orgullosos de su propia obra”.

Una canción desesperada

El final del experimento neoliberal se precipitó. En un hecho inédito, la CGT paró el 27 de junio y se movilizó a Plaza de Mayo para respaldar a Isabel, pero, a la vez, reclamarle que no desautorizara los aumentos surgidos en las paritarias. La central obrera perdió la pulseada y su aliado, el ministro de Trabajo, Ricardo Otero, abandonó el cargo. Por decreto, el Poder Ejecutivo dispuso un aumento escalonado del 80 por ciento para todos los sectores.

Fueron jornadas convulsionadas. La central obrera volvía a confrontar con el gobierno peronista: el 7 y el 8 de julio hubo 48 horas de huelga general. Y a los pocos días, estalló el gabinete. Primero, partió López Rega y luego Rodrigo. Sus invenciones no huyeron con ellos: el plan económico se convirtió en un ensayo de las políticas neoliberales que padecería la Argentina en los cincuenta años posteriores; Las Bases se despidió de su público, después de 155 números, poco después de que su ideólogo partiera a Europa como “embajador extraordinario” y dejara en marcha el terror de la Triple A.

Escrito por
Germán Ferrari
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